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Domingo, 01 Agosto 2010 19:04

Adiós, Uribe, adiós

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«La frustración del Presidente es enorme y adquiere visos aterradoramente dramáticos para el futuro del país.»

Por Gabriel Ángel

Recién dimos las FARC a conocer la noticia de la muerte natural de Manuel Marulanda Vélez, el Presidente Uribe salió a vociferar que no era cierto lo que decíamos. Según él, Marulanda habría sido víctima de alguna de las 330 bombas arrojadas por aviones de la fuerza aérea contra las selvas colombianas en el año inmediatamente anterior. Para entonces le parecía un número considerable. Pues bien, hace unos cuantos días, en una sola semana, fueron lanzadas contra la Serranía de la Macarena un número de bombas mucho mayor que ese del que se ufanaba en el 2008.

 La impresionante devastación del parque nacional natural, y entendemos que lo mismo sucede en otras regiones de Colombia, reproduce en el plano interno el desastre en el que Uribe convirtió las relaciones con Venezuela.

La frustración de Álvaro Uribe es enorme y adquiere visos aterradoramente dramáticos para el futuro del país. Todo lo que más odia en la vida, la lucha de los pueblos, la revolución, el socialismo, todo aquello que calculó estaría por completo exterminado al final de su gestión y gracias a ella, permanece ahí, frente a él, sonriente, con aire de juventud y energías renovadas. Es eso lo que no puede perdonarse. Que él tenga que irse, que deje de ser Presidente después de ocho largos años de guerra y trapisondas, y que la Revolución Bolivariana de  Venezuela que siempre le inspiró escozor y repugnancia permanezca enhiesta, que las FARC, a las que se propuso aniquilar con todo el poder del Estado y la colaboración gringa, continúen su heroico batallar en las montañas de Colombia, llenándolo de incertidumbre hacia el futuro.

Es que hasta Fidel, el barbudo del Caribe, anda por ahí tan fresco como un muchacho, dictando conferencias y revelando verdades, es que Cuba tampoco cayó. No hay ninguna duda de que el mundo debía parecerle mucho mejor cuando ascendió por vez primera a la Presidencia. La actitud del Presidente Correa en Ecuador le parece sospechosa, cargada de zalamería, no le inspira un ápice de confianza. Ni qué decir del indio Evo en Bolivia, tan absolutamente distinto a lo que él representa. Dejar el primer cargo del país para ver al Sandinismo gobernando Nicaragua. Y hasta a un mulato mandando en los Estados Unidos, un afrodescendiente que no parece darle la menor importancia. Son las amarguras de un hombre al que no logran consolar los comités de aplausos de sus consejos comunales.

Álvaro Uribe parece en realidad un despechado energúmeno. Un tipo de esos que es capaz de matar a sus hijos, despedazar los muebles y luego prender fuego a la casa, con tal de mostrarle al mundo que tiene un sentido del honor elevadísimo. El problema es que la casa es Colombia, y que los hijos, como se ve ya con los habitantes de la frontera, son los hombres, las mujeres y los niños nacidos en esta patria, cuyo devenir se hace estragos gracias a sus arranques de presunta dignidad.  No, Uribe se equivoca por completo, del mismo modo como erró durante sus dos mandatos consecutivos. Si la solución de los problemas fuera actuar a los machetazos, la oligarquía de este país, que lleva cincuenta años haciéndolo, ya hubiera construido otro destino. Y los gringos hace rato hubieran triunfado en Afganistán o Irak.  

Los guerrilleros colombianos no somos los violentos, esta guerra no es resultado de la intención macabra de ningún enajenado por ideas foráneas. Tampoco somos el producto ni la arquitectura del negocio de las drogas. Lo que sí somos es revolucionarios. Hombres y mujeres que no creemos en las supuestas bondades del sistema capitalista. Eso no debiera ser delito, menos en una sociedad que posa de tolerante y democrática. Efectivamente, deberíamos estar haciendo política en las plazas públicas, de manera legal y pacífica. Pero la historia de los últimos sesenta años en Colombia, ha puesto en evidencia una actitud pendenciera y sanguinaria por parte de la clase dirigente, primero bipartidista y ahora uribista. Toda corriente de oposición real ha sido perseguida con saña despiadada.

Los muertos, los desaparecidos, los torturados, los encarcelados, los perseguidos por oponerse al sistema han sido tantos y tan cotidianos que no podía esperarse cosa distinta que el alzamiento en armas. El Estado colombiano ha destinado cifras incalculables para aniquilar la rebeldía y tan solo ha conseguido acrecentarla. Eso lo enseña la vida real de esta nación. Todos los procesos de paz que se han dado en la historia reciente han fracasado por lo mismo. La insurgencia se ha negado a su desmovilización y entrega mientras no se produzcan cambios que signifiquen posibilidades reales de ejercicio político con plenas garantías. Y todavía lo seguimos planteando. No se trata de aceptar una rendición para regresar al país de los sicarios, los paramilitares, la intolerancia y el crimen institucionalizado.

Y no es que queramos ninguna revolución por contrato. Lo que soñamos es poder regresar a hablar de revolución y grandes transformaciones sociales y políticas, sin el empleo de las armas, pero con la seguridad absoluta de que no vamos a ser asesinados ni hostigados en modo alguno. Si la burguesía nos considera locos por creer aún en algo que está mandado a recoger, el problema es nuestro, déjenos con nuestra locura. Los revolucionarios no lo somos porque la revolución vaya triunfando sino porque queremos trabajar por hacerla, al lado de nuestro pueblo y con él en masa. Si nuestras ideas son tan descabelladas, no puede entenderse entonces por qué la preocupación por lo que hacemos, por qué tienen que matarnos, por qué tienen que impedirnos el ejercicio de la política. Lo que no haremos jamás es abandonar las armas para ponernos del lado del capitalismo salvaje,  del neoliberalismo, del imperialismo.

Al parecer, no haber conseguido esto último, como sí logró con tanto dirigente sindical, campesino o popular cooptado por el gran capital para su causa de explotación generalizada, es lo que no puede perdonarse el Presidente Uribe. Hay que reconocer que lo intentó sin escatimar esfuerzos. Lo consiguió con Kabir, con Karina, con Rojas, con toda esa podredumbre que queda en las orillas tras el paso del torrente, de la creciente revolucionaria. Bien puede quedarse con ellos, llevarlos a dictar conferencias en USA acerca de la ética en los procesos políticos. O a declarar en los tribunales lo que la inteligencia militar les dicte. La decencia no se acaba en el mundo y en algún momento alguien les gritará canallas. Nosotros quedamos. Uribe y sus generales se van. Algún día regresará la cordura. Adiós, Uribe, adiós.

Por Gabriel Ángel

Montañas de Colombia, 1 de agosto de 2010.


URL  corto.http://goo.gl/zHqB4L

 

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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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