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Martes, 04 Septiembre 2001 02:04

La tranquila vía de la neutralidad

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«O de cómo se aprende a convivir con los genocidas a cambio de la comodidad  personal.»

Por Gabriel Ángel

Hay argumentos que pese a su falsedad son esgrimidos tan frecuentemente que parecen invulnerables, frases de cajón que se repiten cien veces y pasan a ser consideradas como irrefutables. Infundios que tienen la virtud de ahorrar el análisis, de economizar pensamientos, de suministrar un atajo lógico a salvo de complicaciones. Crearlos y echarlos a rodar por el mundo son tareas de los asesores de imagen de los gobiernos de turno, de los servicios de inteligencia de la fuerza pública, de los oportunistas y de los grandes medios de comunicación. Cada vez que logran hacer parir un engendro de estos, se frotan las manos con regocijo. Saben que cientos, miles y quizás millones de personas lo tomarán para sí y contribuirán a reforzarlo.

 El proceso de paz en el Caguán ha sido víctima de esa estrategia desinformadora desde el mismo día en que se le dio inicio. Quizás solamente las FARC-EP logren superarlo en cuanto al número de calumnias inventadas recientemente en su contra. Para los efectos prácticos es lo mismo. Idear infamias contra las FARC es dirigir cañonazos frontales contra el proceso de paz. Y valga la pena decir ahora una verdad de esas que lacera el orgullo de los fabricantes de la perversidad mediática. Al estar en contra del proceso de paz del Caguán, al situarse del otro lado de las FARC, consciente o inconscientemente, se está con el Plan Colombia y la salida de tierra arrasada. Se es enemigo de la paz.

Ya. Sabemos que afirmarlo nos echa encima la rabiosa jauría de los falsos pacifistas. De los neutrales de palabra, de los lobos vestidos de oveja, de los que están dispuestos a darlo todo por la solución política al conflicto, salvo cohonestar con las FARC. De todas esas señoras y señores que trabajan incansablemente por la paz, viajando en avión a todas las capitales del mundo con gastos cubiertos por completo. Nos llamarán sectarios,  dementes que todo lo ven en blanco y negro, fanáticos incapaces de admitir que pueden haber terceras posiciones. Los argumentos a que hacíamos referencia al comienzo. Pero podemos probarlo. De hecho lo hacemos diariamente, aunque los medios no lo publiquen jamás.

Que ¿qué cosa hemos hecho las FARC por el pueblo en estos 37 años de lucha armada?, nos preguntan algunas voces con cierta suficiencia. ¿Es destruyendo poblaciones, dejando en la miseria y el abandono a familias enteras, como defienden el pueblo ustedes?, inquieren con aire triunfalista y tono cínico desde el Presidente de la República hasta humildes y despistados ciudadanos. Interrogantes como esos no esperan en realidad respuesta alguna. Se formulan con el objetivo para el que fueron creados. Obviar el debate, soslayar el examen de las realidades, insuflar la autosuficiencia de quien los emite. Son grageas que reemplazan el esfuerzo del cerebro. Que queriendo decir mucho, no dicen absolutamente nada.

La primera pregunta nos separa de entrada del pueblo. Como si no fuéramos precisamente el pueblo en armas, la respuesta armada del pueblo colombiano contra el crimen recurrente que ha sido práctica cotidiana de la oligarquía bipartidista durante más de un siglo. Desconoce el hecho de que la lucha de las  FARC se inició con 48 campesinos mal armados y dispuestos a tomarse el cielo por asalto, enfrentados a una operación militar gigantesca, Marquetalia, y que lograron salir triunfantes de esa y de cientos de operaciones más, Casa Verde entre otras, abonando con la sangre de sus muertos y heridos la dignidad imbatible del pueblo colombiano que las ha apoyado y hecho crecer hasta lo que somos hoy. Sin el arraigo de las FARC con el pueblo, eso no hubiera sido posible.

Aquí nadie gana un centavo y en cambio está dispuesto a darlo todo por un futuro mejor para su pueblo. Los cadáveres de guerrilleros que exhiben entusiastas los generales en la televisión, son la mejor prueba de ello y el más irrebatible mentís para los que inventaron la falacia de que a la guerrilla se llega en busca de la forma de vida más fácil y placentera. Por una nueva Colombia, mujeres y hombres de todas las edades están entregando su vida en las selvas, montañas y ciudades de este país, sin más recompensa que la alegría de servir a la más justa de las causas. Y sin desmoralizarse jamás por las campañas de propaganda negra que los medios de comunicación transmiten contra ellos, con el afán de difamar de su lucha y sacrificio.

La segunda pregunta contiene veneno contra el mismo pueblo. Porque oculta de manera infame la persecución implacable que en campos, ciudades y poblados ejecuta diariamente el régimen oligárquico que impera en Colombia. Porque pretende tapar con el dedo de una falla, el sol de las masacres, desplazamientos forzados, crímenes, detenciones arbitrarias, torturas, depredaciones e injusticias que las fuerzas militares y  paramilitares del Estado practican desde siempre contra las organizaciones populares, sus dirigentes y su base social. No son las acciones guerrilleras las que han costado la vida a centenares de miles de compatriotas en los últimos cincuenta años, las que han desterrado fuera del país a más de un millón de colombianos, las que han dejado sin bienes ni esperanzas a los millones de desplazados hacinados en los cordones de miseria de las grandes ciudades.

No son las acciones de la insurgencia las que tienen a la mitad de la población colombiana viviendo bajo la línea de pobreza, las que han producido los millones de desempleados que le permiten al ministro Santos sacar a relucir su reforma laboral para aniquilar los escasos derechos de los trabajadores, las que han privado de la educación, la salud y la vivienda al incalculable contingente humano que se desespera en la más absoluta miseria. Son las decisiones del Estado al servicio de los monopolios financieros nacionales y transnacionales, las que han dilapidado las riquezas naturales pertenecientes a todos los nacidos en esta tierra, bañada en la sangre de quienes se opusieron a ellas. Son las fuerzas regulares  y sus grupos de asesinos a sueldo, quienes se han encargado de aplastar a sangre y fuego la inconformidad y la protesta legítimas del pueblo colombiano. Es el Estado el primer y principal terrorista que habita esta nación.

Estamos completamente de acuerdo en que la insurgencia debe afinar mucho mejor la puntería, para que los cilindros de gas y los explosivos hagan blanco preciso en los cuarteles policiales, bases militares y paramilitares en donde anidan los asesinos del pueblo. Para que no haya víctimas inocentes. El pueblo colombiano debiera exigir que esas instalaciones sean ubicadas fuera de las poblaciones, para que de una vez por todas dejen de utilizarlas como escudo. Y la comunidad internacional debiera incidir también en ello. De ahí a afirmar de manera irresponsable y malintencionada, que las FARC hemos hecho del pueblo de este país nuestro objetivo de guerra, hay una distancia abismal. Quien siempre ha hecho del pueblo su objetivo económico y militar, es precisamente el Estado al servicio de las clases dominantes ligadas al gran capital internacional.

Un profesor de economía de la Universidad Nacional me reclamaba en Los Pozos en estos días, porque los llamados actores, según su jerga posmodernista, polarizamos la sociedad hasta el punto de considerar que quien no está con uno de los bandos está con el otro. Decía no estar de acuerdo con ninguno de los dos. Sin embargo su ponencia en la audiencia pública especial sobre Distribución del Ingreso y Desarrollo Social, consistió en una defensa impecable de las políticas neoliberales del régimen. La ruina de la industria y la agricultura nacionales, así como el horror y la muerte desplegados durante los diez últimos años para aplicar esas políticas impunemente, no parecían interesarle. Así son los presuntos neutrales de ultraderecha.

Por su parte, escuchamos ampliamente repetidas por la radio, las declaraciones de un candidato presidencial que en trance de vocero de las AUC, se dedicaba a ponderar la declaración de las mismas, según la cual respetarían el próximo debate electoral. El candidato olvidaba, por obra de su imparcialidad en el conflicto, que los grupos paramilitares que él elogia, exterminaron a la Unión Patriótica y lo más granado del Partido Comunista y el movimiento democrático verdaderamente consecuente de este país. Así son los presuntos neutrales de izquierda. Unos y otros tienen una cosa en común. Decidieron convivir como amigos con los genocidas, a cambio de su tranquilidad personal. Es claro a quien sirven ese tipo de posiciones. Aunque se enojen cuando se los recuerda.¨

4 de septiembre de 2001.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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