• 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
Sábado, 30 Abril 2011 00:28

De la santidad de Juan Pablo II y otras santidades

Escrito por
0
0
0
s2smodern

«Las  grandes corporaciones transnacionales confían en que todos los oprimidos del planeta podrán ser convertidos un día en santos mansos como Juan Pablo».

Por Gabriel Ángel

Sé que no resulta del agrado de mucha gente, que se pongan en discusión las intocables verdades promulgadas por los poderes establecidos. Después de todo ellas aseguran la permanencia del flujo acelerado de recursos económicos hacia los privilegiados centros del mercado global, los principales interesados en que la estupidez sea elevada a rasgo distintivo de la inmensa mayoría de la humanidad.

Sin embargo, quienes vivimos bajo la amenaza constante de las bombas de mil libras que caen sobre nosotros al menor descuido, sabemos que el hablar ya no deja mucho que perder y en cambio contribuye a la creación de un mundo nuevo por ganar. Se equivocan el Presidente colombiano y sus enfermos generales, cuando aplican la fórmula americana de ejercitar la violencia extrema para acallar el disenso y la oposición. A nosotros ya no nos da miedo nada.

Por ejemplo, no sufrimos de escalofríos al negar la beatitud de Juan Pablo II, héroe contemporáneo del gran capital transnacional, con cuya creciente importancia mediática se pretende reemplazar la desgastada figura reaganiana de Rambo. Si logramos desprendernos por un solo instante del fanatismo religioso que proscribe el pensamiento racional, no resulta difícil concluir que la obra del Papa viajero se encuentra a gran distancia de la santidad.

La consabida fórmula cristiana según la cual no hay prueba más grande de amor a Dios y al prójimo que dar la vida por los amigos, y que debería ser la primera regla para asignar santidades, como quizás sucedió con los mártires de los primeros tiempos de la Iglesia, resulta ausente por completo en alguien como Juan Pablo II, quien murió de viejo, convertido incluso en serio obstáculo para el normal funcionamiento de la Institución que presidió largos años.

Sin desconocer que sobre su propio arribo al Papado rondó la sospechosa sombra de la  muerte de su antecesor, el llamado Papa sonriente, Juan Pablo I. Contaba aterrado Monseñor Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, él sí sin duda un hombre santo, que tras relatar a Juan Pablo II en el Vaticano los crímenes contra el pueblo cometidos por la dictadura de su país, su Santidad le respondió que no debía olvidar que todas esas víctimas eran comunistas.

Conviene aclarar antes de ser acusado falsamente, que no me interesa para nada asumir la defensa de la sórdida realidad socialista del modelo soviético de Stalin, ni la de su triste copia de la Europa oriental de la posguerra. Pero cuidarme de serlo no va a lograr hacerme silenciar el tenebroso papel desempeñado por Juan Pablo II, al lado de Ronald Reagan y Margaret Tatcher, en la consolidación del horroroso edificio neoliberal contemporáneo.

Karol Woytila se propuso con sus viajes apuntalar en la mente y el corazón de los pobres del planeta, la idea de un mundo unipolar, abiertamente anticomunista, a cuya cabeza se ubicara como gran guardián el poder militar norteamericano con sus aliados de la OTAN. Repartió bendiciones a granel, a fin de que los planes de ajuste económico del FMI y el Banco Mundial, fueran recibidos como un don divino por los desgraciados habitantes del tercer mundo.

A diferencia de otros grandes jerarcas a cuya santificación siempre se han puesto trabas por ciertas sospechosas afinidades sociales, Juan Pablo II no se destacó en ninguna de sus homilías, bulas o encíclicas por asumir posiciones progresistas, encaminadas a poner fin a las profundas desigualdades o discriminaciones vigentes en el mundo. Antes bien, los eternos perseguidos siempre quedaron a la espera de alguna declaración papal favorable a ellos.

No me propongo en realidad realizar grandes esfuerzos biográficos acerca del Sumo Pontífice que cuestiono, en lo que estoy seguro hay muchos autorizados expertos. Tampoco persigo pervertir la imagen de un hombre que en el fondo pudo haber estado guiado por buenas intenciones, de las que sabemos está empedrado el camino del infierno. Lo que en realidad me interesa hacer notar es el afán del gran capital por inmortalizarlo como su paladín espiritual.

Me atrevo a pronosticar que ese afán exacerbado de glorias celestiales, del que no deben ser ajenos los intereses comerciales de gigantescas empresas, interesadas en su promoción planetaria – afiches, hoteles, aerolíneas, postales, videos, cedés, atuendos religiosos, prendas de vestir, etc. – como si se tratara de alguna figura extraordinaria del pop, a la larga terminará por convertirlo en una moda pasajera que lo reducirá con el tiempo al virtual anonimato.

Al mismo en que se hallan los centenares de santos aprobados en el pasado, de los cuales se desconoce hoy por completo su vida y hazañas. La propia historia le otorgará sus justas proporciones. Juan Pablo II, además de ícono de un sistema decadente que conduce al mundo a su rápida extinción, desempeña el triste papel de fuente especulativa para los preocupados inversionistas, urgidos de hacer crecer su cada vez más esquiva cuota de ganancia.

Por eso mismo resulta más sorprendente y elevado el reconocimiento silencioso, que sin ningún tipo de campañas publicitarias, van consiguiendo otra clase de personajes, ajenos a  la órbita de los arrogantes poderes universales  o locales y sin ningún nexo con el interés de lucro capitalista. Ninguna compañía multinacional, ni ningún mandamás de la política mundial se han molestado en agigantar hasta el infinito la figura del Che Guevara, por ejemplo.

Así sucede también en Colombia con personajes como Manuel Marulanda y el Mono Jojoy. Calificados ambos por la gran prensa con el obligado estribillo de tristemente célebres,  se abren su propio espacio en el corazón y la memoria de su pueblo. Un pueblo que pertenece a Latinoamérica entera, a todas las naciones expoliadas y violentadas del planeta. Obvio que la Iglesia no va a declararlos santos. Ni más faltaba, así correrían el riesgo del olvido.

Las  grandes corporaciones transnacionales, además de a la religión,  le apuestan a la robótica y a la manipulación genética. Confían en que un día todos los oprimidos de la Tierra serán convertidos en santos mansos como Juan Pablo. Guerrilleros heroicos como Manuel y Jorge se encargan de impedírselo. El gran capital no podrá destruir jamás su idea de que los pueblos que se alzan y luchan organizadamente,  terminan siempre por conquistar sus derechos.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 30 de abril de 2011.**


URL corto:http://goo.gl/S87uWX

 

0
0
0
s2smodern
Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

Blogs