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Miércoles, 14 Octubre 2015 00:00

Estamos con Palestina

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La causa de Palestina consigue conmover los cimientos del alma humana porque refleja el más elemental de los anhelos de justicia.

No se requiere apelar a construcciones teóricas ni a tesis económicas o sociales para comprender la inamovible razón que la acompaña e inspira.

Es el pequeño y débil David que enfrenta al poderoso y soberbio Goliat, el niño que con un guijarro en la mano se pone de pie frente a un tanque de guerra.

Es el llanto dolorido de una mujer que recibe el cadáver acribillado de su hijo. Es el gemido del padre que encuentra su casa derribada con los cuerpos de sus hijos dentro.

No caben argumentos rebuscados en la historia o la leyenda a fin de contradecirla. Ningún pueblo tiene derecho a fundar su violencia en hechos perdidos en la niebla de los tiempos.

Si a alguien se le ocurriera sostener que Nueva York, Buenos Aires o Río de Janeiro debieran ser evacuadas y repobladas por tribus americanas ancestrales lo tratarían de loco.

Más de cinco siglos son suficientes para entenderlo, le dirían. Por eso suenan a absurdas las alegaciones fundados en derechos que dicen remontarse dos mil años atrás.

La causa de la justicia siempre ha hallado grandes dificultades cuando se trata de enfrentar al dinero y al poder que deriva de él. Estos la perturban e infaman.

La verdad suele ser aplastada por el ruido de los aviones de guerra y las bombas. La lógica de la mentira marcha al compás de la suela de las botas de los ejércitos.

El juego de los intereses obliga a mirar a un lado para desentenderse de la iniquidad expuesta ante los ojos. Ninguna suma o recompensa puede contar más que la sonrisa de una niña.

Palestina sufre y llora solitaria ante una humanidad que parece haber perdido el decoro. La indiferencia frente al dolor y el sufrimiento ajenos es la semilla de la ruindad.

Publicado en Estado Mayor Central

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