• 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
Martes, 08 Marzo 2016 00:00

Mujeres, benditas y eternas mujeres

Escrito por
0
0
0
s2smodern

El niño permaneció todo el tiempo a un lado de su madre, que volvía la cabeza hacia él con frecuencia para explicarle detalles de lo que contemplaban. Era una noche de semana santa, y asistían a la procesión de la Virgen de la Macarena.Una multitud se arremolinaba a la salida de la iglesia y aplaudía y vitoreaba a la imagen de la Virgen. De un altavoz brotaba el discurso emocionado de un cura que exaltaba el sufrimiento de la madre de Cristo. Un rato después, desde la acera de la carrera séptima, el niño preguntaría a su madre por el sentido de esos hombres de gorros cónicos y morados que les cubrían el rostro, y que con el torso descubierto se golpeaban la espalda con fuetes. Son flagelantes, dijo ella, pagan promesa a la Virgen. El niño asintió, pero pensó que todo aquello no era más que un espectáculo absurdo, una cosa de locos. Su madre, por el contrario, seguía el desfile con notoria devoción y cada vez más conmovida. Lo más probable es que la moviera a obrar así su fe, algo contra lo que comenzaba a rebelarse su hijo. Ese no iba a ser su Dios cuando creciera, por muy santas que fueran la Virgen y su madre.

La muchacha se había casado a los dieciséis años porque el novio que tenía la había embarazado en una tarde de pasión. Hubo presión de sus padres, era la época en que los jefes de hogar exigían que se respetara el honor de la familia o se respondiera con la vida. Pronto llegó al mundo un niño y unos años después un segundo. El matrimonio no funcionó. Él siempre andaba enredado con otras, y se oponía a que ella dejara las labores del hogar para terminar la secundaria y estudiar en la universidad. La crisis final sobrevino cuando ella hacía su licenciatura. Las andanzas del hombre, sus celos y sus riñas continuas terminaron por imposibilitar la convivencia. El padre de la muchacha se oponía a la separación. A su juicio, una mujer que quedaba sola, estaba destinada a descomponerse. Los hombres no necesitaban sino conocer su situación para asediarla sin tregua, y ellas terminaban de los brazos de uno a los de otro. Valía más el respeto de un matrimonio. Había que llenarse de paciencia. La muchacha se negó a aceptar esa suerte. Se separó, terminó su carrera y se vinculó a una larga carrera laboral. Acabó siendo la única dueña de su vida, sus dos hijos son profesionales y recién acaba de pensionarse. Rebelarse sirve, sin duda.

La señora Concepción, madre de su mejor amigo del colegio, recibió separados por algunos años los  dos golpes más grandes de su vida. Su hija mayor, apenas cumplidos los veintiuno, decidió quizás aconsejada por quién, viajar a los Estados Unidos y radicarse allá, en busca de un mejor futuro, decía. Y lo hizo. Poco a poco fueron llegando cartas en donde contaba sus historias en Manhattan, y entre las cuales se colaba uno que otro billete de dólar. Aquello no compensaba en lo más mínimo la pena de doña Concepción. Así se lo repetía siempre al amigo de su hijo, que solía frecuentar la casa. Este le decía que no debía afligirse tanto. Ya vería que más tarde, ella tendría oportunidad de viajar a Nueva York, invitada por su hija. Un día que llamó a su amigo a casa, se enteró por doña Concepción del fallecimiento de la menor de sus hijas, una preciosa niña de quince años, a la que atacó sorpresivamente un derrame cerebral. Su dolor era terrible, su vida perdía así todo el sentido y ya nada podía importarle. Para entonces su hija mayor consiguió llevarla a pasar una larga temporada con su nueva familia. Tal vez aquello nunca repararía del todo su tristeza. Pero el cambio de ambiente, el afecto de su hija mayor y la alegría de conocer y compartir con sus nietos terminaron por devolverle las ganas de vivir. Hasta la última vez que el amigo de su hijo la vio, la abuela Concepción volaba con frecuencia a Norteamérica.

Esta historia es de mi amiga Juana. Ella quería escribirla con el nombre de los cuentos de la sal.  La idea le surgió cuando por primera vez en su vida, en medio de unas vacaciones de universidad, pasó una temporada en un campamento guerrillero. Allá le oyó a Alejandra que la pobreza de su familia en su infancia en el campo era tan grande, que sólo en muy pocas ocasiones tenían oportunidad de comprar sal. Ella y su madre salían siempre de noche, subrepticiamente, a robarla de una salina cercana. Conseguirla era una riesgosa aventura.  Por su parte, Kelly contó una historia parecida, sólo que su madre, una mujer de rigurosos principios, condenaba de tal modo el robo, que so pena de un fuerte castigo, les prohibía a sus hijos hurtarla de la salina cercana. Un día alguien llevó a casa unas papas, y Kelly y su hermano querían comerlas con sal. En un descuido de su madre, fueron a la salina y trajeron una poca en sus bolsillos. A la hora del almuerzo, con ella rondando por la cocina, no tenían forma de agregarla a las papas de sus platos. Su decisión fue echarse un puñado de sal en la boca, para que al mascar pudieran sentir su sabor. Juana lloraba a moco tendido. En su infancia, cuando sus padres no podían llevarla a la playa, ella entraba a la cocina y se rociaba con sal el cabello mojado, para que una vez seco, al pasar su mano por él, tuviera una sensación semejante a la producida por el agua de mar tras un día de playa. Cómo le dolía ahora haberla desperdiciado, cuando otras niñas sufrían así por ella. Era injusto.

Sofía recuerda con mucha tristeza a su madre. Ella fue su primera hija, de un novio que desapareció cuando se enteró de su embarazo. Mientras ella creció con su abuela, en el campo, su madre consiguió otro hombre que le hizo cuatro hijos más y que la maltrataba a ella y a sus hermanos. Bebía y armaba escándalos cuando volvía a casa. Su madre trabajaba en el servicio doméstico, en varios sitios a la vez, para conseguir los recursos que su marido nunca aportaba. A veces sus patronos no le pagaban, y entonces pasaban física hambre. Sofía volvió a casa casi señorita, pues su abuela le aconsejó hacerlo para que pudiera estudiar. Su padrastro comenzó a acosarla sexualmente, y ella tuvo que aprender a defenderse como una fiera de él. Aquello acrecentaba el sufrimiento de su madre, incapaz de dejarlo quizás por qué. Un día, cuando su padrastro golpeaba a su madre, ella le descargó un fuerte escobazo por la espalda y éste se volvió furioso con intención de matarla. Permaneció encerrada varias horas en el baño, hasta que el energúmeno salió de casa. Su madre compró un lote en el sur de la capital y ladrillo tras ladrillo consiguió levantar una humilde vivienda. Cuando Sofía partió para la guerrilla, le dejó íntegros los dineros que le reportó la liquidación de sus prestaciones en su trabajo. Su madre terminó la casita con ellos. El padrastro se marchó por fin un día para siempre. Ahora su madre padece de Alzheimer y se halla bajo el cuidado de una de sus hermanas. La pobre no conoció un día de felicidad, comenta Sofía con amargura, mientras asea con calma su fusil en el campamento.

Este 8 de marzo va mi abrazo a todas las mujeres que luchan contra la injusticia. A ellas las felicito, e invito a las demás, conformes o sumisas, a rebelarse también contra su destino.

8 de marzo de 2016.


                                                                                         URL Corta:http://goo.gl/LkybwX

0
0
0
s2smodern
Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

Boletín de noticias

Email:

Blogs