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Domingo, 20 Enero 2002 02:17

Soberanía, Democracia y Terrorismo

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«De cómo la negación de las dos primeras deviene en la tercera.»

Por Gabriel Ángel

Tradicionalmente la palabra soberanía hace relación a la autoridad suprema, es decir a la capacidad para imponer decisiones sin sujetarse a la voluntad de ningún otro poder. Es un término político, referido fundamentalmente al poder del Estado. Así, un Estado es soberano cuando dentro de sus fronteras y en relación con el pueblo que lo compone, adopta libremente sus propias decisiones. Durante la guerra de independencia librada por los patriotas americanos contra España, los pueblos liderados por Simón Bolívar reclamaban el derecho a constituirse como Estados independientes de La Corona y a determinar su futuro por sí mismos. Es decir que luchaban por su soberanía. De igual manera lucharon por su soberanía los pueblos africanos y asiáticos que libraron largas guerras de independencia contra las potencias colonialistas europeas. Es conocido por todos que a lo largo de la historia diferentes naciones y países han librado guerras encarnizadas por defender su soberanía ante el intento de otros por arrebatársela. En este sentido consideramos válida la asimilación de las nociones de soberanía e independencia.

Si escarbamos un poco más, encontramos que el concepto de soberanía también suele referirse a la fuente de la que emana ese poder del Estado. Antes del alzamiento de los pueblos contra la noción de que el rey era el soberano, solía sostenerse por filósofos y maestros, que la soberanía del monarca provenía de Dios, de la voluntad divina. Se hablaba del derecho divino de los reyes, ellos mandaban porque el Ser Supremo los había escogido. Luego, durante esa lucha que coincidió con las revoluciones burguesas por imponer el capitalismo sobre el decrépito régimen feudal, los filósofos, economistas e intelectuales europeos y norteamericanos agrupados en el llamado pensamiento liberal, sostuvieron que la soberanía residía en el pueblo. Esto es, que solamente tenían carácter legítimo, los gobiernos que encarnaran la voluntad popular, la que llamara Juan Jacobo Rousseau, la voluntad general. En este segundo sentido nos resulta posible identificar el término soberanía hasta casi confundirlo con el de democracia.

Pero no fueron los pueblos quienes se hicieron al poder tras la derrota del feudalismo y la monarquía. Fue la nueva clase de los burgueses capitalistas, quienes supieron valerse de la lucha de los desarrapados, para su exclusivo beneficio. Sus pensadores liberales le encontraron el sesgo a la tesis de la soberanía popular. Según ellos, el pueblo podía delegar su poder soberano en unos representantes. Más todavía, el pueblo podía ceder su soberanía al Estado, a los poderes públicos, en cuyo caso, estos poderes públicos no serían otra cosa que la emanación de la soberanía popular. Mediante esta cesión realizada por el pueblo al aprobar una Constitución, la noción de soberanía se desplazaba de la voluntad popular a las instituciones y gobernantes elegidos. Una manera muy astuta de transmutar la voluntad general en la voluntad de los gobernantes. La burguesía capitalista en el poder, halló de este modo la fórmula para deshacerse del incómodo pueblo, inventando la teoría de la democracia representativa. Además de que el traslado de la soberanía al Estado le resultaba útil para cuando tuviera necesidad de invocar el fascismo en defensa de sus intereses.

Por su parte, la noción de democracia suele desde la antigüedad asociarse con el ejercicio del gobierno por el pueblo, lo cual no puede significar nada distinto a que sea el pueblo quien decida los asuntos relacionados con la colectividad política que integra. Es famosa la definición de ella que nos legó Abraham Lincoln: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. De ella resulta obligado concluir que la democracia sólo tiene una forma de ejercicio, directa, sin intermediarios, delegaciones o representaciones. Un régimen sólo será democrático cuando el pueblo del Estado sea el protagonista real de sus actos de gobierno. Cuando es él quien elabora y reforma su Constitución Política, quien hace las leyes y realmente escoge y designa los funcionarios públicos, quien discute y aprueba los planes de gobierno, quien permanentemente y sin barreras controla la actuación de éstos, quien revoca sus mandatos cuando lo considera justo. Cuando es el pueblo quien administra justicia y a quien todos los funcionarios, en todos los niveles, deben presentar cuentas de su gestión. Obviamente que esto implica un aparato institucional concreto.

El tipo y el carácter de las instituciones políticas dependen directamente de la clase social o clases sociales que se hagan al poder del Estado. No existe un tipo de régimen político que pueda ser empleado indistintamente por una u otra clase. La burguesía capitalista con su teoría liberal, concibió el régimen de democracia representativa, diseñado a la manera exacta para asegurar que sólo ella pudiera llegar al poder. Las experiencias históricas de sociedades socialistas nacidas de revoluciones populares, hicieron sus propios ensayos de democracia directa, con el doble propósito de asegurar el poder únicamente para el pueblo y excluir de su ejercicio a las burguesías y aristocracias derrotadas. La democracia burguesa es puramente formal, de apariencias. La participación del pueblo se reduce a elegir entre los candidatos de los dos partidos mayoritarios, previamente escogidos entre sus elitistas círculos dirigentes, los cuales no tienen planteamientos de fondo distintos. Partidos políticos que ataquen el capitalismo o propendan por una democracia no representativa sino directa, no tienen ninguna opción de poder dentro de los cánones institucionales burgueses. Si excepcionalmente llegaran a tenerla, la burguesía se quitará su careta democrática y empleará toda la fuerza del Estado para impedirlo. El fascismo siempre hace parte de sus reservas.

Hay que tomar en cuenta algo que nos enseña la realidad histórica. Decir pueblo no significa toda la gente que habita un país. Esa palabra siempre ha ido acompañada de una connotación política, de clase. Hablar del pueblo expresa el sector de la sociedad privado de fortuna, la inmensa mayoría que carece de bienes de capital. Pueblo han sido siempre los trabajadores, los explotados, los humillados, esa inmensa masa humana que crea la riqueza con la que se quedan otros. En toda la literatura política, pueblo se ha  opuesto siempre a minorías privilegiadas. Es por eso mismo que la democracia no puede ser entendida como el gobierno de todos, el reino del consenso y la conciliación permanente. Los habitantes de un Estado se dividen en pueblo y ricos, en desposeídos y propietarios, en oprimidos y opresores. La presunta igualdad de todos los hombres que predica la filosofía burguesa es una farsa, una mentira para engañar, para hacer sentir importantes en el papel a quienes se desprecia en la práctica de los hechos. Hay una democracia burguesa, para ellos, los detentadores de la riqueza y la explotación, la democracia representativa. Pero también hay una verdadera democracia, la directa, la popular, la que ejercen los pueblos explotados cuando retoman y hacen valer su soberanía dentro de las fronteras nacionales. Los Estados democrático burgueses nunca han vacilado para recurrir a la práctica del terror a fin de impedir que los pueblos accedan a la verdadera democracia.

Hoy en día los pensadores y publicistas al servicio del gran capital transnacional consideran que hablar de soberanía es retroceder a épocas de barbarie superadas hace siglos por la humanidad. En su opinión, bastante difundida por los medios de comunicación y dentro de la academia, el concepto de soberanía está mandado a recoger. A su juicio, la globalización neoliberal, que describen como la mundialización de la economía, la política y la cultura, el imperio del libre mercado, ha hecho trizas y borrado en la práctica las líneas fronterizas entre los Estados. Todos los pueblos del mundo están llamados según su concepto a aceptar la realidad forzosa de un poder planetario, a pensarse como género humano regido por los planes de ajuste, las normas de comercio, las leyes universales y las autoridades globales.  El Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, el Derecho Internacional Público, Penal y Humanitario, las Naciones Unidas, la OTAN, el Ejército de los Estados Unidos, están llamados según los teóricos de la moderna burguesía imperialista neoliberal, a suplir los caducos Estados nacionales con su provincianismo arcaico y populachero. En el entretanto, añaden, resulta de obligatoria aceptación el riguroso orden jerárquico impuesto por los poderes internacionales. Ellos garantizarán en cada país la permanencia de la democracia representativa burguesa, para que sus pueblos puedan periódicamente elegir los gobiernos que sigan al pie de la letra los mandatos imperiales.

Frente a esta negación total de la personalidad y los derechos de los pueblos del mundo, que son miles de millones de seres humanos víctimas del salvajismo capitalista, retoma todo su valor y contenido la lucha por la soberanía de las naciones, que envuelve los conceptos de independencia y democracia. El pueblo de cada país está en su pleno derecho de hacerse al poder y determinar sin injerencias foráneas el mejor camino hacia su desarrollo independiente. La fraternidad y la solidaridad entre los pueblos que luchan contra el imperialismo, el internacionalismo, ha de levantarse como bandera alternativa al dominio del gran capital transnacional en el mundo de hoy. No se trata de librar luchas insulares, se trata de conformar un movimiento internacional contra la negación de la independencia y la democracia de los pueblos. La globalización de la lucha contra el capitalismo,  comienza por la lucha de los oprimidos al interior de cada país. Resulta paradójico que los poderes transnacionales, que no vacilan en emplear el terror y orientar su práctica a las clases dominantes para impedir que los pueblos las desplacen de sus posiciones de privilegio, se hayan inventado una guerra contra el terrorismo. Queda claro que ella no significa nada distinto que la violencia a gran escala contra los anhelos de independencia y democracia de los pueblos.¨

Selvas de Colombia, 20 de enero de 2002.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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