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Lunes, 09 Noviembre 2015 00:00

Paz, transición y debate generacional.

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 Por: Edgar Piedrahita.


Las elecciones locales pasadas debieran abrir un necesario debate interno en las izquierdas colombianas. Debate sano, camaraderil, pero debate al fin y al cabo, es decir, un ejercicio serio de crítica y autocrítica. Yezid Arteta dio un primer paso el 3 de noviembre con el artículo “Morir a tiempo” (http://www.semana.com/opinion/articulo/yezid-arteta-la-izquierda-en-colombia-debe-reinventarse-despues-de-los-resultados-elecciones-2015/448484-3), en el que presenta sus personales perspectivas del panorama político nacional en el marco de la cercanía de un acuerdo de paz.

Uno puede estar de acuerdo o no con Arteta, sin embargo hay una idea central de particular fuerza que retiene la lectura de cualquiera:

“Hay que hacer esa transición [la de Colombia hacia unos infranqueables marcos democráticos mínimos] con Santos, Gabino, Petro, Uribe, Clara, Timochenko, Peñalosa, Ordóñez, Robledo, los generales, Martha Lucía, Vargas Lleras, Cepeda y un largo etcétera. Esa transición no la hará Simón Bolívar sino los hombres y las mujeres de este siglo que por azares del destino nacimos o nos criamos en Colombia. (...)”.

En síntesis: la normalización posterior a la paz debería entonces partir de un amplio acuerdo político que permita una real democratización. Una tesis con la que mucha gente en nuestro país puede estar de acuerdo y que se corresponde, por ejemplo, con las ideas de Álvaro Gómez Hurtado, con los planteamientos históricos de los comunistas colombianos y con las elaboraciones del MOIR, por citar solo tres ejemplos de campos ideológicos contrarios.

Indudablemente los hombres y mujeres citados por Arteta son quienes hoy definen la política nacional y el conflicto armado. Tienen en común el pertenecer a una misma generación. Si se mira con cuidado, los compatriotas en cuestión vivieron en su infancia los hechos de Marquetalia y Simacota -es decir, los orígenes de las guerrillas revolucionarias-, estuvieron en una u otra orilla durante el Paro Cívico de 1977 -la más importante movilización popular de la segunda mitad del siglo XX- y participaron en su madurez en la definición de la Constitución Política de 1991.

Son, por tanto, integrantes de una misma comunidad de vivencias colectivas que por tanto comparte una historia a pesar de las divergencias políticas y militares. A esa generación le corresponde un compromiso histórico tremendo: el de lograr el fin de la guerra -la constante de mayor duración de nuestro devenir nacional-. De no lograrlo, se le abre a las generaciones venideras un reto que asusta: alcanzar un acuerdo nacional para frenar un conflicto cuyos orígenes no vivieron. Parafraseando el artículo en cuestión, corremos el riesgo de que nuestra guerra perezca a destiempo, un lujo que definitivamente no nos lo podemos dar.

El optimismo revolucionario le lleva a uno a pensar en que sí, que esta vez sí será posible un consenso nacional de mayorías que implante la democracia, la soberanía y el bienestar. Entretanto, el espíritu de acuerdo de la Jurisdicción Especial de Paz nos recuerda que la comunidad política no es solo unión de coetáneos sino de las generaciones que se eslabonan en el tiempo. Así, el consenso trasciende a los ya nombrados e incluye a quienes deberán definir la vida política nacional una vez se construya la Colombia en paz.

De esto último se desprenden nuevas dudas. Por ejemplo, ¿cómo se imaginan la paz los actuales cadetes de las Fuerzas Militares, quienes en 30 años serán los almirantes y generales?, ¿qué piensan los jóvenes investigadores, llamados mañana a dirigir la universidad colombiana?, ¿qué aportará la juventud trabajadora al país posterior a los acuerdos?

Aparece entonces, como una premonición, la contundencia de Carlos Marx en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”:

“(...) La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. (...)”

Derrotar los espíritus del pasado y abrir el camino hacia lo nuevo y superior pareciera ser el reto del momento. De nuestra capacidad para transformarnos y transformar Colombia dependerá el destino de las generaciones que nos constituyen como nación.


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Lucas Carvajal

Integrante de la Delegación de Paz FARC-EP

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