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Domingo, 26 Septiembre 2010 21:34

El Mono Jojoy, ¡Qué Mono!

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 «Mal puede decirse que mataron al Mono Jojoy. En realidad, él mismo decidió inmolarse, como ejemplo de lo significa la fidelidad a unas ideas y a una causa.»

Por Gabriel Ángel

Todo comenzó veinte minutos antes de las dos cuando hizo su pasada por el cielo nocturno un avión veloz que emitía un sonido semejante al de un jet internacional. El relevante de turno estuvo a punto de gritar la voz de alarma, pero se contuvo al notar que la nave se perdía en la distancia. A las dos en punto volvió a escucharse a lo lejos el ruido del mismo avión. Antes de dar tiempo para dilucidar su naturaleza, el sordo zumbido se transformó en el feroz rugido de un caza en picada que un par de segundos después dejaba caer las primeras cuatro bombas.  El impacto de las explosiones estremeció la tierra con una violencia atronadora.

 El Presidente de la República y el alto mando militar revelarían orgullosos más de 48 horas después, que la operación llevaba el nombre bíblico de Sodoma, que había implicado el lanzamiento  de más de 70 toneladas de TNT y metralla y que había requerido el empleo de 68 aeronaves de guerra, aparte de los varios batallones de fuerzas especiales y soldados profesionales que desembarcaron tras los implacables bombardeos y ametrallamientos. Una acción de tan aplastante envergadura debía corresponderse con el comienzo de las hostilidades contra otro Estado en el rompimiento de un conflicto de carácter internacional.

Pero en verdad tenía por objeto matar a un solo hombre. Lo cual nos da una idea aproximada del tamaño y las cualidades especiales de ese hombre. Y de paso una medida de la cobardía de sus victimarios. Cuánto le temían, cuánto lo odiaban. Ellos, que pueden perecer víctimas de una sobredosis de cocaína o por un solo disparo calibre 22, necesitaron de ciento cuarenta mil libras de explosivos, proyectiles e hirvientes esquirlas para quitarle la vida al Mono Jojoy.  Sucesivos lanzamientos de espantosas bombas de racimos. Decenas de helicópteros y aviones rompiendo el plácido silencio de la noche de luna llena con las ráfagas de sus potentes ametralladoras. Cayó un gigante, pereció un coloso. Pero un hombre así, no muere.

Perseguirá como un fantasma a sus enemigos. El Mono era un producto sublime de la capacidad de lucha del pueblo de Colombia, del arraigo que adquieren en las masas oprimidas las ideas de revolución y de justicia. Un cuadro incorruptible, un comunista integral. Un ser de superior calidad humana, noble, sencillo, gracioso y punzante como pocos. Soberbio con los poderosos y reaccionarios sí, enemigo inconciliable de la explotación y el crimen. Calumniado y difamado como todo gran individuo llamado a hacer historia, sabía con certeza el grado al que lo había elevado su actividad de 40 años en las FARC. Por eso sabía llevar sobre sus hombros, con dignidad y sin falsas modestias, la responsabilidad de ser quien era.

El Mono, antes que todo un guerrero nato, un combatiente indoblegable, no iba a esperar a morir devorado por la enfermedad en una cama. Tenía que morir en combate, de pie, poniéndole el pecho a los aviones, los helicópteros y los soldados enemigos. Por eso rechazó todas las recomendaciones de alejarse de la Serranía de la Macarena, las determinaciones del Secretariado Nacional en el sentido de que buscara un lugar adonde pudiera tratarse con comodidad del mal que lo agobiaba. Él sabía que la dolencia que padecía lo carcomía a paso acelerado. Por eso mal puede decirse que mataron al Mono Jojoy, en realidad él mismo decidió inmolarse como ejemplo de lo significa la fidelidad a unas ideas y a una causa.

Por eso se equivocan de palmo a palmo todos aquellos que pronostican un pronto desmoronamiento de las FARC. El efecto que realmente producirá su partida será de la misma naturaleza que el Big Bang que dio origen al universo. Toda la pléyade de cuadros, comandantes y combatientes que durante décadas forjó Jojoy, en muchos de los cuales es por completo visible el sello de su hacedor, adquiere ahora movimiento propio, sueltas por fin sus amarras y se apresta a hacer realidad el sueño de igualdad y democracia que inspiró siempre la lucha de su ejemplar maestro. Ante la contundente prueba de amor al pueblo que significa la muerte del Mono, se desvanece toda la podredumbre que arrojan sobre su cadáver.

Por eso supo sobrevivir a la brutal embestida prácticamente todo el cuerpo de guardia del Mono. En vano, como buitres ansiosos, los generales ordenaron buscar más y más cadáveres. No pudieron hallarlos, sencillamente porque todo el mundo obró como el Mono lo tenía dispuesto. Sólo las limitaciones físicas que la enfermedad imponía al gran comandante le impidieron a él mismo salir ileso. Y con él quedaron sus más cercanos asistentes. Quino, Xiomara Patascoy y Diana. Imborrables ejemplos de lealtad y valor a toda prueba. Casi nos fritan, me comentó sonriendo Julián cuando con sincera alegría lo vi a salvo. Ahora esa fuerza, con singular coraje, hace frente allí mismo a la tropa y la aviación.

Desde entonces no ha habido día o noche en que no vengan los aviones y helicópteros a bombardear y lanzar ráfagas contra los guerrilleros. Qué seres humanos estos, qué dignidad y entereza demuestran. Los helicópteros se retiran impactados desde tierra, con pilotos y soldados alcanzados. La tropa no se mueve sin el apoyo previo de toda clase de fuego aéreo.  Y siempre se encuentra con los comandos de muchachas y muchachos que los reciben a plomo. Esas son las FARC que deja Jojoy. Completamente móviles, sin la necesidad de grandes concentraciones alrededor de un jefe enfermo. Hasta el ridículo helicóptero de operaciones sicológicas que llegó a invitar a la desmovilización tuvo que huir espantado.

La pequeña Maybé, quien estaba de centinela del aposento del Mono cuando cayeron las primeras bombas, salió arrojada por el aire y cayó sentada en la trinchera donde se hallaba su Jefe. El Mono, tranquilo y paternal, quizás enterado de que llegaba el final, la ayudó a ponerse de pie y le ordenó que fuera en busca de su equipo. La muchacha obedeció enseguida. Fue la última persona que lo vio con vida. Al salir oyó cuando El Camarada se dirigía a sus asistentes para pedirles que sacaran apenas lo más necesario. Cuando ella llegaba a su caleta, se vino encima la verdadera lluvia de bombas. Después salió como pudo por entre las más de tres hectáreas de montaña derribada. Los helicópteros comenzaban su danza de muerte.

A todos aquellos que nos quieren y oran por nosotros les damos nuestros más sinceros agradecimientos. Estamos bien, en pie de guerra, por Colombia, por su pueblo, por ustedes.

Por Gabriel Ángel

26 de septiembre de 2010.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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