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Sábado, 21 Mayo 2016 01:22

El peligro de USAID y las ONGs que le sirven

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La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) es una oficina adjunta al Departamento de Estado de ese país, que se presenta ante el mundo como una entidad de cooperación internacional para el fomento del desarrollo económico y la institucionalización democrática, particularmente en países en vías de desarrollo que requieren de estabilidad económica y política. Una especie de buena conciencia de carácter filantrópico.

Desde el punto de vista económico, su preocupación estriba en que los modelos de desarrollo adoptados por los países donde realiza su intervención, se correspondan con la filosofía del libre mercado, al igual que, desde el punto de vista político, propende por las formas de democracia liberal aceptadas y bendecidas por Washington. Lo anterior se relaciona con la configuración continental y mundial afín a la hegemonía norteamericana. La USAID jamás brindará cooperación a un país que trabaje por fuera de los dictados neoliberales del FMI, el Banco Mundial, la OMC o la OCDE, y menos a procesos políticos que trabajen por modelos alternativos de democracia.

Cuando su interesada generosidad apunta a uno de estos últimos países, su cooperación, como lo han demostrado reiterados ejemplos históricos en distintos extremos del planeta, tendrá como propósito exclusivo la desestabilización, la promoción y apoyo de fuerzas internas que se encarguen de subvertir  y derrocar el orden que se intenta construir.  Su largo trabajo contra Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina, Nicaragua, entre otros, sirve de muestra.

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Para el caso colombiano, la USAID asume otro rostro. Colombia es considerada un bastión de la influencia norteamericana en el continente, y es sabido que los Estados Unidos se la jugaron toda con el Plan Colombia, a objeto de frenar e incluso derrotar el avance de las FARC y otras guerrillas en el país suramericano. Sin embargo, pese al cerrado apoyo del gobierno de George Bush a su colega colombiano Álvaro Uribe Vélez, al precio de hacer del país un modelo de terrorismo de Estado, el gran esfuerzo militar resultó insuficiente.

Finalizando el segundo mandato de Uribe,  el desprestigio de las instituciones colombianas resultaba preocupante, en medio de un proceso de renovación política y transformaciones de corte antineoliberal en buena parte del continente. La posición de la derecha fundamentalista en el poder, amenazaba incluso con hacer estallar una confrontación armada exterior que podría sumir la región en un caos de impredecibles consecuencias.

Los Estados Unidos, más aun con la llegada al poder de Obama, optaron por un cambio de estrategia. Vieron necesario buscar el fin del conflicto interno de Colombia por una vía distinta. En el criterio de los analistas norteamericanos, el narcotráfico jugaba un papel de primer orden en la prolongación de las hostilidades, y a éste había que agregar la pérdida del control territorial del Estado en manos de las guerrillas y las bandas criminales. Aparte de que resultaba indispensable atender la situación de los sectores sociales más vulnerables, proclives al discurso guerrillero y de izquierda que adquiría tanta influencia en los países vecinos.

El Estado colombiano, paralelamente a la profundización de las políticas neoliberales que garantizaban direccionar su economía de acuerdo con los intereses del gran capital transnacional, debía proponerse recuperar la seguridad, esto es el control territorial, combatir a fondo el narcotráfico y ganar para su proyecto a los sectores sociales más vulnerables, mediante ayudas de carácter social, particularmente en obras de infraestructura, salud, educación, servicios básicos, creación de alternativas económicas y hasta proyectos de carácter ambiental. La idea era armonizar todas estas políticas con los planes macroeconómicos de gran minería y agroindustria exportadora, a fin de garantizar la estabilidad en el plano interno.

La contradicción resultaba ostensible. La gran actividad minera y la agroindustria exportadora estaban montadas sobre el despojo de tierras a millones de campesinos. Había que legitimar de modo presentable ese despojo, para lo cual fue expedida la ley de víctimas y restitución de tierras, que tanto juego ha dado a diversas entidades no gubernamentales que trabajan en su implementación.  La gran minería, pensada para buena parte del país, implicaba un desastre ambiental de grandes proporciones, así que distintos proyectos, con rostro ecológico, buscarían disimular la depredación natural. Para eso también hallarían oenegés interesadas.

Asimismo, la atención a la población indígena, afro colombiana y campesina apuntaría a neutralizar la inconformidad. Más con la perspectiva de la reincorporación guerrillera a la política legal. De no conseguir que la guerrilla se desmovilizara y dispersara, era necesario prever cómo arrebatarle la influencia en sus tradicionales zonas de operación. Incluso, en el mejor de los casos, precaver el modo en que la nueva estructura política que llegue a permanecer en las zonas rurales, resulte vinculada a la implementación del modelo neoliberal, por medio de la ejecución de  ayudas humanitarias y proyectos de carácter social que se dejarían generosamente a su cargo.

Es aquí donde aparece con toda su significación el rostro de USAID. Ella se encarga de que millones de dólares, suministrados por medio de organizaciones no gubernamentales y diversas entidades nacionales e internacionales, se pongan al servicio del modelo. Con la cobertura de ampliar la democracia y la participación popular, cientos de oenegés llegan a departamentos y municipios objeto de los grandes proyectos macroeconómicos, con la misión específica de captar la colaboración de las comunidades. Valida de un discurso humanitario y de miles de contratos de asistencia con alcaldías y gobernaciones, USAID obtiene el apoyo de sectores académicos, políticos y sociales de corte progresista, que, conscientemente o no, se prestan, motivados por llamativos cargos y contratos,  para sacar adelante el modelo de saqueo y adormecimiento.

La simple lectura de una de las tantas noticias publicadas en la red por uno de los portales que sirven a USAID, nos permite inferir cómo funciona el sistema:

Una vez el gobierno colombiano estableció el Sistema General de Regalías en 2012, USAID puso en marcha el Programa de Administración de Regalías para apoyar a las comunidades de Montelíbano, Tierralta, Puerto Libertador, Valencia, Riohacha, San Juan de Arama, Mesetas y Vistahermosa en las distintas etapas que involucra el proceso de acceso y ejecución de los recursos de regalías; desde la socialización de la regulación vigente, pasando por el diseño y la formulación de proyectos, hasta la formación de funcionarios públicos y de la comunidad en control ciudadano. Para los años 2012 y 2013, los ocho gobiernos municipales que recibieron apoyo técnico de USAID a través del Programa de Administración de Regalías mejoraron su índice de desempeño integral municipal, un indicador con el que el Departamento Nacional de Planeación (DNP) evalúa la gestión pública territorial… Ver Fuente.

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La cuestión es clara, las transnacionales arriban a explotar un recurso natural a una zona. Han conseguido primero la renovación legal del régimen de regalías. Multiplicidad de oenegés se encargarán de adiestrar a las comunidades en ese nuevo régimen legal, para enseñarles a extraer cualquier ventaja posible. Cómo elaborar, diseñar y presentar proyectos de interés social financiados con dineros de las regalías, cómo contratarlos y supervisar su ejecución. Las comunidades participan así con su gobierno local o departamental en todo el proceso, evitan que los politiqueros hagan fiesta con los recursos y obtienen el beneficio final de la obra. Sin cuestionar que ésta no será más que la pobre limosna que deja la multinacional, que ha saqueado, destruido el entorno y de paso domesticado su inconformidad.

Colombia entera está siendo en la actualidad objeto de miles de contratos y proyectos de esa naturaleza, los cuales se avizora desde ya se multiplicarán de manera geométrica tan pronto como se produzca la firma del Acuerdo Final de Paz en La Habana. Con la esperanza en USAID y otras agencias de intervención norteamericana, numerosas organizaciones no gubernamentales se frotan las manos pensando en el modo en que serán beneficiadas en la feria que llaman postconflicto. Es necesario por ello que la gente honesta de las organizaciones sociales, populares y políticas de alternativa encienda todas sus alarmas, no vaya a ser que soñando con llevar desarrollo y bienestar a las regiones, terminen sirviendo a un modelo que apunta a destruirlas. Igual llamado vale para las guerrillas, la lucha seguirá en todos los espacios.

Lo verdaderamente importante será conservar la independencia de criterios en todas las circunstancias. Lo que se nos viene por delante equivale a arrojarse a un río crecido cuya corriente amenaza ahogarnos en un poderoso remolino. Tendremos que nadar en sus aguas turbias, con talento y destreza, para salir airosos al otro lado. Los enemigos trazan sus derroteros, pero en su marcha encuentran a un pueblo y a sus organizaciones que pueden, si se lo proponen, conducir los acontecimientos a un destino distinto. No hay peligro que no puede superarse.

20 de mayo de 2016.

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