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Lunes, 29 Marzo 2010 01:36

Crónica de guerra

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"El ataque masivo del 26 de marzo» 

«Como verdaderas criaturas del monte, las muchachas y muchachos del pueblo colombiano aguaitan sigilosos a los súper entrenados hombres de acero»

Por Gabriel Ángel

El 26 de marzo es una fecha más que especial para las FARC-EP. Ese día se conmemora en todas sus unidades, el aniversario de quien fuera su fundador y máximo comandante durante 44 años continuos, el inolvidable Manuel Marulanda Vélez.

 La celebración del 26 de marzo, por el extraordinario  simbolismo que entraña la figura de Marulanda, potencia en grado inimaginable la vocación y la decisión de victoria de los guerreros de las FARC. Eso lo expresa de manera maravillosa la comprometida consigna que nació delante del cuerpo sin vida del Comandante en Jefe, ¡Hemos jurado vencer… Y venceremos!

Ni todo el poder imperial, ni toda la furia biliosa despedida por la ensoberbecida y desesperada oligarquía colombiana, serán suficientes para aplastar la indoblegable voluntad del puñado de colombianas y colombianos del pueblo raso que organizados en las FARC, enfrentan, resisten y vencen la máquina de terror y muerte que lanzan a diario contra ellos. Hay que ver a esas muchachas y a esos muchachos en combate, para poder comprender la clase de valor que es capaz de sembrar en sus hijos un pueblo herido, violentado y amenazado como el de Colombia, un pueblo que se puso de pie y echó a andar bajo el fuego de sus abusivos amos, y que no descansará hasta tanto no consiga poner al derecho todas las cosas torcidas que rigen en este país.

El pasado 26 de marzo vino a ratificar una vez más ese empeño. Los enemigos de las FARC, humillados, rumian en absoluto silencio, una vez más, su reiterado fracaso.

Cuentan los guerrilleros del Bloque Oriental que ese día, a eso de las 13:30 horas, se oyeron  rugir por los cielos que cubren la Serranía de La Macarena, en el Meta, los velocísimos motores que mueven a los aviones K-fir. Unos segundos después comenzaron a caer las primeras bombas. Detrás de estos aviones cazas aparecieron los aviones Tucano, girando bullosos una y otra vez, rellenando a bombas los sitios que los aviones de inteligencia les habían señalado previamente como objetivos. Para entonces, guerrilleras y guerrilleros habían tomado su puesto en las trincheras, advertidos de que tras el bombardeo inicial vendrían las flotillas de helicópteros a desembarcar centenares de soldados de las fuerzas  especiales del Ejército. Era el clásico comienzo de las modernas operaciones con las que los gringos y los generales colombianos pretenden aniquilar las guerrillas móviles, esas inasibles compañías de combate de las FARC, que hoy pueden hallarse en un sitio y en un mes a doscientos kilómetros de distancia.

Y no se equivocaban. Al cabo de unos cuantos minutos, las aspas de los helicópteros anunciaban de lejos su llegada. Los Arpías, cargados de cohetes y ametralladoras, se dedicaron a rociar proyectiles sobre la selva que crece inmensa sobre los cerros. En unos cuantos minutos la batalla estaba trenzada. Bombas y ráfagas caían implacables sobre cualquier lugar desde el cual los del aire detectaban que se hacía fuego contra ellos. Al arribar los helicópteros de transporte de tropas, descubrieron molestos que pese al poder de fuego de sus escoltas aéreos, no podían descargar los temblorosos soldados en los sitios esperados. Las bombas y la metralla despedazaban la montaña para hacer un lugar al Ejército. Al final fue posible el desembarco en algunas áreas, en otras les fue imposible.

Al llegar la noche, una aparente calma reinaba sobre la selva. Bombarderos y Arpías cedieron su lugar a los aviones de reconocimiento e inteligencia. Al día siguiente, 27 de marzo, volvió a repetirse de modo parecido la anterior la batalla entre los guerrilleros en tierra, cubiertos por los árboles, y los bombarderos y helicópteros que no se cansaban de arrojar sus devastadores proyectiles. Algunos grupos lo suficientemente numerosos de soldados lograron ser puestos en tierra, al tiempo que los guerrilleros comenzaban a acosarlos desde los filos aledaños con morteros, o a hostigarlos con sus fusiles desde distintas posiciones. Los Arpías y  Tucanos con sus bombas y metralla,  procuraban hacer cuanto les fuera posible para protegerlos. Aunque el aterrador sonido de los motores y el poder de fuego de la aviación parecían bastar para aplastar los de tierra, estos hacían sonar de vez en cuando una ametralladora Punto 50, que poseía el don de espantar a los pilotos de las naves como si se tratara del mismo demonio en persona. Fueron varios los aparatos averiados que debieron regresar afanados a sus bases.

En la noche, un Arpía y dos aviones de reconocimiento giraron casi dos horas sobre la zona de los combates. De pronto reinó un silencio sobrecogedor. Casi una hora después pareció escucharse a lo lejos el sonido del avión de reconocimiento. Cuentan los guerrilleros que cuando creían que volverían a sobrevolarlos, oyeron de repente el sonido de los bombarderos y al tiempo con él el de las bombas que silbaban raudas en el aire con destino al suelo. Jamás habían sido testigos de algo semejante. Desde el sitio donde dormían o intentaban dormir, los muchachos sintieron cómo se estrellaban sucesivamente contra el piso atronadores ramilletes de bombas que estremecieron la tierra de un modo asombroso. Palos, tierra y hojas cayeron sobre sus cuerpos sin herir a ninguno. En los filos que circundaban el lugar donde se hallaban, caían sin reposo uno y otro ramilletes del mismo tipo. Creían contar seis explosiones cada vez. La montaña quedaba arrasada y las esquirlas hirvientes zumbaban por encima de sus cabezas con intención asesina.

Enseguida vinieron los ametrallamientos. Aviones y helicópteros en masa dispararon contra los filos una cantidad incalculable de tiros de todos los calibres. La noche oscura se iluminó con el destello de los miles y miles de disparos arrojados contra la montaña en miríadas de prolongadas ráfagas. Parecía el fin del mundo, me confesó después una guerrillera que permaneció quietecita bajo aquella lluvia de fuego. Tuvieron que ser millones de proyectiles, me comentó otro muchacho después. Luego sobrevino lo más sorprendente. Decenas y decenas de helicópteros cuyas hélices rugían poderosas sobre la selva, giraron de pronto en círculos y procedieron a descargar por turnos su carga humana sobre los filos circundantes. Tenían que ser muchísimos soldados, quizás miles, por la impresionante cantidad de helicópteros y el número de viajes que hicieron. Por lo menos hasta las dos o tres de la madrugada del día 28, las bombas, la metralla y la bulla de las aspas se encargaron de perturbar cada uno de los segundos de aquella noche. Comprendíamos que se trataba de la ira de Uribe, me dijo pensativa otra muchacha después. Por esos días las FARC estábamos haciendo entrega unilateral y voluntaria de dos prisioneros de guerra.

De qué manera y por qué logran las FARC salir con tan ligeras pérdidas de tan gigantescas embestidas, es algo que quedará para escribir en las más elogiosas páginas dedicadas al heroísmo de los pueblos. Ya llegará el momento. Por ahora basta con saber que los miles de soldados puestos en tierra mediante tan costosa operación, apenas se han movido unos cuantos metros del sitio en donde los dejaron. Sus mandos y ellos mismos tienen un pavor inmenso a las pequeñas minas que rápidamente se encargan de sembrar los guerrilleros a su alrededor. Como verdaderas criaturas del monte, las muchachas y muchachos del pueblo colombiano aguaitan sigilosos a los súper entrenados hombres de acero, los acosan en sus propios campamentos penetrándolos en medio de la oscuridad, les impiden tener reposo alguno. A la tropa, que cada día se parece más a los soldados gringos por la apariencia de sus uniformes y accesorios de combate, sólo le queda el desesperado recurso de arrojar a ciegas contra la montaña las granadas de mortero de 120 milímetros, que arrasan sin piedad la flora y la fauna del parque nacional natural.

Cada vez que un soldado profesional pisa una mina, llega el Arpía a arrojar cohetes y metralla contra la espesa selva verde. Apenas se trenzan a tiros los hombres de acero con algún comando guerrillero, sobrevuelan amenazantes la zona los aviones bombarderos. Una mañana cualquiera, tras un agotador desgaste que debe costar centenares de miles de millones en el presupuesto nacional, sin contar las bajas en hombres, el Ejército descubrirá que la guerrilla se ha marchado. Aún así continuará prisionero de sus temores, razón por la cual vendrán los helicópteros a regresarlos otra vez a sus bases. Bombardearán y ametrallarán la selva a modo de despedida. Para entonces las tropas quizás ya no recordarán la razón por la cual habían ejecutado tan espectacular operación. ¿Se trataba de un entrenamiento? ¿No era que habían venido por el Secretariado de las FARC-EP?

Me relataba una muchacha que cuando caían las bombas a su alrededor, ella recordaba el rostro del Camarada Manuel, y se daba ánimo pensando en la cantidad de bombardeos que tuvo que soportar él durante sus sesenta años de vida guerrillera. Otro muchacho más me aseguró que el problema de los gringos y los generales era que definitivamente no tenían idea de lo que en realidad eran las FARC. ¿Usted cree, me dijo, que si supieran lo que pensamos nosotros, se hubieran atrevido a iniciar su operación precisamente el 26 de marzo?

Después de ocho años de la más brutal guerra contra las FARC, siguen siendo mayoría las grandes verdades que se ocultan a la población sobre esta organización y la calidad humana de sus integrantes. Siempre he pensado que hacerlas conocer puede abrir el camino para que las cosas en Colombia comiencen por fin a cambiar, para bien, de una vez por todas.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 29 de marzo de 2010


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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