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Jueves, 12 Agosto 2010 18:59

El lenguaje del odio y la muerte

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 «Nada de eso sucedería si en lugar de hacer la guerra se buscara una solución dialogada, pacífica, civilizada.»

Por Gabriel Ángel

Terroristas, narcotraficantes, secuestradores, reclutadores de niños, malvados sembradores de minas y demás hacen parte del léxico tejido contra nosotros por nuestros viejos adversarios. Es indudable que el calibre de las calificaciones ha ido ascendiendo con el tiempo, como si la imposibilidad material de vencernos pudiera ser compensada con el uso de expresiones cada vez más cargadas de odio. En un pasado fuimos bandidos, insurrectos, rebeldes, guerrilleros, subversivos. Hoy tales términos están proscritos, se los considera demasiado benévolos. Estaban bien para aplicárselos a gentes que terminarían rindiéndose, a ilusos que acabarían por aceptar la imposibilidad de cambiar las cosas.

 Es evidente que los revolucionarios sólo gozan de consideración y respeto por parte de los sectores dominantes, en la medida en que resultan útiles para demostrar ante el resto de la sociedad la inutilidad de su lucha. Los vencidos, los rendidos, los arrepentidos, aquellos que doblan al fin la cerviz y repiten en voz alta que se equivocaron, únicamente ellos tienen derecho a invocar la generosidad que se reserva para los hijos pródigos. La gente firme, las mujeres y los hombres decentes y consecuentes que permanecen eternamente fieles a sus ideales de justicia, esa inagotable cantera popular que sueña un mundo mejor y más humano, precisamente por indómita, se convierte en el objeto de la mayor persecución y descrédito.

Terrorista llaman ahora a quien persevera en su causa sin venderse por un plato de lentejas. Y lo llaman así los autores de los peores crímenes cometidos contra la humanidad, es decir los poderes establecidos del gran capital. En estos días, iniciaron el juicio contra un muchacho canadiense de ascendencia afgana, a quien los Estados Unidos mantuvieron un mar de años sometido a los peores vejámenes en sus cárceles secretas. Lo acusan de haber dado muerte a un soldado gringo en Afganistán. Supuestamente lanzó una granada contra un convoy militar. Si fuera cierto, sería en realidad un patriota, su país fue invadido. Cada semana, con sus bombas, las tropas de la OTAN asesinan decenas de civiles afganos sin que pase nada.

¿Quién es en realidad el terrorista? A Luis Posada Carriles lo protegen los Estados Unidos pese a que está probado por  la justicia que despedazó un avión cubano repleto de pasajeros. Los cinco cubanos que trabajaban por evitar la comisión de otros atentados criminales contra su país pagan en cambio penas por terrorismo en USA. La invasión contra Irak se realizó pretextando acusaciones que luego se probaron eran completamente falsas. Todo el mundo sabe que la Santa Alianza iba en realidad tras el petróleo. El millón de muertos civiles ocasionados por semejante  infamia al parecer no tiene por qué importarle a nadie, mientras que resulta obligatorio considerar terrorista a la ejemplar resistencia del pueblo iraquí.

El Estado colombiano, apoyado íntegramente por el Imperio, lanza más de cuatrocientos mil hombres contra las FARC. Patrullas de centenares de soldados profesionales rastrillan montes y valles aniquilando cualquier cosa que se mueva a su alcance. Naves artilladas y blindadas recorren ríos y lagunas vaciando su carga mortífera contra sus orillas. Aviones cazabombarderos lanzan aguaceros de bombas y metralla contra cualquier indicio de vida humana en la selva. Bombas hasta de mil kilos, que dejan en el suelo un hueco de veinte metros de diámetro y destruyen toda la vegetación de selva en doscientos metros a la redonda. Se destina a esa guerra un presupuesto diario de sesenta mil millones de pesos.

Recuerdo ahora a Yarleidy. Unos momentos antes de quedarse dormida para siempre, nos regaló una sonrisa angelical tras contemplarse en un pequeño espejo. Otras muchachas la habían peinado y maquillado ligeramente después de darle un baño. Tenía en su espalda baja un enorme orificio causado por una esquirla, al interior del cual podían observarse su columna vertebral y su cadera completamente despedazadas. Como ella, otras guerrilleras y guerrilleros han sido calcinados y desechos de manera horrible. Los generales de la república exteriorizan su felicidad reportando las muertes de cinco, treinta o sesenta terroristas por causa de sus pulcros aviones bombarderos. Pero se amargan si un solo soldado pierde un pie.

Según ellos, deberíamos dejarnos matar impunemente. Somos cobardes y miserables por no hacerlo.  Es una antigua historia. Las criminales Administraciones de Ospina Pérez y Laureano Gómez rabiaban porque gaitanistas y comunistas se armaban para evitar su aniquilación por cuenta de los pájaros y la chulavita. Y luego el gobierno de Guillermo León Valencia emprendía su embestida militar contra Marquetalia y Riochiquito, porque allá habitaban campesinos comunistas que no creían en el Frente Nacional. Como lo prueban testimonios audiovisuales de la época, desde entonces comenzaron los bombardeos contra las zonas agrarias. Así nacieron las FARC, bajo una lluvia de bombas y metralla. Y aquí estamos.

No contamos, ni de lejos, con los miles de millones de dólares que los gringos inyectan a las fuerzas militares colombianas para su labor predadora. Ni con los billones de pesos que recolecta el Ministerio de Hacienda mediante impuestos con destinación a la guerra. Muchos se burlan de nosotros afirmando que con pobres recursos del siglo 19 enfrentamos un Estado con recursos del siglo 21. Ha sido una verdadera proeza podernos sostener durante tantos años. Nos pasa lo que a los campesinos pobres de Colombia, nos toca vivir del rebusque. Un día cualquiera nos encontramos rodeados por multitud de pequeños cultivos de coca. Vimos la oportunidad de cobrar un impuesto a los compradores de la hoja.

Y lo hicimos. Acá jamás entró un gran capo mafioso. Los compradores siempre fueron un eslabón de baja categoría en esa cadena de negocios sucesivos. Los campesinos elevaron un tanto su nivel de vida, mientras nosotros comenzamos a cargar con el lastre de traficantes. Pese a ser frecuentes víctimas de robos y engaños por parte de compradores expertos en artimañas y estafas. Otros hicieron grandes fortunas. Incluso lograron lavar su procedencia. Hasta llegaron a la Presidencia. Para acusarnos de narcos desde allá. En su afán por erradicar los cultivos y conducirnos al fin, ignoraron que la persecución y la miseria del campesinado se encargarían de alimentar como nunca antes nuestro componente humano.

Los menores de dieciocho años que llegan a nuestras filas, son seres a quienes el mismo Estado les ha destruido cualquier expectativa decente de vida en la sociedad colombiana. Y es falso por completo que sean reclutados a la fuerza. Ingresan porque reconocen en nuestra lucha la única esperanza de una vida mejor para ellos y sus familias. Aquí se forma la gente, por etapas. No va a enviárselos al combate hasta tanto no cuenten con la preparación y madurez suficiente. Otra cosa que los gobernantes envíen sus aviones a despedazarlos para después señalar nuestra maldad con sus cadáveres. O que los capturen vivos para someterlos a inhumanas presiones que los conducirán a repetir lo que les digan con fines de propaganda.

No se olvide que las FARC estamos conformadas por mujeres y hombres con necesidades materiales vitales. Y que siempre hemos vivido bajo permanente situación de persecución y ataque. Como una aplicación de Darwin, nos hemos visto obligados a adaptarnos a las condiciones más extremas para evitar perecer. ¿Puede juzgársenos desde la tranquila perspectiva de un cómodo sillón ajeno a cualquier riesgo? Nosotros no somos más que la parte del pueblo colombiano que decidió no dejarse humillar nunca más por la arrogancia de los amos terratenientes, banqueros o empresarios. Provenimos del Partido Comunista, de la vieja ANAPO, de la Unión Patriótica, de la izquierda política  y la oposición exterminada.

Proponemos un nuevo país. Desde siempre lo hemos hecho. Aun desde antes de ser FARC. Por eso se nos persiguió y acorraló. Si no hubiéramos ingresado, apenas seríamos un número más en la inmensa lista de asesinados, desaparecidos, torturados, encarcelados, desplazados o desterrados. En ese océano de prácticas impunes que las clases dirigentes, sus fuerzas militares, sus aparatos de seguridad y sus grupos paramilitares se han encargado de hacer realidad cotidiana en nuestra patria. Si alguna vez lograra destaparse de manera pública la horrorosa caja de Pandora que significa la implementación en esta nación de la doctrina gringa de Seguridad Nacional, hasta las piedras llorarían estremecidas por el espanto.

En una guerra no se secuestra cuando se toman prisioneros del campo enemigo. Y resulta normal que se pacte un intercambio. Como resultan normales las imposiciones tributarias para el sostenimiento de los ejércitos. Según las condiciones, cada bando se asegura el pago de esos gravámenes. Pero es que nada de eso sucedería si en lugar de hacer la guerra se buscara una solución dialogada, pacífica, civilizada. La misma que proponían los campesinos de Marquetalia antes de la agresión. La misma que se ahogó en sangre exterminando a la Unión Patriótica. La misma que el Estado se negó a iniciar en el Caguán, a la espera de que las FARC nos rindiéramos sin que nada en Colombia cambiara.

Se quedó Uribe con los crespos hechos después de asegurar que en cuestión de horas volverían las buenas noticias con relación a nosotros. Pasarán los meses y los años sin que el Estado colombiano logre hacer realidad los sueños del alucinado ex Presidente. En cambio las FARC sí estamos en condiciones de asegurar que contamos con la moral y las reservas suficientes, no sólo para soportar ésta y las demás arremetidas que se vengan contra nosotros, sino sobre todo para continuar creciendo y fortaleciéndonos hasta alcanzar junto con nuestro pueblo la victoria que tanto hemos luchado. Allá Santos y sus generales. Allá su sucio lenguaje. Allá sus bombas. La historia se encargará de poner cada cosa en su justo lugar.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 12 de agosto de 2010.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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