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Viernes, 18 Julio 2014 00:00

“La Última lágrima” del Coronel Mendieta

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Fuente: Resistencia-Colombia.org

¿Víctima o Victimario el Coronel?

Publicamos de nuevo un artículo escrito en enero del 2009, pues está a la orden del día aclarar un concepto de víctimas que corre el riesgo de ser distorcionado por personajes como el señor Mendieta.

¿Son víctimas de las FARC los torcionarios de nuestro pueblo capturados en combate?


Cuando volvieron a Colombia varios de los políticos retenidos que fueron unilateralmente liberados por las FARC-EP en enero de 2008, Gloria Polanco, una de las mujeres que habían estado cautivas, trajo consigo desde la selva, diversos correos enviados por los prisioneros a sus familiares.

A pesar de las dificultades que genera la confrontación, no era la primera vez que las FARC permitían este tipo de correspondencia, pues aunque jamás hemos tenido la posibilidad de suscribir ninguna índole de documentos que regulen la guerra, entre nuestras normas y principios, el respeto a la integridad física y a la dignidad de quienes están privados de su libertad como consecuencia de la confrontación, es un compromiso para cuyo cumplimiento ponemos todo nuestro empeño.

Obviamente, nadie que esté en condición de prisionero podrá ser atendido ni podrá sentirse como si estuviese vacacionando, y aunque las circunstancias de la selva pudieren parecer más o menos duras, según el punto de vista de cada quien, nunca serán más adversas que las de las cárceles y vejaciones que impone el régimen y el imperio a los guerrilleros tanto en Colombia como en los centros penitenciarios del imperio.

De tal suerte que todo el que conozca suficientemente a las FARC, si no se coloca en el cuello de nuestro prestigio la daga de la calumnia, y la propaganda adversa que recomiendan los manuales de guerra psicológica del régimen, no podría menos que sorprenderse cuando fue publicado el texto del mensaje que el Coronel Luís Mendieta Ovalle envió a los suyos:

“Es como si no valiésemos, como si no existiésemos”, dice en carta a su familia.

Su esposa a través de los medios que se encargaron de magnificar el impacto de la nota expresó, entre tantas otras cosas, que: “35 millones de colombianos y nadie ha hecho nada por ellos”, puntualizando que “Las Farc son las que tienen que borrarse ese estigma de terroristas”.

Seguramente la señora María Teresa de Mendieta, cuando usó la palabreja “terroristas”, abrumada por el natural sufrimiento de esposa con su marido ausente, no tenía en mente otro significado que no fuera el acuñado por los propagandistas de la “Seguridad Democrática”, para etiquetar con falsos estigmas de criminalidad y perversión, a quienes se han rebelado legítimamente contra las seculares injusticias impuestas por la oligarquía gobernante a las mayorías empobrecidas de Colombia.

No tiene la culpa ella de la guerra que ha desatado el régimen injusto que impera en nuestro país, ni tiene la culpa de que Mendieta haya optado por la carrera que lo puso en la situación actual de prisionero, la cual es sólo una de las dolorosas consecuencias de la confrontación que, entre otras cosas, el hoy General de Brigada, sí ha conjugado infundiendo pavor a los desvalidos.

Luis Mendieta, éste sí responsable de muchas de las tragedias del conflicto, está en poder de las FARC desde 1998, época en que con el grado de Coronel fue capturado en combate. Y es verdaderamente lamentable que no se haya producido mucho antes su apresamiento. ¿Quién sabe cuántas vidas se hubiesen podido salvar?

Y digo esto porque creo que el mencionado prisionero de guerra, en vez de las exageraciones sobre sus “quebrantos de salud”, relatadas para generar la conmiseración de quien lea su carta hecha meticulosamente para ser publicada, debiera aprovechar el suficiente tiempo libre con el que suele contar, para hacer una retrospección que le permita narrar el detalle de todos los crímenes que cometió durante su servicio. Un examen así, profundizando en los secretos de su corrosiva interioridad, al menos le podría brindar tranquilidad espiritual.

También debería el Coronel, o Brigadier, o lo que sea…, en honor a la verdad, narrarle sin ficciones al mundo, si lo desea, cómo luego de un combate las FARC conducen a sus prisioneros. Él lo sabe, tiene la experiencia, que además puede contrastar con las maneras como trataba a sus víctimas inermes en la época en que contaba con aquella camioneta a la que sus subalternos colocaron el nombre de La Última Lágrima, designación que hacían extensiva a la figura misma del Coronel sanguinario.

De todas maneras, en algún momento habrá que canjear al Coronel… Canjear digo, puesto que no creo que merezca ninguna consideración especial, diferente a la que corresponde por su condición de ser humano. Y es que estamos hablando de un genuino esbirro del régimen que si está vivo es gracias a la extremada magnanimidad de quienes le capturaron, y gracias al riguroso respeto que dentro de nuestras filas se brinda a quien tenga la condición de militar rendido en combate.

No sé si cuando el Coronel escribe lo hace recordando a sus víctimas, pues sus palabras no describen en absoluto su propia situación: “Al inicio de la enfermedad caminaba con un palo que hacía las veces de bastón (...) después me tocaba caminar con la ayuda de dos horquetas que hacían las veces de muletas. Qué viajes tan penosos (...) Me tocaba arrastrarme para el baño por el barro para mis necesidades únicamente con la ayuda de mis brazos porque no podía levantarme”, dice, en algunos de los apartes de su carta, sin tomar en cuenta, seguramente, que con sus palabras termina acusando a sus propios compañeros de cautiverio de ser insolidarios e inhumanos. ¿Es que acaso no había nadie que le pudiera ayudar? Mal cálculo el del Coronel, si lo que pretende es mostrar a una guerrilla que no le compadece. Insisto, ¿no estaban ahí sus compañeros?

En su misma nota en la que relata las circunstancia de crueldad en que lo mantienen sus captores, explica que varios secuestrados, entre ellos Ingrid Betancourt, tuvieron que ser trasladados en hamaca durante largas caminatas por la selva. ¡Qué “inhumanidad” la de esos guerrilleros que los atropellaron echándolos en hamacas sobre sus propios hombros! ¿Verdad?

Al pan, pan y al vino vino, señores. Mucho lloriqueo y farsa hay, a veces, de parte de quienes reciben el mejor trato posible en las condiciones del cautiverio. LAS FARC-EP NO TIENEN NI TENDRÁN en el desenvolvimiento de la resistencia y lucha de emancipación, el historial de crueldad que en cuanto al trato a prisioneros, pretenden establecer sus enemigos. Lo que sí existen son evidencias de la forma como se manipula información falsa para desprestigiar en este campo a la insurgencia. Caso concreto, por ejemplo, es el de doña Ingrid Betancur, aquella histriónica mujer que estaba a punto de morir de hepatitis C e inanición en la “selva hostil” en que la mantenía la guerrilla. En el momento de su libertad el mundo entero pudo observar que estaba más sana que cualquier persona de nuestro hambreado pueblo sufrido.

Pero bueno, Mendieta, en sus palabras expresa, “No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno”.

Nunca los elementos que se utilizan para trasladar, eventualmente a un prisionero tienen mayor rigor que las que se utilizan para custodiar a un guerrillero preso, como ocurre con el digno Simón Trinidad, a quien mantienen las 24 horas del día en un cajón de concreto, con las luces encendidas, con vista a nada diferente que las cuatro paredes de la gaveta en que suele estar encadenado de pies y manos, por ejemplo.

Y sobre “la maldad del malo”, habría que preguntar si el Coronel se está refiriendo a sí mismo, pues sus palabras no se ajustan a la guerrilla que le permite, por ejemplo, “recibir charlas e integrarse con el doctor Alan y otros prisioneros”, o ver “los libritos que le llevó Marlen…”, ó “el folleto que le envió Johannita…” y, en fin, asistir a sus “clases durante una hora diaria” (imagino que eso lo hacía lleno del lodo que recogía después de arrastrase hacia el baño sin la ayuda de sus “compañeros insolidarios”); Y ¿qué pensar del maldadoso guerrillero que le llevaba sus cosas durante “el viacrucis de su enfermedad”? Me pregunto ¿de dónde salieron todas las cosas que a Mendieta le regalaron sus compañeros cuando dice haberlo perdido todo en algún viaje?, ¿Dónde, por ejemplo, compró el doctor Alan el papel higiénico que le regaló al Coronel, y de dónde la yodora con la que le hicieron sus masajes a la atormentada víctima? ¿Dónde tendría las cadenas durante cada momento de esos?

Aunque él si tenga quien le escriba, está muy mal el “sufrido Coronel”; dice que tiene “una picada en su corazón”. Debe ser, seguramente, el aguijoneo de los recueros de las personas que montó para sacrificar en “La Última Lágrima”, su tenebrosa camioneta.

Pobre Coronel, condenado a la tortura de aprender una hora de ruso diariamente; pobre señor, condenado a estudiar inglés en medio de la selva con “tanta neurona perdida por las enfermedades de su cautiverio”; pobre militar, teniendo que sacrificar parte de su vida en horas que dedica a jugar cartas compradas en el primer árbol de la esquina, mientras pudiera estar haciendo faenas de horror en La Última Lágrima ; pobre “mártir” sacrificado en el juego de dominó y parqués que le tocaba practicar para quemar algo de su tiempo. Pobre, pobre…, con el “horrendo” antecedente, además, de haber tenido que recibir las cartas y detalles que le enviaron con Marlene sus amigos, y haber tenido que comerse un enlatado de pulpo, además de haber tenido que soportar ser atendido con inyecciones antitetánicas y penicilina para paliar sus males del cuerpo, porque los de su alma canallesca parecen incurables.

Nadie fue solidario, porque –según dice-, nadie quiso darle crema dental. Sus terribles penas las sobrellevó con ese otro sacrificio que fue el tener que dedicarse a nadar en una quebrada para poderse recuperar mientras consumía también cardio-aspirinas y se aplicaba el voltarén que seguramente, como el maná bíblico, le vino del cielo.

Pobre Coronel, pobre Mendieta, asesino de cuatro suelas, a quien, repito, en sus tiempos de super-policía lo llamaban “La última Lagrima”; sí, como a su camioneta, porque todo el que caía en sus manos debía llorar por última vez antes de ser asesinado y lanzado a un basurero, irremediablemente.

Bueno sería que aprovechara para hacer sus memorias de contrición mientras espera la hora en que se concrete el canje que le dé la posibilidad de disfrutar del “merecido ascenso” a Brigadier General hecho por el Estado Mayor de la Guerra Sucia.


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Jesús Santrich

Integrante del Estado Mayor Central de las FARC-EP.
Integrante de la Delegación de Paz de las FARC-EP.

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