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Lunes, 01 Febrero 2010 00:54

Desde la Compañía Martín Martínez

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 «Despertar de sesenta»

Por Gabriel Ángel

Cuando despertó, el Camarada observó que el blanco resplandor de la luna llena permanecía invariable. La noche de verano había sido fresca, casi fría. El susurro que emitía la quebrada ubicada a unos cuantos metros de su cama, imprimía una dulce nota de paz al incesante canto de los grillos. Las ranas chillaban bajo las hojas invitando al amor a sus príncipes esquivos, y la suave llovizna que lanzaban a su alrededor las chicharras, chocaba contra el impermeable de la casa dando la impresión de que caía un ligero sereno.

Este año se conmemorarían los veinte de la muerte de su inolvidable maestro, ese viejo enérgico e incansable que jamás dejaba de hablar y trabajar, que nunca se dejó engañar y que lo reprendía sin piedad cuando lo descubría en una de las suyas, sin dejar empero de creer y confiar en él porque lo veía llamado a grandes cosas. Mucho de su estilo irreverente y de su talante emprendedor se lo debía a él. Todavía no cesaba de lamentar las tantas cosas que dejó de aprenderle. Cada madrugada  se lo repetía para sí en silencio, luchando contra la melancolía y jurando que jamás sería inferior a su tarea.

Quién lo diría. Dos décadas era un tiempo más que suficiente para acostumbrarse a una ausencia. Sin embargo, él aún  no lo conseguía. ¿Cómo podría  entonces pensarse que algún día iba a poder soportar el horroroso vacío dejado por la partida definitiva de su máximo y venerado ídolo Manuel Marulanda Vélez? Resultaba demasiado difícil vivir sin la presencia apabullante de Jacobo, pero lo había conseguido gracias precisamente al hecho de permanecer al pie del verdadero gigante que demostró ser Tirofijo. Así lo llamaba con intenso cariño a sus espaldas. Continuar la brega sin él era una cuestión de titanes.

Qué rápido habían transcurrido estos últimos cuarenta años. Al comenzar ellos, era un simple e irresponsable muchacho ojizarco de piel blanca que hacía parte de las autodefensas comunistas del Sumapaz. De no haber conocido al formidable binomio que formaban Manuel y Jacobo, quizás qué hubiera sido su vida o quizás cómo hubiera terminado. Pero ellos lo tomaron como a una roca fina en bruto y comenzaron a tallar con suma dedicación al revolucionario, al comunista, al guerrillero, al cuadro, al comandante y al dirigente de las FARC que requerían para el futuro. Si no era mejor, no era por culpa de ellos. Durante mucho tiempo tuvo dificultad para comprender la seriedad de las cosas.

Pero con pocos o muchos defectos era la hechura real de ese par de hombres. Por eso había podido llegar tan lejos, por eso poseía la fuerza de un huracán, por eso temblaban al oír su nombre todos los oligarcas de Colombia, por eso el Imperio rastreaba y peinaba todos los rincones del continente a fin de hallarlo y matarlo. El hace cuarenta años campesinito humilde del páramo, era ahora la inspiración de todo un pueblo, el orgullo de quienes formaban filas bajo sus órdenes, el más firme sostén de la lucha organizada. Piensa por un momento en quiénes y por qué son tus enemigos y tendrás una idea exacta de tu verdadero tamaño. Alguna vez creía haber oído algo así. Se sentía satisfecho.

El día anterior había sido el primero del año. Esta madrugada el aire poseía la misma cálida y grata atmósfera que reinaba cuando se celebraban los cumpleaños de Jacobo y Manuel. Era por sus 60 años de vida. La muchachada del campamento tendría todo preparado para el acontecimiento. Le lloverían felicitaciones y aplausos. Los viejos ya no lo acompañaban, pero ahora vivían dentro de él, en cada una de sus actividades, en todos sus pensamientos, en cada una de sus órdenes. Al mirar la hora decidió levantarse de una vez. Una mano de mujer lo jaló de nuevo hacia la cama. El Mono se dejó llevar. Un pájaro trinó con alegría entre las sombras. Anunciaba victorias, tiempos nuevos, mucha felicidad.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 2 de enero de 2010.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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