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Sábado, 22 Septiembre 2012 00:00

Cultura y humanismo en el Mono Jojoy

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"Contrariamente a sus adversarios, siempre tuvo aversión por los títulos. Se sentía feliz como un niño cuando oía a sus subordinados llamarlo sencillamente Mono o Jorge".

Por Gabriel Ángel

Hace ya tiempo que el petulante círculo de representantes del pensamiento exquisitamente correcto en Colombia, optó por cerrar filas en contra de los grupos guerrilleros, al considerarlos la negación total de los más elementales principios éticos. Los alzados en armas, para ser considerados tales, debieran ser como ellos, fieles escuderos de respetables banqueros, simples ejecutores de las conveniencias de los grandes propietarios.

Como ni lo somos, ni nos importa serlo, se difama cualquier producción nuestra. Con mayor razón, a los hombres que encarnan el histórico simbolismo de nuestra lucha.

El Mono Jojoy fue, sin lugar a dudas, un hombre muy culto. Aunque desprovisto de la mínima ostentación al respecto. Comprendía tan claramente las cosas, que se reía de cualquier pretensión en ese sentido. Sólo le inspiraban respeto aquellos que habían decidido poner su saber, su genio y voluntad al servicio de la redención de los parias de la sociedad.

Quienes quiera que fueran. Lo que verdaderamente hacía grande a Albert Einstein, no eran sus teorías físicas acerca del tiempo y el espacio o sus descubrimientos sobre las fuerzas naturales, sino haber comprendido la necesidad del socialismo para salvar a la humanidad de los gravísimos efectos producidos por la codicia del gran capital transnacional. Y decirlo, pese a la ira que pudieran despertar sus palabras. Así era como El Mono veía las cosas.

Podía serse muy sabio, haber ganado infinitud de títulos académicos y reconocimientos, sin hacerse merecedor a la más pequeña consideración, porque la suma de conocimientos adquiridos estaba al servicio de los poderes establecidos, contribuyendo a perpetuar la explotación y encubriendo con astucia la violencia contra los humildes. Ese tipo de gente sólo podía inspirarle desprecio.

Y no lo disimulaba. Para él, no podía hablar de cultura quien no se estremeciera con las injusticias nacidas de la desigualdad, ni trabajara por ponerles fin. La primera muestra de una condición verdaderamente humana era oponerse a la arbitrariedad de las clases dominantes, tornarse en revolucionario, luchar al costo que fuera por construir un país y un mundo mejor.

Un hombre que piense así y empeñe toda la vida en ser consecuente con ello, suscita a escándalo, despierta la animadversión de quienes detentan la sartén por el mango, levanta furiosa contra él la jauría de turiferarios ansiosos de hacer méritos ante sus amos. El Mono lo sabía. Por eso disfrutaba todo cuanto se fabricaba sobre él.

Uno de los recuerdos que conservo de cuando lo conocí, fue que me dejó sólo en su oficina un buen rato, dándome tiempo de ojear los libros que tenía sobre su escritorio. Me llamó la atención una extensa biografía de Alejandro el Grande. Cuando vino, se la pedí prestada. Le agradó sobremanera mi interés sobre una obra que él leía emocionado.

Años después, delicado de salud, lo encontré embebido en la lectura de los gigantescos tomos del Bolívar día a día. Tomaba cuidadosas notas en una libreta. La ocasión sirvió para que mi visita se convirtiera en una larga disquisición sobre El Libertador. Por fortuna yo me defendía en el tema, de lo contrario su erudición hubiera sido capaz de arrollarme.

Que había leído, y mucho, no cabía dudarlo. No era un lego tratándose de los clásicos de la literatura o el marxismo, y aunque con algún desorden, estaba familiarizado con innumerables asuntos históricos, sociales y económicos. Pero al respecto conservaba intacta la modestia del campesino humilde. Jamás presumía, más de una vez percibí su timidez al referirse a esos temas. Quizás creía que podía equivocarse.

En cambio sí que hacía valer su autoridad en el conocimiento de todas las cuestiones relacionadas con la guerra, la conducción de tropas, el manejo del terreno, la táctica de guerrillas móviles. Allí se sabía el rey y no lo ocultaba. Sobre todo porque partía de una consideración práctica incontrastable. En el escenario de las operaciones enemigas permanentes, el aspecto militar de la lucha adquiría toda importancia.

Entonces lo otro permanecía oculto. No por ausente o vacío, sino porque resultaba impertinente. En nuestras condiciones, adquiría prioridad el estudio de la línea ideológica, política y militar de las FARC para ponerla siempre en práctica. Así se lo exigía a los combatientes. Los otros conocimientos podían esperar su oportunidad. Cuando dejara de sobrevolarnos amenazante la aviación enemiga.

Así y todo, siempre estaba incitándome a escribir. Comprometiéndose con una futura edición de mi obra. Gestionando la divulgación por internet de mis notas. Ni una sola vez vaciló para publicar un escrito mío, aunque sus ocupaciones le hubieran impedido leerlo de antemano.

En más de una ocasión lo sentí sinceramente conmovido ante una crónica de mi autoría. Y hasta orgulloso de que alguien que estaba a su lado, produjera literatura de calidad sobre nosotros. Algún día me preguntó cómo hacía para armar mis textos, y me confesó que llevaba años intentándolo sin poder lograrlo. Yo sabía lo que significaba para él reconocer eso.

El Mono fue un sabio, sí, un extraordinario ejemplo de superación personal. Su pecho acumuló más amor por la humanidad y el pueblo que el de todos sus detractores juntos. Y lo demostró con hechos, aunque no fueran del gusto de los potentados. Da grima que el mundo sólo hubiera podido conocerlo por el prisma de los poderes establecidos, cuyos valores más importantes reposan en Wall Street. Con eso basta para comprender el sentido de sus juicios.

En mi país, donde indecencia y fatuidad campean resguardadas por centenares de miles de mercenarios y enormes arsenales, hablar bondades del Mono Jojoy suena a apostasía. Sin embargo, no cabe la menor duda de que supo poner en la picota pública la cultura oficial, señalarnos el verdadero camino hacia la humanidad. Así hubiera que abrirlo a los tiros.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 22 de septiembre de 2012.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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