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Lunes, 22 Septiembre 2014 00:00

El Mono Jojoy y el pensamiento intelectual de moda

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– 21/09/2014POSTED IN: ARTÍCULOS Y OPINIÓNLA PLUMA DE GABRIEL ANGELTEMAS DE ACTUALIDAD

«Me niego a creer que lo práctico y recomendable sea abandonar el campo del socialismo científico, para regresar a los tiempos del socialismo utópico»

Por Gabriel Ángel

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El lunes 22 de septiembre se cumplen cuatro años de la muerte del camarada Jorge Briceño, o Jorge Suárez Briceño, como le gustaba firmar a él mismo su nombre, más conocido en las FARC-EP y la opinión nacional e internacional como El Mono Jojoy. Cuarenta años continuos de lucha guerrillera en las distintas cordilleras y selvas del país dan cuenta de su condición de revolucionario irreprochable, un título que entre más abominan las clases dominantes, mayor relevancia y sentido obtiene entre los marginados y oprimidos del mundo entero.

Las modas neoliberales

El pensamiento neoliberal, transformado rápidamente en ideología hegemónica tras el derrumbe de las experiencias socialistas de Europa del Este, se encargó, entre otras cosas, de poner a girar la mente de la mayoría de las personas del planeta en torno al sistema capitalista, denominado por él como sociedad o sociedades de mercado, otorgando al consumo la condición de actividad humana más virtuosa. Podríamos decir que la famosa sentencia de Descartes que sirvió para iluminar la filosofía racionalista, pienso, luego existo, devino hacia la última parte del siglo XX en otra más comercial e influyente, consumes, luego existes. La libre competencia en la oferta y la demanda, la más importante de las libertades en la doctrina neoliberal, terminó por imponer como valor fundamental la moda, la repetición más frecuente en el gusto de los consumidores en un momento dado, así que en la sociedad actual el principal criterio de valoración personal consiste en estar a la moda. Ser revolucionario es considerado, definitivamente, fuera de moda.

Los comportamientos políticos de personajes tan siniestros como George Bush o Álvaro Uribe Vélez, a simple vista tan repugnantes y risibles, han terminado siendo tratados con benevolencia y simpatía por la opinión pública domesticada por el neoliberalismo. El pensamiento político de moda es el neo conservadurismo, el de los gobernantes que se amarran muy bien los pantalones a la cintura y no se dejan impresionar por los lloriqueos de la gentuza inconforme. El prototipo del hombre respetable es el primer ministro israelí, el duro con los enemigos, el implacable con quienes se le oponen y denuncian. Claro, siempre que tal conducta defienda los intereses de los grandes empresarios, de los monopolios financieros, del capital transnacional. Pues en caso contrario se tratará del peor de los tiranos, del déspota por excelencia al que hay que aniquilar.

Así que escribir sobre alguien para destacar su condición de revolucionario, pone inmediatamente a quien lo hace en serios aprietos con la moda dominante. Lo condena al ostracismo, al desprecio, al anonimato y la indiferencia. Por encima de ese riesgo hay que hacerlo, una y otra vez, sin pausa, porque la batalla contra la explotación y la violencia de los poderosos hacia los débiles es hoy más urgente que nunca. Ya no sólo se condena a los pueblos al saqueo y el despojo, al aplastamiento brutal si se oponen, sino que sus carencias y sufrimientos resultan desdibujados e ignorados por la algarabía publicitaria mediática, que remplaza la realidad por la orgía de jingles y fantasías virtuales. Ya no existen la miseria, la pobreza, la injusticia ni la represión violenta, lo demuestran los discursos del Presidente y las cifras oficiales de todos los noticiarios. Quienes hablamos de ellas somos considerados, según la moda, como extremistas al servicio del terrorismo.

La consecuencia revolucionaria

El Mono Jojoy no sólo fue un revolucionario íntegro, sino que seguirá siendo un ejemplo para las posteriores generaciones. En su cabeza cupo, con plena claridad, el carácter injusto y explotador del sistema capitalista, y dedicó toda su vida a combatirlo, hasta el punto de morir en la lucha, con las armas en la mano. A eso se le llama consecuencia revolucionaria, a unir los hechos y actos de la vida al discurso que se pronuncia, para ratificarlo, si llega a ser el caso, con la propia sangre. Bien lo definió el Che Guevara, una de las personalidades que más influyó en El Mono, quien con su boina negra y estrella dorada siempre lo puso con orgullo de presente: en una revolución se triunfa o se muere, si se es verdadera. Esas cualidades, como ser consecuente, están pasadas de moda, se puede echar el discurso revolucionario y llevar una vida acomodada y burguesa.

Sin que haya incompatibilidad alguna. Pensar y vivir como revolucionario, proclamarlo sin complejos, cuenta con muy bajo rating, según la idea dominante. Para El Mono eso era sencillamente cretinismo. Se burlaba de la gente así. Alguna vez, durante la existencia de la zona de despeje del Caguán, se entrevistó, entre tantos otros personajes, con el que luego fue senador uribista, Moreno de Caro. Había que ver el modo como este último se expresaba de la oligarquía dominante, las palabrotas que empleaba para referirse a la clase en el poder. Ese tipo de individuos inspiraban lástima al Mono. Así como todos aquellos que siempre tenían una excusa para no actuar como revolucionarios, pese a proclamar que lo eran. Asombrosamente, buena parte de los revolucionarios de hoy se niegan a ser reconocidos como tales, prefieren otras denominaciones, como pensamiento crítico, que resulta más ajustado a las modas.

Hay vergüenza para reconocerse comunista. Cuando toda persona honesta que haya bebido con seriedad de las fuentes del marxismo leninismo, sabe que si realmente calan en él el método dialéctico y la concepción materialista de la historia, no existe una denominación más adecuada. Otra cosa que la táctica política indique una actitud diferente. Así sucedió, por ejemplo, en los inicios de la carrera política del Comandante Fidel Castro Ruz, quien, sin embargo, no vaciló en su momento para fundar el Partido Comunista de Cuba. Y quien en calidad de tal sigue siendo hoy por hoy el revolucionario vivo con mayor autoridad y prestigio en el mundo. Era esa la materia de la que estaba hecho El Mono, constituía una afrenta para él disimular su condición de comunista. Ni siquiera le resultaba satisfactorio conformarse con el título de socialista.

El socialismo del siglo XX

El socialismo sigue haciendo sonrojar a buena parte de la intelectualidad que se define de pensamiento crítico. Es preferible denominarse así, o de avanzada, o progresista y demócrata, pero socialista a secas ni de fundas. Esa palabra se considera completamente desprestigiada, desvalorizada. Y es larga la lista de razones que se proclaman para sostenerlo. Empezando por la antigua Unión Soviética y sus considerados satélites de Europa Oriental. Un socialismo que llena de vergüenza y miedo a tanta gente que se proclama revolucionaria. Algo que a una persona como El Mono Jojoy jamás le pasó por la cabeza. Porque al igual que todo marxista leninista convencido, sabía bien que un experimento social, económico, político y cultural de semejante dimensión no podía ser lanzado a la caneca de la basura, por el hecho de haber terminado del modo como terminó. Esa ha sido, pésele a quien le pese, la más grande y triunfante explosión social de la historia universal en contra del capital, en contra de la explotación, en contra de la guerra, en contra de la injusticia. La única que de verdad hizo temblar a todos los imperialismos.

El deber imperioso de un revolucionario auténtico reside en extraer de ella todas las enseñanzas positivas, como lo hizo con maestría sorprendente Carlos Marx tras el derrumbe de la Comuna de París, levantamiento con el que antes de producirse no estuvo de acuerdo por considerarlo apresurado, pero en cuyo apoyo se movió sin vacilaciones, en consideración a que encarnaba la insurgencia del proletariado francés contra los poderes omnímodos del capital y la burguesía dominantes. Es eso lo que corresponde a cualquiera que se precie de poseer un pensamiento crítico. No puede tomarse como diana la experiencia liberadora de un pueblo, para llenarla de agujeros y destrozos, sumándose al fuego envenenado que desde todos los flancos dispara iracundo el capital transnacional, interesado cual más en que nunca se repita la intentona justiciera. Si hay alguna cosa que todo revolucionario debe temer en la vida, es hallarse situado en el mismo campo del imperialismo y las oligarquías, como lo hacen hoy ingenuamente, pero satisfechos y orondos, todos los enemigos de la experiencia socialista de la Unión Soviética.

El odiado estalinismo

¿Qué modo más corriente de descalificar al pensamiento revolucionario en contra del capital, que acusarlo, con sorna o repudio, de estalinista? Todas las perversidades que puedan concebirse en contra del socialismo, están representadas en ese apelativo. Lo cual me lleva a recordar a quienes sostenían, comenzando el siglo XXI en Colombia, que preferían cualquier cosa para nuestro país, con tal de que nunca llegara a ser gobernado por el Mono Jojoy. La misma lógica inspira uno y otro razonamiento. Demonizar la figura del revolucionario, para lograr que las masas populares le teman y repudien, resulta el camino más expedito para el sostenimiento del régimen político y el sistema económico. Pocos recuerdan o se interesan por saber que el término estalinista fue creado por el Partido Nazi en la Alemania de los años 30, con el propósito de paralizar las luchas obreras en la Europa azotada por la gran crisis económica, como el coco al que todavía apelan muchas madres para mantener a raya a sus pequeños hijos.

Y que fue el nacional socialismo de Adolfo Hitler, con su aparato de propaganda en manos del doctor Goebbels, el creador de la leyenda negra sobre Stalin, el dirigente comunista que se encargaba de construir la primera experiencia socialista de la humanidad, cuya sola idea del poder para la clase trabajadora aterraba hasta el delirio al gran capital alemán y mundial. Nadie quiere acordarse de que los propios Roosevelt y Churchill aclamaron a Stalin como héroe de la humanidad, en virtud del papel desempeñado por el Ejército Rojo en la derrota del nazi fascismo en la Segunda Guerra Mundial, título que sus países recogieron muy de prisa al percatarse del extraordinario e inmanejable rival que le emergía a la dominación absoluta del gran capital con el auge de la Unión Soviética, momento en que decidieron, a propósito, retomar y catapultar la propaganda antisoviética diseñada por los nazis para difundirla en todo el mundo como verdad absoluta.

La CIA fue creada en 1947 casi con ese propósito exclusivo, tal y como lo demuestra el propio Informe Church, de 1976, denominado así por el senador Frank Church, que encabezó la investigación del Congreso de los Estados Unidos sobre las actividades de la CIA y el FBI con ocasión del escándalo de Watergate. La investigadora argentina Telma Luzzani cita a la norteamericana Frances Stonor Saunders, quien revela un documento del 10 de julio de 1950, en el que el recién creado Consejo de Seguridad Nacional se plantea como objetivo la guerra de propaganda, definiéndola como “todo esfuerzo o movimiento organizado para distribuir información o una doctrina particular mediante noticias, opiniones o llamamientos pensados para influir en el pensamiento y las acciones de determinados grupos”, destacando en él que la propaganda más efectiva es aquella en la que “el sujeto se mueve en la dirección que uno quiere por razones que piensa como propias”. Puede pensarse entonces lo que se quiera, pero no puede dudarse de que gran parte de las ideas y concepciones críticamente destructivas, de ciertos sectores que se consideran de avanzada, repiten en forma mecánica lo inducido por los ideólogos y propagandistas del imperialismo. Eran el tipo de cosas en las que el Mono Jojoy no se equivocaba.

Valoraciones justas

Lo cual no quiere decir que defendamos la idea de que grandes personalidades como Stalin o el Mono Jojoy no cometieron errores. O que haya que repetir al pie de la letra lo que en su momento ellos vieron necesario hacer. Es seguro que cometieron errores, claro que sí, como sucede con todos los seres humanos que han merecido un lugar en la historia. Sólo que los revolucionarios no podemos incurrir en la falsa dicotomía moral de elegir entre buenos y malos, a la que quiere arrinconarnos la historiografía de las clases dominantes, después de habernos saturado de las peores y más falsas informaciones sobre los objetos de nuestro juicio. No, los revolucionarios juzgamos con criterio de clase, después de estudiar y sopesar detenidamente tanto los hechos reales, como la suma de los intereses en juego en un momento dado, y las actuaciones a favor de los más débiles y explotados por cuenta de los actores. Lo cual nos conduce a conclusiones distintas a la óptica del poder.

Así, por ejemplo, por encima del reconocimiento sobre las limitaciones al ideal democrático que pudieran haberse presentado con el sistema de partido único y planificación centralizada, no podemos aceptar que se tache de tiránico y despótico a un régimen político empeñado en alcanzar, habiéndolo logrado casi en forma absoluta, el pleno empleo de la mano de obra nacional, la satisfacción de las necesidades materiales básicas de toda la población, como alimentación, salud, vivienda, vestido, educación, cultura y recreación, mientras simultáneamente se ocupaba en diseñar y confeccionar el tránsito de una sociedad atrasada de tipo precapitalista, abiertamente desigual e injusta, a otro tipo de sociedad caracterizada por la desaparición de la propiedad privada sobre los medios de producción, igualitaria como quizás no ha llegado a serlo ninguna otra sociedad en la historia, muchísimo más justa y humana en todos los sentidos que cualquiera de las formas capitalistas con las que intenten equiparla.

Por eso nos permitimos pensar, como lo hacía el Mono Jojoy, en que la experiencia socialista soviética no puede ser considerada un fracaso económico y tecnológico, cuando en medio de la hostilidad más grande que haya sufrido pueblo alguno, consiguió, con base en el trabajo exclusivo de su propia gente, que su país en revolución diera el salto, en treinta o cuarenta años apenas, a un grado de desarrollo económico y tecnológico comparable al alcanzado por las más grandes potencias capitalistas tras dos, tres, o más siglos de saqueo y explotación a la mayoría de pueblos del mundo. Todo eso es cierto, puede ser comprobado fácilmente por cualquiera que se interese en el tema. Pero a diferencia de las distintas experiencias de desarrollo capitalista, es mediatizado y ensombrecido por el más impresionante espejismo de difamaciones y calumnias. Cualquiera que intente destacarlo, resulta estigmatizado de inmediato por el pensamiento de moda.

Puede que allá nada hubiera sido perfecto, pero es seguro que era mucho, pero muchísimo mejor, que la situación social que viven hoy los pueblos africanos, latinoamericanos, asiáticos, europeos e incluso norteamericanos, para no decir rusos y este europeos, atravesados por las crecientes desigualdades e injusticias, amenazados por la destrucción medio ambiental y nuclear, victimizados por los planes de ajuste, la guerra y las más absurdas corrupciones y violencias. Corresponde al movimiento revolucionario, intelectual y académico de avanzada, la investigación profunda y objetiva de las causas reales que condujeron a la desaparición de la Unión Soviética, hallar los factores y el momento en el que convergieron, así como en quién verdaderamente recae la responsabilidad por lo sucedido, antes que dedicarse a la condena generalizada e implacable de semejante escuela de liberación, a la que, conjuntamente con los más perversos representantes del pensamiento neoliberal, se apresuran a despedazar sin mayores reparos.

La lucha de clases

El Mono Jojoy no se olvidaba nunca de la lucha de clases, esa constante que ha caracterizado el avance de las sociedades humanas a partir de la desaparición histórica de la comunidad primitiva. De acuerdo con ella, no hay sociedad ni momento en la historia en que no se manifieste el enfrentamiento enconado entre explotadores y explotados. Detrás de cualquier expresión del pensamiento social o político se encuentra refugiado siempre un interés de clase, así quien exponga la idea no se percate de ello. Todo pensamiento es social, el ser humano no es solamente gregario, sino que también expresa, inconscientemente muchas veces, su pertenencia a una clase. Ningún proyecto político que se olvide de eso puede ser perdurable. La táctica política, nuevamente, puede requerir que, en determinadas circunstancias y momentos, la clase trabajadora y excluida requiera aliarse temporalmente con otro u otros sectores o clases, lo que no puede confundirse con la creencia de que sus diferencias han desaparecido, que en adelante todas las decisiones podrán adoptarse por consenso, o que ese proyecto que se comienza en conjunto podrá permanecer invariable por término indefinido.

Siempre habrá que estar trabajando con la clase o clases más auténticamente revolucionarias para preparar los saltos de calidad verdaderos. Y para salirle al paso a los zarpazos que inevitablemente habrán de aparecer del lado de quienes persiguiendo sus propios intereses se unieron coyunturalmente a la causa de las trasformaciones. Pero además para hacer frente a las agresiones directas e indirectas, en todas las formas imaginables e inimaginables, provenientes de los sectores imperialistas y oligárquicos interesados en retrotraer los procesos y destruirlos. Esto último no es cualquier cosa, la capacidad criminal y el cinismo del gran capital y el latifundismo no conocen límite alguno. Eso requiere necesariamente de una vanguardia revolucionaria, de un partido o agrupación política con una caracterización clara en defensa de los trabajadores, decidido por encima de todas las cosas a construir un régimen socialista en las condiciones de hoy, capaz de obrar con suma habilidad en todas las circunstancias, guiado por el convencimiento de que existen intereses irreconciliables frente a los cuales ceder comienza a implicar rendición.

Chávez, El Mono y el socialismo del siglo XXI

Algo así se intenta, por distintos caminos, en varios países latinoamericanos. Por afinidades ideológicas, políticas e incluso afectivas estamos obligados a resaltar especialmente el caso de Venezuela, a partir de la llegada a la Presidencia del Comandante Hugo Chávez. Él acuñó el término del socialismo del siglo XXI, que al Mono, por las consideraciones expuestas arriba, nunca dejó de parecerle curioso. Si se trataba de mirar hacia adelante, a los retos económicos, políticos y de todo orden que aparecían ante el nuevo siglo, no cabía duda del acierto de la expresión. Pero si de lo que se trataba era de trazar una frontera absoluta entre la experiencia socialista de la humanidad en el siglo XX y una completamente nueva en el XXI, la cuestión daba para preocuparse.

Quien haya visto a Chávez en sus múltiples intervenciones públicas o conocido las caracterizaciones que de él muchas veces hicieron sus colaboradores más cercanos, y a la vez haya llegado a tratar en persona al Mono Jojoy, coincidirá sin duda en que muchos rasgos de ambas personalidades eran semejantes. Militares por formación y convicción, dinámicos, poseedores de un activismo irrefrenable, carismáticos como pocos, notoriamente teatrales en muchos de sus gestos, exigentes al máximo y sin pausa con sus subordinados, dueños de un excelente sentido del humor, intolerantes ante la menor de las injusticias o deshonestidades, audaces en el pensamiento y la palabra, extremadamente humanos y sensibles. Lástima grande que nunca hubieran llegado a encontrarse. Quizás qué gigantesco proyecto hubiesen concebido y echado a rodar para el asombro de todos.

En lo personal, creo que el Presidente Chávez nunca fue uno de los renegados del socialismo del siglo XX. Creo sí, que con el expreso propósito de no involucrarse en disputas que a su juicio no estaban al orden del día y podrían generar distanciamientos, evitó siempre referirse de modo directo o definitivo en torno a las experiencias socialistas de Europa del Este y la Unión Soviética. Sin embargo, nunca despreció la ocasión para destacar la importancia de los significativos aportes del leninismo al pensamiento revolucionario, así como de la obra del Presidente Mao Tse Tung, como lo conocimos en nuestra generación, cuyas frases acostumbraba invocar en refuerzo a algunos de sus planteamientos. Nadie con un mínimo de conocimientos en la materia puede negar las simpatías y afinidades de Presidente Mao con Stalin, que incluso lo condujeron a sus primeras manifestaciones expresas de desacuerdo con la URSS, iniciadas tras la llamada desestalinización ordenada por el XX Congreso del PCUS.

Por otra parte, el Comandante Eterno de la Revolución Bolivariana jamás se atrevió a expresar el mínimo desacuerdo con el modelo socialista de la revolución cubana, ni con el pensamiento y obra de su Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, pese a su conocimiento cierto de que los principios y prácticas implementados en Cuba tras el derrocamiento de Fulgencio Batista, y luego tras la declaratoria del carácter socialista de la revolución, aun tomando en cuenta su carácter específico y particular, se acomodaban en gran medida a los principios implementados por los bolcheviques en su país de origen, y a los lineamientos trazados por la Unión Soviética en aspectos económicos y sociales. En Cuba permanecen vigentes el gobierno democrático del Partido Comunista, la prohibición de partidos políticos que propendan por el capitalismo o la economía de mercado, la planificación económica rigurosamente centralizada y diversas características de corte socialista ortodoxo, hoy rabiosamente criticadas por muchos intelectuales de izquierda, aunque no se refieran directamente a la isla del Caribe.

El hecho de que la dirigencia revolucionaria cubana sea la primera en preocuparse por los retos económico sociales que impone la realidad contemporánea, y que trabaje en superarlos con la participación entusiasta de la inmensa mayoría de la población que apoya y defiende el carácter socialista de su revolución, no implica, como esperan ansiosa e inútilmente tanto el imperialismo norteamericano como la reacción en bloque del continente, que los cubanos contemplen en algún grado el desmonte de su proyecto socialista, o la implementación de una economía de mercado de algún tipo en su país. Eso lo comprendió desde el primer momento el Presidente Chávez, quien antes que intentar influir de algún modo en un cambio de dirección, se comprometió de entrada en el apoyo a la revolución cubana tal cual es, y a las decisiones que para superar los diversos problemas originados en el criminal bloqueo económico dispuesto desde Washington, adoptara la dirigencia comunista de la isla. Este es un hecho que tienden a desconocer o minimizar muchos abanderados a ultranza del llamado socialismo del siglo XXI, empecinados en remarcar que nada, absolutamente nada, de lo llevado a cabo por los revolucionarios del siglo XX, merece perdurar.

Chávez viajó varias veces a Rusia y otras de las repúblicas de la antigua Unión Soviética. Su amistad entrañable con Putin y el Presidente de Bielorrusia daba cuenta de su admiración por lo conquistado en aquellas naciones con el socialismo del siglo XX. De hecho alguna vez le escuchamos exaltar que en Rusia se presentaba un renacimiento de las ideas comunistas, que la juventud y los trabajadores estaban leyendo ansiosamente las obras de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Lenin, tal y como había podido constatarlo en persona. Ese tipo de manifestaciones emocionadas no habrían podido escucharse nunca en los labios de ciertos intelectuales de moda, que parecen más interesados que el propio enemigo de clase en cavar un abismo insuperable entre las experiencias pasadas y el presente. El Mono Jojoy comprendía con lucidez y perspicacia el sentido de las expresiones de Chávez, a quien siempre consideró un revolucionario ejemplar.

Las nuevas experiencias latinoamericanas y algunas verdades

Valoramos altamente el grandioso esfuerzo emprendido en la actualidad por distintos pueblos y gobiernos revolucionarios de América Latina. Sobre todo porque resulta visible en la mayoría de ellos un enfoque antineoliberal y anticapitalista, un propósito definido de recoger el pensamiento anti imperialista de Simón Bolívar, José Martí y el Che Guevara, requisito sin el cual cualquier intento de liberación de nuestros pueblos se halla condenado a la utopía. Mal haríamos nosotros en subirnos a un pedestal desde el cual calificar el rumbo adoptado por la dirigencia revolucionaria de cada uno de esos países hermanos. Antes bien, nos corresponde apoyarlos en todo cuanto esté a nuestro alcance, esperando de todo corazón que sus esfuerzos sean cada día más recompensados para bien de sus pueblos. Nos llama poderosamente la atención sí, la forma como algunos de sus teóricos y simpatizantes intentan posicionar en el ideario latinoamericano ciertas ideas, la cuales consideramos discutibles en cuanto verdades absolutas.

La lucha armada

La primera de ellas es el desprecio por el empleo de las armas para llegar al poder o sostenerse en él. Parece haberse entronizado como una fórmula inequívoca, que sólo por vías pacíficas y electorales deben los pueblos de nuestro continente, o de cualquier otro, aspirar al derrocamiento del poder del capital y a la construcción de una nueva sociedad. Si en la década de los sesenta o setenta del siglo pasado, hizo carrera la idea de la insurrección armada como camino exclusivo para acceder al poder, hasta el punto de haber originado una profunda escisión en el movimiento revolucionario y la izquierda, ahora parece que el camino opuesto, el de las vías democráticas y pacíficas, fuera el único al que se le reconoce realmente alguna oportunidad. Beatriz Stolowicz señaló acertadamente cómo tal dilema, que en realidad se correspondía a un debate táctico fundado en las condiciones políticas reinantes en cada país, fue elevado a la categoría de debate estratégico, dando lugar a una especie de carnicería dentro de la izquierda latinoamericana. Cabe preguntarse si ahora no está sucediendo algo idéntico pero con la llamada vía pacífica, a la que se absolutiza por las situaciones presentadas en varios lugares del continente, sin tener en cuenta que en otros la situación puede ser totalmente distinta. Aparte de otras cosas por considerar.

La acelerada transformación política de Venezuela, comenzó a modificarse, y eso lo exalta abiertamente la revolución bolivariana, con el llamado Caracazo de 1989, y luego con la rebelión armada encabezada por el Teniente Coronel Hugo Chávez. Ninguna de tales expresiones puede ser considerada vía pacífica. Como tampoco lo fueron los levantamientos indígenas y populares que derrocaron sucesivamente varios gobiernos en el Ecuador y Bolivia. Del mismo modo suele caracterizarse la situación política de América Latina como un todo, cuando se repite que el continente pasó de una etapa de dictaduras militares sangrientas a una era democrática desde los años ochenta. Pocos reparan en que en Colombia y en la misma Venezuela tal situación no se produjo realmente. En ambos países se vivió bajo regímenes democráticos, entre comillas, abiertamente corruptos y violentos, lo cual nos sirve para argumentar que las generalizaciones, por falta de análisis particular, suelen conducir a graves equívocos.

La vía armada y las FARC-EP

Por otra parte considero válido sostener que la vía armada ha sido caricaturizada de una manera que sólo puede servir a los intereses del poder. No sé si los demás movimientos guerrilleros latinoamericanos hubieran pecado por eso, pero creo que ni siquiera en Cuba los guerrilleros de la Sierra Maestra preveían que ellos solos derrotarían la dictadura, sin tener en cuenta la movilización y la lucha de masas del pueblo cubano. Quizás se haya presentado una deformación posterior que vio solamente el aspecto armado como determinante, y que esa haya sido la óptica con la que actuaron diversas guerrillas inspiradas por el ejemplo de los cubanos. No me consta. Pero en todo caso ese nunca fue el punto de vista de las FARC. Nosotros no nos alzamos en armas convencidos de que derrotaríamos al Ejército y nos haríamos el poder con base en nuestro exclusivo esfuerzo armado. Lo hicimos porque la secular violencia política, militar y criminal empleada por las clases dominantes en nuestro país, nos obligó a recurrir a las armas ante la ausencia real de garantías para la lucha electoral y democrática.

Fue eso lo que contempló nuestra primera declaración pública, conocida como Programa Agrario de los Guerrilleros, producida en julio de 1964: “Nosotros somos revolucionarios que luchamos por un cambio de régimen. Pero queríamos y luchábamos por ese cambio usando la vía menos dolorosa para nuestro pueblo: la vía pacífica, la vía democrática de masas. Esa vía nos fue cerrada violentamente con el pretexto fascista oficial de combatir supuestas “Repúblicas Independientes” y como somos revolucionarios que de una u otra manera jugaremos el papel histórico que nos corresponde, nos tocó buscar la otra vía: la vía revolucionaria armada para la lucha por el poder”. Y luego, en su penúltimo numeral, la misma declaración sostiene que la realización de este Programa dependerá de la alianza obrero-campesina y del Frente Unido de todos los colombianos en la lucha por el cambio de régimen, única garantía para la destrucción de la vieja estructura latifundista de Colombia”, lo cual quiere decir que la guerrilla revolucionaria requeriría para triunfar del apoyo masivo de la gran mayoría del pueblo colombiano en lucha.

En nuestro país, cada vez que el movimiento popular ha intentado organizarse de manera pacífica y democrática, ha sido violentado a extremos impensables. Ninguna de las dictaduras militares impuestas por el imperialismo y las oligarquías nacionales en América Latina y el Caribe, cuenta en su haber con tan alto número de crímenes en contra de sus pueblos, como el ostentado por la oligarquía colombiana, que se precia de encabezar la democracia más antigua del continente. Cuando las FARC-EP hablamos de solución o salida política al conflicto que se vive en nuestro país, estamos hablando de la institucionalización de un régimen político democrático, que en la realidad y no en las normas y los discursos, conceda las suficientes garantías y seguridades al movimiento popular y de masas para el ejercicio de la actividad política. Mientras eso no suceda, continuará persistiendo la legitimidad del alzamiento armado.

Algunos, imbuidos por las modas impuestas por el pensamiento neoliberal, exigen de nosotros nuestra desmovilización y entrega, para seguir librando nuestra lucha por las vías pacíficas y electorales, sin detenerse a pensar que de acuerdo con una viejísima tradición vigente en nuestro país, eso significaría precisamente nuestro suicidio físico y político. Lo que buscamos las FARC con procesos de diálogo como el que actualmente se realiza en La Habana, no es precisamente la forma más cómoda para reinsertarnos en el régimen de terror que impera en nuestro país, sino propiciar las condiciones de masas capaces de conducir a una transformación democrática real en Colombia, de tal modo que se permita no sólo nuestra actuación política legal sin el riesgo de ser asesinados o encarcelados, sino la organización, la movilización y la lucha democrática, con plenas garantías, de las grandes mayorías inconformes. En esas condiciones, pero solo en esas, coincidiríamos con quienes consideran innecesario el uso de las armas.

El Mono Jojoy, como precoz y avezado discípulo de Jacobo Arenas y Manuel Marulanda, entendió quizás mejor que muchos, que si las condiciones empujan a un pueblo a la lucha armada, éste debe tomarse realmente en serio esa alternativa, porque de lo contrario sólo va a lograr que lo aniquilen mediante el poderoso aparato del guerra del Estado y los gringos. Y a esa tarea dedicó su vida, hasta el punto de llegar a dirigir las más grandes victorias del movimiento guerrillero colombiano en su historia. Nunca creyó que lo que hacíamos en Colombia fuera la fórmula mágica a aplicar en el resto del continente. Por eso ni una sola vez se manifestó en contra de lo que sucedía en nuestro vecindario, sino que más bien admiró y se interesó por conocer al detalle cada uno de los acontecimientos que precipitaban esos cambios. Por eso aplaudió cuando Chávez expresó que si bien la revolución bolivariana era pacífica, era al mismo tiempo una revolución armada.

La importancia de las armas

Nadie puede desconocer que el control conseguido en Venezuela sobre el aparato militar del Estado, ha sido fundamental no solo para el sostenimiento del proceso, como se demostró con la reacción al golpe del 11 de abril de 2002, sino para garantizar la soberanía nacional y disuadir a sus enemigos de una agresión directa a bajo costo. Al igual que Bolívar, Chávez supo siempre que un ejército patriota invencible sería la garantía del triunfo en la lucha por la libertad. Y a ello dedicó gran parte de su estrategia política. Eso no lo hace propiamente una persona que condene el uso de las armas a favor del pueblo, como pretenden el imperialismo y la oligarquía que pensemos el conjunto de los pueblos latinoamericanos, idea a la que no sin candidez se suman muchos de los intelectuales que repiten el estribillo acerca del desuso contemporáneo de la lucha armada.

El socialismo en un solo país

También de estudiosos de las experiencias progresistas que se viven en nuestro continente, ha surgido el planteamiento de que resulta imposible conseguir el socialismo en un solo país. Eso nos devuelve un poco al olvido de las experiencias del socialismo real del siglo XX, dentro de las que se destaca la misma polémica librada por los seguidores de Trosky, primero en contra de Lenin y luego de Stalin. Las condiciones terminaron por darle la razón a estos últimos, sobre todo después de la derrota de la insurrección espartaquista en Alemania. Hasta donde conocemos, la revolución socialista en Rusia se mantuvo solitaria al menos hasta el triunfo comunista en China, como la revolución socialista de Cuba permaneció sola y aislada en nuestro continente, prácticamente hasta el siglo XXI, cuando se declaró la revolución bolivariana. Como en el cuento infantil en el que alguien tiene que gritar primero que el rey está desnudo para que los demás se decidan, los pueblos también imitan a los más atrevidos que toman la delantera.

Establecer de manera absoluta que nadie puede emprender solitario un camino, no resiste el veredicto de la historia. Argumentar que la Unión Soviética se cayó no prueba sino eso, pero en cambio llama a pensar que si se cuenta el siglo que separa 1917 de 2016, el socialismo soviético fue capaz de sostenerse durante las tres cuartas partes de él, habiendo sido apenas la primera experiencia emprendida por la humanidad en ese sentido. ¿Quién es capaz de predecir lo que sucederá en el futuro? Derrumbado el socialismo en Europa del Este, desmembrada la Unión Soviética, desmovilizada la mayoría del movimiento insurgente latinoamericano, no debe olvidarse que las FARC-EP nunca lo hicimos, lo que vaticinaba buena parte de la intelectualidad estupefacta era la próxima caída de la revolución cubana. Más de uno apostó al plazo en que sucedería. Los norteamericanos intensificaron el bloqueo económico y aumentaron los sabotajes y hostilidades en todos los sentidos. Todos se equivocaron, la heroica Cuba resistió, gloriosa e invencible.

La socialización de los medios productivos

Otros, muchos sería mejor decir, sostienen también que resulta imposible socializar los medios privados de producción. Que una medida de semejante hondura y magnitud sería un suicidio inmediato, condenar a muerte al proceso en ciernes y al movimiento popular y revolucionario. Juzgan más conveniente y realista establecer una convivencia indeterminada, de siglos incluso, con las compañías transnacionales, los empresarios capitalistas, los monopolios financieros y el todopoderoso latifundio, pensando también en la posibilidad de atraerse y ganar a algunos de ellos para el proceso de cambios. No voy a decir que sea imposible, o a expresar algún tipo de desdén hacia quienes ensayan procesos de liberación en esas condiciones. Puede ser que tengan razón, que así termine demostrándolo el tiempo, aunque también puede ser que terminen administrando los intereses del capital, en forma más honesta y eficaz que la vieja clase política corrupta, ganando su agradecimiento eterno por la oportuna neutralización de las luchas populares.

A manera de conclusión

Podría seguir enumerando afirmaciones absolutas en boga, pero el tiempo y la oportunidad no me lo permiten. Entiendo, como muchísima gente, más de la que pueden creer los intelectuales inmersos en las modas, que los tiempos requieren de múltiple creatividad, que ningún pueblo puede limitarse hoy a copiar experiencias pasadas o de otras geografías y condiciones, así resulten coincidentes en el tiempo, así resulten parecidas al primer golpe de vista. Hay que dudar de todo, reconoció Carlos Marx a sus hijas como su consigna favorita. Por eso pienso que no resulta aconsejable para la lucha de los pueblos, desdeñar las experiencias revolucionarias del siglo XX, que son tangibles, reales, posibles de analizar y estudiar a profundidad, para reemplazarlas por un conjunto de fórmulas cargadas de buenas intenciones, pero sin el menor sustento histórico que demuestre su viabilidad. Me niego a creer que lo práctico y recomendable sea abandonar el campo del socialismo científico, para regresar a los tiempos del socialismo utópico.

Para finalizar quisiera rememorar un gesto del Mono Jojoy. Siempre le divirtió sobremanera, el modo como los comunistas colombianos se autocriticaban en tiempos de la Perestroika. Digamos, en el año 1988, cuando se difundió mundialmente la obra que con ese título escribió Mijaíl Gorbachov para promocionar su programa de reformas al socialismo, que terminaron finalmente por derribarlo y destruirlo, toda la militancia del Partido Comunista abjuró del viejo socialismo burocrático y estancado que criticaba Gorbachov, para pasar a aplaudir eufórica los nuevos y atrevidos planteamientos del aparente líder comunista, asumidos como suyos por el PCUS. Pero es que antes de Gorbachov, los comunistas colombianos defendían a capa y espada cada una de las resoluciones de ese mismo Partido Comunista de la Unión Soviética. Para explicar su cambio de posición, decían que una de las grandes fallas que habían tenido en el pasado, era ese seguidismo absoluto a lo que proclamaba el PCUS. Había llegado la hora de cambiar. Por eso seguían ahora fielmente a Gorbachov y al PCUS en sus críticas y reformas. No cabe duda que siempre será peligroso sumarse a las modas intelectuales y políticas, sobre todo a aquellas que también defienden abiertamente los voceros del neoliberalismo.

Montañas de Colombia, septiembre de 2014.


REFERENCIAS:

KEERAN ROGER, THOMAS KENNY. Socialismo traicionado, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2013.

LUZZANI TELMA, Territorios Vigilados, 1a. edición, Buenos Aires; Debate 2012.

STOLOWICZ BEATRIZ, El debate actual: posliberalismo o anticapitalismo. En: Crisis capitalista, economía, política y movimiento. Espacio Crítico Ediciones. Primera edición para Colombia, 2009.


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