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Viernes, 17 Abril 2015 00:00

Sencillos recuerdos del comandante Manuel

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Marcha-manuel-marulanda-velez.jpg

Integrante de la subcomisión técnica de las FARC-EP.

Era un día cualquiera de enero 2005, sobre la parte alta del rio Guayabero, a la altura de un sitio conocido por nosotros como Repartos, a unos 2 mil metros sobre el nivel del mar. Allí las playas son tan hermosas que parecen como salidas de un cuento mágico. Un lugar donde es difícil resistir la tentación de salir a pasear sólo para deleitarse, mirando la naturaleza, tomando el aire fresco, escuchando las aves del monte, el vaivén de los árboles y sus ramas que se mueven con la brisa suave..., abriendo claros por donde se filtra el sol para hacer sentir la fuerza de sus rayos; porque en las orillas arenosas de aquella corriente de agua abundante, pura y fresca, el sol es ardiente.

Todo estaba en calma, mucha calma; una quietud del ambiente, apenas mecida por la brisa tenue del momento. Al camarada Manuel, le parecía esta situación un poco extraña, pues, era algo inusual que no se escuchara ruido de aviones por ninguna parte. Durante dos días, la pereza del tiempo parecía haberse apoderado de cada rincón de la montaña y de su cielo.

Marulanda, a pesar de su serenidad característica, dejaba ver un poco la inquietud que lo acompañaba. Esa mañana, a la hora del parte militar había dicho sin titubeos: “Hoy es un día muy sospechoso, no me convence esta quietud… es extraña. Estén listos para partir”. Dos horas después, 3 aviones K-fir y 12 helicópteros pasaron por encima de donde habíamos estado acampados, para ir a descargar sus bombas en un lugar próximo, en el campamento del camarada Jorge Briceño.

Marulanda parecia tener el don de los presagios; pero no, eran su experiencia y su intuición legendaria las que hablaban desde el fondo de su conciencia para advertirnos con certeza y convencimiento.

Ya estando en otro terreno, hacia la parte alta de los ríos Yamú y Perdido, sobre una trocha que conduce a la región del Pato, un día cualquiera irrumpió en el patio de formación el Comandante y sin mediar explicaciones llamó de urgencia a todos los mandos. Con pocas, pero precisas palabras dijo: “El tiempo de estar en esta región está más que suficiente, no podemos seguir aquí”; para complementar, “en esa área los últimos días han estado como mandados hacer para que entre la aviación. Tenemos que salir ya”. A los cuarenta minutos de estar alistando para la marcha aparecieron en el firmamento 4 aviones Súper Tucano, 4 K-fir y el que nosotros le decimos “La Marrana”. Las bombas no se hicieron esperar seguidas de ametrallamientos; en ocho puntos en direcciones diferentes, se sentían las explosiones y los rafagazos, menos en el lugar de nuestro campamento. Mientras miraba con atención el panorama y en medio de los estruendos cercanos, no dejaba de impartir orientaciones: “Lo más importante ahora, es salirnos del área de los bombardeos”, dijo, al tiempo que indicaba la ruta con su mirada profunda.

Ese día caminamos 10 kilómetros sin parar, hasta que él consideró que había que descansa y evaluar la situación; así fue que llegamos a un lugar donde el silencio volvió a ser el compañero de nuestro reposo; pero al día siguiente muy temprano, nuevamente el Comandante Manuel ordenó reiniciar la marcha.

Marcha-en-marcha.jpgYa habíamos caminado 30 kilómetros; una jornada bastante extenuante para cualquiera; entonces, cuando vimos que no había intención alguna de parar, algunos nos atrevimos a preguntarle por qué caminábamos tanto. “No podemos dejar trillo de campamentos en estos recorridos, es mejor seguir de largo”, contestó.  A  las 17:00 horas llegamos al sitio que creíamos él había definido para descansar, y los mandos le dijeron: “Camarada, mientras usted descansa nosotros buscamos donde amanecer”, a lo que él respondió: “No señor, ni más faltaba. Espérenme y vamos a buscar sitio de dormida juntos”.

Por otra época, en el año 95, en un lugar que habíamos bautizado Campamento de los Venados, en los extensos Llanos del Yarí,  había un campamento muy hermoso por la exuberancia de su paisaje, vegetación, preciosa y abundante fauna, cantos de pájaros de todo tipo y las historias misteriosas de los indígenas legendarios que reinan en las profundidades de las cataratas de El capitán. Su lengua indescifrable esconde los mitos antiguos del Alto Vaupés. Sin duda, aquellos parajes son los paraísos terrenales de nuestra Colombia olvidada y marginada. Pero bien, en ese remoto y  bello lugar del universo iba a comenzar un curso político-militar con varios mandos del Bloque Oriental, aprovechando que el camarada Iván Vargas había llegado de recibir instrucción de fuerzas especiales. La idea  era poner esa experiencia que traía, al servicio de un nuevo grupo de mandos.

Mientras ocurrían los ajetreos del día, preparando una cosa y otra para adecuar el sitio, una babilla o cachirre, pequeño caimán de agua dulce, apareció de repente y se comió una de las gallinas que el camarada Manuel cargaba para que pusiera huevos. A todos nos cogió por sorpresa, el ave terminó por completo en las fauces del reptil. Un poco con pena y con molestia, los que estábamos presentes dijimos en coro:  ¡Matémosla, matémosla, que se comió la gallina del camarada! Como él estaba cerca, alcanzó a escuchar la algarabía y la carrera para ir detrás de la babilla; de inmediato y con voz fuerte dijo: “No señor, nosotros somos los que tenemos la culpa por invadirle su territorio, cojan todas esas gallinas y háganles corral, pero el animalito lo dejan quieto!”. Hasta ahí llegó la cacería.

En otra ocasión, en el 2007, un 13 de mayo de sol opaco, de ambiente húmedo y medio frío, las riveras del río Papamene amanecieron arropadas por una nube ligera pero extensa, que parecía adormitada sobre el follaje, como con ganas de caer sobre los árboles. Estábamos en tiempos de lluvia, algo que no deja de ser favorable para los guerrilleros. Era un día especial, ya que era el cumpleaños del camarada Manuel, aunque él poca atención le prestaba a esos detalles; pues siempre decía que si se le festejaba a uno había que festejarles a todos, y entonces tendríamos que estarnos la vida entera de festejo en festejo. Sin embargo, los muchachos no dejaban de hacerle pequeñas y muy modestas celebraciones.

Ese día, como de costumbre, nos reunió para darnos orientaciones a la hora del parte cotidiano, y aunque hubo una brevísima celebración, él se centró en hablarnos sobre la situación política del país, y luego habló sobre los nuevos acontecimientos del Plan Patriota, de sus descomunales dimensiones, de la saña con que se desplegaba, que era como si el gobierno colombiano estuviera combatiendo contra una nación enemiga; los aviones superaban todos los días el ruido del río, bajando carga a la Macarena; 120 toneladas diarias con avituallamientos para la Sierra que luego se distribuían rápidamente a las patrullas que estaban insertadas a lo largo y ancho de los cinco municipios que antiguamente habían servido para dialogar por la paz del país. El camarada, al finalizar su charla, dijo a media voz algo que nos llenó de nostalgia: “Ya llegó mi etapa final”, aseguró serenamente, agregando que  ninguna persona de su entorno familiar había superado la edad de los 80 años, y que él ya estaba completando ese tiempo; “entonces no puedo ser la excepción”, precisó. Pidió que nos preparáramos para el acontecimiento de su partida.

Todos quedamos más que tristes, preocupados, o mejor,  lo uno y lo otro al mismo tiempo... pero él, con su paciencia, firmeza y ternura de siempre, nos fue metiendo de nuevo en las actividades cotidianas, en las exploraciones, el transporte de alimentos, avanzadas...; encaletábamos economía, víveres, todo tipo de provisiones para tener de reserva, porque probablemente el enemigo no nos daba mucha tregua y había que continuar la resistencia. Eso nos había enseñado durante toda su vida y ese es el ejemplo que nos acompaña ahora, porque sin percatarnos, poco a poco, él había también guardado muchas cosas buenas en nuestras mentes...

Marzo 26 de 2015.


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Edison Romaña

Columnista del Viernes
Integrante de la Delegación de Paz de las FARC-EP

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