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Viernes, 27 Julio 2001 19:18

Los crímenes de lesa humanidad del Imperio

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«Y su absurda comparación con la acción de los guerrilleros colombianos que enfrentan el terrorismo de Estado.»

Por Gabriel Ángel

Los mágicos pases de los grandes medios de comunicación de masas al servicio del gran capital financiero transnacional y nacional, producen en la memoria de los pueblos un efecto semejante a la degeneración progresiva que sobre la mente de los seres humanos causa el moderno mal de Alzheimer. Hacen olvidar los hechos. Particularmente aquellos que ilustran de manera ejemplar las atrocidades que los Estados imperiales realizan en el tercer mundo con el fin de defender sus intereses económicos. Pero no se quedan solamente allí, sino que apuntan a fijar en el recuerdo colectivo, las imágenes engrandecidas y manipuladas por obra de sus artificios, de las conductas que a su juicio resultan repudiables, cuando quiera que son obra de quienes los enfrentan decididamente.

 Una cantidad abrumadora de ejemplos certifica la veracidad del anterior aserto. La decisión adoptada en los primeros años sesenta por el presidente indonés Sukarno, de fundar la empresa estatal petrolera PERTAMINA, que chocaba de frente con los intereses de la Royal Ducht-Shell, desencadenó el sangriento golpe militar de Suharno con el pretexto de combatir la penetración comunista en su país. En 1.965 fueron asesinados setecientos mil indoneses y doscientos mil más fueron llevados a prisión. Un verdadero horror registrado casi como una anécdota curiosa en las páginas de la historia de ese país del sudeste asiático. Las potencias occidentales contemplaron de manera impasible el aterrador genocidio. En el lenguaje jurídico internacional a eso se llama crímenes atroces, de lesa majestad. Pocos hablan del vergonzoso asunto.

Cuatro millones de vietnamitas perecieron como consecuencia de la ocupación y  los  bombardeos del Ejército de los Estados Unidos sobre esa nación durante los años que duró la intervención gringa. Robert Mc Námara, entonces Secretario de Estado norteamericano y luego respetable presidente del Banco Mundial, declararía compungido, no hace mucho tiempo, que esa guerra había sido un gran error cometido por el gobierno estadounidense. Pese a ello, y hasta el acuerdo con Bill Clinton, la pequeña nación vietnamita fue víctima de 25 años de bloqueo económico total por los Estados Unidos, determinando directamente el atraso, el hambre, la enfermedad y la angustia de millones de hombres y mujeres. Entiendo que eso se llama crimen atroz, de lesa majestad.

Sucesivos gobiernos de los Estados Unidos de América promovieron, ejecutaron y sostuvieron las salvajes dictaduras que desangraron a Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Tal vez el Tío Sam no marcó en la cacha de su pistola el número de sus víctimas, como solía hacerlo con orgullo su antecesor Billy the Kid. No le hubieran cabido las más de trescientas mil muescas correspondientes a cada uno de los asesinados brutalmente por sus ahijados, en defensa de las ganancias de los inversionistas americanos. Sin hablar de los desaparecidos, torturados y encarcelados en las mazmorras de los regímenes unipersonales. A cosas así son las que entendemos todos los hombres de buena fe como crímenes de lesa humanidad.

En Panamá, los marines americanos que cayeron sobre su capital, asesinaron a más de tres mil personas en los pocos días que duró su presencia en la ciudad a fines de 1.989. Los muertos eran civiles, habitantes de la ciudad, sorprendidos repentinamente por la presencia aerotransportada de los rambos de carne y hueso. Y ¿a cuanto ascendieron el número de chilenos brutalmente aniquilados por la dictadura de Augusto Pinochet, llevado al golpe de Estado contra Salvador Allende de la mano de las grandes multinacionales de las comunicaciones y los minerales, asesorado permanentemente por la Central de Inteligencia Americana? Para la verdadera historia universal de la infamia quedará la frase de Henry Kissinguer, por entonces Asesor del Consejo de Seguridad Nacional, cuando en 1.970 afirmaba  ante la inminente victoria de Allende en las elecciones presidenciales: “No encuentro razones para observar con indiferencia cómo un país marcha hacia el comunismo debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Esos son los verdaderos crímenes atroces, de lesa majestad.

La cuantiosa dimensión de los capitales involucrados en los contratos mineros con compañías estadounidenses y europeas, condujo a los Estados Unidos a apoyar la invasión del área minera en el este del Congo por tropas de Ruanda y Uganda en 1.998. Los americanos han equipado con armamento y medios de comunicación y de transporte de alta tecnología a los invasores, les han prestado entrenamiento militar, han enviado grupos mercenarios americanos, ingleses y sudafricanos en su apoyo, y generaron un conflicto regional en el que resultaron involucrados Angola, Namibia y Zimbabwe, países que también ganaron su independencia tras cruentas luchas contra los colonialistas europeos. El “enorme mercado de 700 millones de personas, insuficientemente explotado”, que significa África para los Estados Unidos, en palabras de la Secretaria Adjunta para los Asuntos Africanos, Susan Rice, justifica sobradamente la pérdida de la vida de cientos de miles de africanos en el Congo, así como los millones de refugiados. Eso, entiendo, es un crimen de lesa humanidad, un delito atroz.

La guerra sucia y la acción de los grupos paramilitares en Colombia, apoyados abiertamente por las fuerzas  militares, han producido la cifra de treinta mil muertos sólo en los últimos diez años. Y eleva a dos millones el número de campesinos desplazados violentamente de sus tierras. La alta cúpula militar colombiana fue instruida reiteradamente en la Escuela de las Américas, en los degradantes métodos de represión predicados por la Doctrina de Seguridad Nacional elaborada en el Pentágono. La Unión Patriótica, un experimento de renovación política intentado en Colombia a finales de los años ochenta, fue exterminada a sangre y fuego y sacada del escenario político, en aplicación fiel de las enseñanzas de los estrategas americanos. Cinco mil de sus dirigentes murieron a manos de sicarios oficiales en el término de seis años. Esos son crímenes de lesa humanidad, delitos atroces por los que deben responder sus autores.

La guerra insurgente librada en Colombia por las guerrillas como consecuencia directa de más de cuarenta años de terrorismo estatal, es el recurso más legítimo y justiciero al que ha podido apelar el pueblo colombiano, para hacer frente a los voraces intereses de una oligarquía entregada por completo a los intereses del gran capital financiero norteamericano. En su desarrollo, han llegado a producirse ocasionalmente algunos hechos que los mismos rebeldes han reconocido como errores, y por los cuales han sido sancionados los implicados conforme a sus reglamentos disciplinarios. Otros hechos considerados como repudiables por los poderes dominantes, obedecen a la lógica de un conflicto en el que el pueblo colombiano se ha visto múltiplemente agredido de manera salvaje por el Estado y ha respondido proporcionalmente. Jamás las acciones guerrilleras se han dirigido contra el pueblo de nuestro país, y si algunos civiles han llegado a verse afectados directamente por el conflicto, esos hechos deben ser enmarcados dentro de la realidad consecuente a la práctica oficial de utilizarlos como escudo.

Pretender asimilar los crímenes atroces reseñados atrás, que son tan sólo unos pocos ejemplos tomados al azar dentro del sumario histórico de felonías pasadas y presentes del poder financiero internacional y sus verdugos de los gobiernos imperiales, a los hechos aislados y lamentables en los que de alguna manera se ha visto envuelta la insurgencia colombiana, como lo ha hecho recientemente Human Rigth Watch, sirviendo en bandeja a la gran prensa reaccionaria y a los dementes estrategas de la represión militar y paramilitar actuante en Colombia, la oportunidad de minimizar sus crímenes contra la humanidad, para en cambio estimular el incremento de la intervención norteamericana en Colombia, ahora mismo rabiosa y cruelmente practicada con el llamado Plan Colombia, y creando el ambiente para inducir el juzgamiento de los revolucionarios colombianos por las Cortes Internacionales del Imperio, a las que él mismo sin embargo, insiste en desconocer, revela tan solo el triste papel que han terminado por jugar organizaciones no gubernamentales como esa, evidentemente cooptadas por los dólares de la decadencia. Decirlo resulta escandaloso para muchos intelectuales. Estamos seguros de que nunca será así para la gente verdaderamente honesta del planeta.¨

27 de julio de 2001.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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