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Viernes, 10 Noviembre 2000 21:47

La Globalización y el Neoliberalismo son dos cosas distintas

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«La superación del capitalismo únicamente tiene un nombre, el socialismo.»

Por Gabriel Ángel

El panorama económico mundial se caracteriza por el dominio global de las gigantescas corporaciones trasnacionales dedicadas fundamentalmente a la especulación financiera. Ellas se han convertido por intermedio del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio y otras cuantas entidades multilaterales, en un verdadero gobierno de carácter planetario, que determina e impone las formas de la política, la economía, la sociedad y la cultura en todos los rincones de la Tierra. Lo único que las inspira es el ánimo de incrementar sus astronómicas ganancias para con ellas obtener a su vez más ganancias. Igual al hombre de negocios que halló El Principito en el cuarto planeta, que quería ser rico acumulando estrellas porque con ellas podría comprar más estrellas. Semejante estupidez ha sido elevada por sus propagandistas a la más importante y altruista de las actividades humanas, aunque prefiere llamársela con nombres menos dicientes como creación de riqueza o mercado de derivados.

Para hacer posible eternamente este prodigio mágico, dichas corporaciones, en gran medida conformadas con capitales estadounidenses, han inventado un paquete de medidas que imponen sus representantes a todos los países con el nombre de políticas de ajuste. El conjunto de dichas políticas, tendientes a que en cada rincón del mundo se abran las puertas y las facilidades para que sus filibusteros cibernéticos realicen los grandes negocios, se han conocido como políticas neoliberales, y han requerido siempre para poder implantarse, del más exuberante despliegue de propaganda. De acuerdo con esta, las medidas son imprescindibles e ineluctables. Porque son el producto de la globalización, del avance de las tecnologías de punta, de la revolución informática, del imperio de las telecomunicaciones y las transacciones inmediatas. Ante esas imposiciones de la historia, las sociedades no tienen más que hacer sino resignarse. Ellas significan el triunfo definitivo de la iniciativa privada, la demostración del fracaso de cualquier intento socializante, la majadería de un Estado intervencionista, la inconveniencia de los servicios públicos estatales, la conveniencia de la flexibilización laboral. Y lo más increíble que se haya escuchado jamás, que el conjuro ideal  para generar empleo no es otro distinto que despedir el mayor número posible de trabajadores.

La falsedad de tan monstruosa mentira es evidente. ¿Quién ha dicho que los avances científicos son los que determinan la forma de distribuir las riquezas entre los hombres? ¿Que la mejora en los conocimientos y el dominio del cosmos tiene que traducirse en la  miseria y la esclavización de la mayoría de la humanidad por un puñado de capitalistas planetarios?  Una cosa es la globalización, sí, esa fabulosa conquista de la mente humana, que está llamada a ponerse al servicio de todos los hombres para su liberación definitiva, y otra muy distinta son las políticas neoliberales impuestas por la banca transnacional y que se pretenden identificar con aquella. Las formas de dominación económica, política, social, cultural, no son el resultado de los avances de la ciencia, sino de las relaciones de clase que existen en el seno de cualquier sociedad. Es bueno tener siempre presente esto, para salirles al paso a los pregoneros de la inevitabilidad del neoliberalismo.

La mejor prueba de que las contradicciones de clase siguen vivas a pesar del discurso, es que pese a la caída del llamado socialismo real en Europa oriental, de la rendición de los movimientos alzados en armas en Centroamérica, de la crisis en el espectro intelectual de la izquierda, de la sumisa abyección de la academia o de la claudicación vergonzante de varias organizaciones revolucionarias colombianas, todos los pueblos del mundo, desde el primero hasta el tercero y cuarto incluidos, han librado y continúan librando miles de batallas diarias contra las privatizaciones, las reestructuraciones, los despidos masivos, la apertura económica indiscriminada, la desregulación de las relaciones laborales y el abandono de los deberes sociales por parte del Estado.

Lo que es inevitable es que el capitalismo se torne en neoliberalismo. Eso sí lo han probado  con suficiencia los desarrollos económicos de la última década en el mundo. Hasta los países europeos que alguna vez enarbolaron políticas socialdemócratas consideradas autónomas y alternativas, terminaron acogiendo, sin mucho entusiasmo, las recomendaciones de las entidades multilaterales de crédito. Y así haya sido a regañadientes las  hicieron suyas. Y enfrentan en consecuencia las rabiosas protestas de sus ciudadanos, víctimas de las avalanchas de despidos, privados repentina o gradualmente de la seguridad social, del subsidio al desempleo, damnificados por el cierre de las grandes factorías y su traslado a lugares del mundo en donde la mano de obra resulta mucho más barata. Como en los días de la revolución industrial en Europa, por increíble que parezca, vuelven los desarrapados a invadir de nuevo sus calles.

Lo que hunde criminalmente sus colmillos sobre la humanidad es la ambición de mayores ganancias por parte de los grandes monopolios de la especulación financiera. Eso se llama ultraliberalismo, imperialismo exacerbado, explotación mundial generalizada. Pero no es la globalización, que repito, consiste más bien en las asombrosas posibilidades alcanzadas por la informática y las telecomunicaciones, que de verdad han convertido al mundo en un pañuelo. En consecuencia no es ineluctable. Los hombres y mujeres de la tierra, levantados en pie de lucha, pueden y deben derrotarlo en aras de construir un orden mundial verdaderamente viable y humano. Y como la historia no puede echarse atrás, aquellos que se han declarado en desobediencia contra el actual orden de cosas, están obligados a apuntar hacia la superación del capitalismo, el cual no puede subsistir sino en su fase neoliberal. Y la superación del capitalismo únicamente tiene un nombre, el socialismo, el primer paso hacia la construcción de una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados.

Como en el famoso cuento breve, al despertar tras la ruidosa celebración, el imperialismo percibe que el dinosaurio todavía permanece ahí, y como está cierto del peligro inminente que ello representa para sus intereses, realiza en la actualidad la más apoteósica campaña publicitaria para impedir que germine la semilla de la lucha en la mente de la humanidad entera. Y en cada uno de los países en donde se aplican al dedillo sus políticas de hambre y abandono. Dado que los grandes monopolios son propietarios a su vez de las gigantescas cadenas informativas mundiales y nacionales, nadie tan eficiente para esa labor de alienación y embrutecimiento global que los medios masivos de comunicación. Eso está visto. Pero no se contenta con ello. Se ha construido también el más impresionante aparato de dominación militar, al tiempo que  promueve la militarización, dentro de formas de apariencia democrática, de todas las naciones del planeta en donde tienen cabida sus inversiones.

Si se dejara a la gente pensar por sí misma, si se le diera acceso a los inconformes en las tribunas informativas y de opinión, si se permitiera el surgimiento de expresiones políticas contestatarias, si se abriera el espacio para la organización libre de las grandes mayorías desfavorecidas, las horas del capitalismo estarían contadas. Los pueblos del mundo no tardarían en ponerlo en orden. Por eso el imperialismo es enemigo mortal de la democracia y las libertades de pensamiento y expresión. Por eso su pretensión  de instaurar un pensamiento único. Como todo lo suyo, como sus transacciones de derivados, como sus especulaciones financieras, la democracia que pregona y defiende también es virtual, no existe en la realidad, aunque él, valiéndose de los medios, haga creer que existe.

Además no duda en imponerla por la fuerza bruta cuando algún pueblo se atreve a intentar su propia manera de edificarse el futuro. He allí la razón última del caos en que se halla sumido nuestro planeta Tierra. Y nuestro país Colombia. Mientras los pueblos viven terribles realidades económicas y políticas, el aparato de propaganda imperialista, del que se cuelgan los sectores nacionales dominantes encadenados a él, describe el más civilizado y feliz de los mundos posibles. Y culpa de los defectos del mismo a los tercos trogloditas que se levantan en lucha para cambiarlo. Si no fuera por ellos, no tendríamos nada que envidiarle al paraíso. En un artículo posterior me referiré a las diferentes manifestaciones de esta contradicción, entre ellas al manoseo ideológico, que tanto lastima el orgullo de los incautos cuando se los hace ver.¨

Gabriel Ángel

11 de noviembre de 2000


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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