Rehabilitado socialmente el pueblo, cambiado el régimen político, excluidos el terror y la violencia, claro que podría haber desmovilización.

Por Gabriel Ángel

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En la mañana del 10 de agosto de 1990 falleció el Camarada Jacobo Arenas en el campamento que los guerrilleros llamaron El Pueblito, y que la prensa nacional e internacional bautizó como Casa Verde, ubicado en el área rural del municipio de La Uribe, en el Meta. Allí tuvieron lugar importantes hechos históricos cuyos desarrollos aún están por definirse.

A la hora de morir Jacobo tenía 26 años de estar tejiendo, al lado de Manuel Marulanda, la sólida concepción ideológica, política, revolucionaria y bolivariana que miles de mujeres y de hombres vinculados orgánicamente a las FARC, habrían de apropiarse para avanzar con seguridad en el duro y difícil entorno de la confrontación político militar.

Veintitrés años después, la inmensa mayoría de los integrantes de la organización revolucionaria armada más antigua y fuerte del país, persigue sus objetivos sin haber tenido la oportunidad de conocer en persona a Jacobo. Son muchos y sorprendentes los acontecimientos sucedidos en el país y en el curso de la guerra desde los comienzos de la década de los noventa.

Y es natural que personalidades como las de Manuel Marulanda, Raúl Reyes, Alfonso Cano o el Mono Jojoy constituyan referentes más próximos para las nuevas generaciones de guerrilleros. Todos saben, sin embargo, que en el pensamiento y accionar de esos titanes revolucionarios actuó como guía e inspirador fundamental el genio de Jacobo Arenas.

Y que por tanto sus enseñanzas, intermediadas por la experiencia tan rica de los mandos que continuaron su obra, se prolongan incluso hoy hasta ellos, moviéndolos a actuar del modo más consecuente. Jacobo Arenas fue antes que todo el militante, el pensador y el cuadro comunista por excelencia en las FARC. Él inyectó de primero el Partido entre nosotros.

La muerte lo sorprendió en uno de los momentos más interesantes del último cuarto de siglo en Colombia y el mundo. Para el año 90, la Perestroika y el Glasnost implementados para la URSS por Mijaíl Gorbachov, comenzaban a develar su traición al socialismo. Como se convertían en traiciones a su discurso radical la entrega del M-19 y la rendición en curso de otras guerrillas.

En medio de un ardiente debate nacional en torno a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, brillaban dos posiciones en torno a ella. La democrática y progresista que pretendía reconfigurar el país sobre la base de la reconciliación y la justicia social, y la mezquina y clientelista que abogaba por cambiar algo para que todo continuara igual y prosiguiera la guerra.

Jacobo Arenas, elevado a categoría prominente en el debate de la época, aparecía con frecuencia en las cámaras de los noticieros de la Televisión y en las transmisiones radiales, explayando ante el país y el mundo las ideas de las FARC frente a todos esos fenómenos. La consecución de la paz por la vía de las conversaciones y los acuerdos políticos destacaba entre todas sus pasiones.

Sus sesudas reflexiones siempre serán punto de referencia para nosotros. Como había nacido en 1918, solía describir la experiencia violenta del país durante el siglo veinte como el cuadro en el que se había desenvuelto su propia existencia. Fue testigo del alzamiento conservador contra el gobierno liberal en la provincia de García Rovira después del año treinta.

Y cómo el gobierno liberal de Olaya Herrera accedió a pactar la paz con ellos, en un episodio borrado de la historia. Del mismo modo, sabía describir con magistral claridad la naturaleza de la violencia bipartidista desencadenada en el país tras el regreso al poder del Partido Conservador en 1946: un salvaje intento deexterminar las mayorías liberales y gaitanistas.

Al cual se incorporó rápidamente la doctrina fascista de seguridad nacional nacida de las grandes potencias capitalistas en su afán de frenar la inconformidad de los pueblos, con el pretexto de combatir la expansión comunista de la URSS. Los demonios de la guerra preventiva, guerra interna o finalmente guerra de baja intensidad se desataron así en Colombia y todo el Tercer Mundo.

Hasta materializar las monstruosas dictaduras sur y centro americanas, la avalancha terrorista contra los pueblos africanos y asiáticos ansiosos de su liberación anticolonialista, y en particular en nuestro país la espantosa expansión de la guerra sucia y el paramilitarismo, empeñados en aniquilar hasta el último vestigio de la actividad política antisistémica y democrática.

El gran maestro que fue Jacobo Arenas nos abrió los ojos ante la verdadera naturaleza de la violencia en que nos sacudíamos, como una estrategia de dominación de los grandes poderes del latifundio, el gamonalismo y el capital industrial y financiero, aliados con el poder imperial de los Estados Unidos que en nombre de una falsa democracia expandían el terror por el mundo.

Así la tarea de mejorar la suerte de nuestro pueblo significaba asumir un compromiso revolucionario. Que no consistía en nada distinto a encabezar las luchas de nuestra clase y las luchas de nuestro pueblo para que fueran esa clase y ese pueblo, los que en determinadas circunstancias, independientemente del tiempo, asumieran un día el poder.

Por encima de cualquier interés individual. La función del revolucionario no era otra que defender la causa de su pueblo, toda la vida. Por eso podía cumplir veinticinco años, cincuenta, y no cansarse de la lucha. Cuestión que adquiría singular importancia en un proceso de conversaciones con el gobierno, en donde éste buscaría mediante dádivas quebrar la convicción de los rebeldes.

Aquellos que no tenían un compromiso revolucionario, tarde o temprano se cansarían de la lucha y por ende con relativa facilidad caerían envueltos en las promesas del gobierno. Que incluso podría llegar a volverlos gobierno, por un tiempo, para después sacarlos a patadas, cuando ya no les fueran útiles, como había acontecido siempre en la historia.

Para Jacobo, un acuerdo serio con el gobierno significaba cambiar el medioambiente político y social del país, para en las nuevas condiciones entrar a discutir la suerte del movimiento guerrillero. Incluso su desarme y reincorporación.Rehabilitado socialmente el pueblo, cambiado el régimen político, excluidos el terror y la violencia, claro que podría haber desmovilización.

En definitiva, seguimos siendo fieles al pensamiento de Jacobo Arenas.