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Jueves, 23 Septiembre 1999 15:46

El cristo petrolero

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El cristo petrolero

Por Gabriel Ángel

“Los viejos se fueron para Cúcuta, con mis hermanos, aunque mi hermana sí se quedó en Barranca a la espera de un trabajo. Yo estoy con ellos aunque me había venido unos días otra vez para acá a ver si podía conseguirme unos pesos para llevarles. Es que la situación está imposible. Hay días en que nos levantamos sin saber qué vamos a comer porque no hay nada. 

Y el tiempo sí se pasa rápido cuando hay que pagar arriendo. No acaba uno de conseguir lo de un mes cuando ya está asustado porque hay que pagar el otro. Pero me va a tocar irme sin cinco otra vez. Yo no sé qué hacer. Tengo 17 años y ahora tengo la responsabilidad de la casa. Tuvimos que resolver que nadie estudiara más. ¡Hum! No tenemos casi con qué comer, ahora para pagar pensiones y libros. No. Que cada uno mire a ver como puede ayudarse y ayudar en la casa.

Nosotros no nos cansamos de llorar y de extrañar a Adolfo. Para mi papá lo de su muerte fue un golpe demasiado grande. Siempre que se refiere a eso está diciendo que nos quitaron el horcón de la familia. Pobrecito mi viejo. Tiene apenas 58 años pero está todo maltrecho. Él de por sí que siempre ha sido pequeño y débil, así como salimos todos los hijos, usted nos ha visto. Pero al menos nosotros todavía no nos enfermamos, mientras que él para es en cama. Y después de lo de Adolfo peor. Le arruinaron el ánimo, lo acabaron de destruir. Casi no tiene alientos para nada. Es que mi hermano se las sabía todas. Tenía 21 años pero le trabajaba a usted en lo que fuera. Soldadura, ebanistería, albañilería, lo que saliera. Y era bueno en todo. Mi papá y él trabajaban juntos. Como tenía amigos en tantas partes siempre le salían contratos en una y otra cosa. Entre los dos sostenían la casa. Pues sí, hemos sido pobres siempre, pero al menos no nos faltaba nunca la comida y podíamos darnos algunos gustos en la ropa y así. La verdad que nos jodieron a todos cuando lo mataron. Cada rato me encuentro llorando a mi mamá y trato de consolarla, prometiéndole que yo voy a remplazar a mi hermano. Pero yo mismo sé que eso es un imposible. Y por eso cuando nadie me ve también lloro callado por él. Y por todos.

Yo no sabía que la vida era una cosa tan difícil. Antes que mataran a Adolfo, yo sólo pensaba en las peladas,  me la pasaba pendiente de aprender la letra de los Cuentos de la Cripta, quería ser el primero en los pasos de Trance. Iba al colegio de mala gana, más por no tener problema con mi mamá que era la que más me insistía en que tuviera juicio y aprovechara la oportunidad que tenía. Uno crece como engañado, como pensando que sí, que las cosas se le van a ir dando porque sí, que después de estudiar va a conseguir trabajo y que va a ganar lo suficiente y que va a poder disfrutar de todas las cosas que le ofrecen por la televisión. Abrir los ojos de repente, como nos pasó a nosotros, es muy duro. Nada de eso es verdad. Vivir es un verdadero infierno. Hay que buscar un espacio en un mundo en el que no cabe ya nadie más. Y todos luchan a codazos por hacerse a un lugar, aunque sea debajo de donde otros orinan. Muerto Adolfo vengo a descubrir que somos pobres, pero llevados del hijueputa, como de estrato cero porque no creo que lleguemos al uno.

Mi hermano tenía trato con las FARC. O sea como dice la gente por aquí, trabajaba con ellos. No es que fuera guerrillero, sino que les ayudaba en una y otra cosa. A la casa iban a veces los urbanos a quedarse y mi mamá los atendía. Adolfo salía a acompañarlos a algunas vueltas. Eso sí, en nada que tuviera que ver con la cuestión militar. Para eso entiendo que hay otra gente. Lo de mi hermano, entendíamos nosotros, era más bien una cosa de relaciones, de presentar a uno u otro, de llevar una razón, acordar una cita y así. Con decirle que jamás le vimos un arma, porque nunca se la dieron ni a él le llamaba la atención eso. Eso sí, la moto sí se la soltaban, pero porque era serio y sabía conducir muy bien. Nunca hubo un problema por eso. A él no le gustaba el trago ni las cosas mal hechas. Es que yo no sé qué tenía Adolfo pero todo el mundo lo quería. Ayudaba a la gente del barrio, con sus amigos ingenieros les consiguió a algunos tubos para las conexiones de agua, o láminas de zinc para techar sus ranchos, una vez le regalaron unos sacos de cemento para ayudar a pavimentar una calle. Usted no sabe lo que vale eso para la gente del nororiente.

El día que lo mataron venía manejando la moto por la entrada al barrio. Los soldados estaban escondidos entre el rastrojo esperándolos. No les hicieron el pare ni nada. Simplemente los encendieron a plomo porque en este país es así. El ejército se embosca para asesinar la gente. Con decir que eran guerrilleros que se les enfrentaron en un retén, les basta para disculpar las barbaridades que hacen. El que venía en la parrilla alcanzó a pararse del suelo después que la moto rodó por el pavimento y les hizo un par de tiros de pistola antes de escapárseles por entre el monte. Adolfo quedó ahí tirado, con varias balas de fusil en el cuerpo. Pero vivo todavía. Un soldado le voló la frente con un disparo a quemarropa. Mi hermano estaba desarmado.

Cuando nos avisaron en la casa corrimos con mi papá a averiguar, pero los soldados no nos dejaron arrimar a verlo. El teniente le dijo que había un guerrillero herido y que esperaban una ambulancia para llevarlo a la policlínica. Mi papá lloraba rogándole que le permitieran recogerlo para llevarlo al hospital. Pero no quiso. Para que nadie se diera cuenta de lo que habían hecho. Nos mandaron a la policlínica para que esperáramos allá. Y ¿sabe qué? Mientras esperábamos su cuerpo, los soldados amarraron a Adolfo por las muñecas, lo colgaron del cañón de un tanque de guerra y lo pasearon por todo el nororiente así, para atemorizar la gente. ¿Se imagina el cuerpo ensangrentado de mi hermanito, con los sesos vaciándosele mientras el maldito tanque recorría las calles?

¿Quiere que le diga una cosa, hermano? En el colegio nos habían enseñado que los barranqueños debíamos sentirnos orgullosos porque teníamos un monumento único, que era junto con la refinería el símbolo de nuestra ciudad. Dizque el Cristo Petrolero. Un armatoste de fierros y soldadura montados sobre una ciénaga. Pura mierda y que Dios me perdone.  Para mí que el verdadero Cristo Petrolero de Barranca es el cuerpo de Adolfo chorreando sangre y sesos, guindado del tanque de guerra que recorrió el nororiente ese día. Seguro. Así no haga milagros. Ni redima pecados. Ni salve al mundo. Ese es el mejor símbolo del sufrimiento de la gente como nosotros, que tiene que morirse vilmente asesinada buscando una mejor suerte para todos”.

Gabriel Angel

Campamento de la Cabaña

23 de octubre de 1999


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.