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Lunes, 20 Septiembre 2010 21:03

El nuevo Presidente no es ningún inocente santo

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Por Gabriel Ángel

La gran prensa reaccionaria no ha escatimado esfuerzos en loar al Presidente Santos, con el evidente propósito de despertar simpatías a su favor entre la gente del común.  El ahora primer mandatario de los colombianos es presentado como un personaje muy distinto a su predecesor, no sólo por su estilo personal, sino por lo que es más importante, sus concepciones políticas, sus planes de gobierno, sus preocupaciones sociales.

 Es así como el  cavernario ministro de defensa del gobierno anterior resulta de repente convertido en un político renovador y audaz. Son aplaudidos sus contactos con las altas cortes y algunos sectores de la oposición, a quienes promete respeto y garantías para el ejercicio de su actividad. Simultáneamente, se alaba su tacto para reanudar íntegras la diplomacia y el comercio con Venezuela y Ecuador, al tiempo que se destaca su disposición para atender el drama de los desterrados por el paramilitarismo. Como si lo anterior fuera poco, se le adjudica también una vocación manifiesta por el diálogo y la solución política, por sólo dar a entender que si la insurgencia se arrodilla, pide perdón y se entrega, él estaría dispuesto a extraer del bolsillo la llave de las negociaciones. Del mismo modo, su entrevista con José Miguel Vivanco, parece haberlo proyectado a valiente campeón en la defensa de los derechos humanos.

Hay que ser verdaderamente ingenuo para tragarse el cuento de este demócrata de última hora. Juan Manuel Santos es tan liberal como aquel Santos que optó declararse neutral ante el avance del terror nazi fascista en Europa. Igual a su antepasado, la única guía que inspira sus actos presentes y futuros de gobierno es el ánimo de lucro, la avaricia propia del gran capital que representa. Los monopolios informativos pretenden que los colombianos se olviden del neoliberal confeso que como ministro de comercio exterior pujó por la apertura económica total, que nadie recuerde al ministro de hacienda que sentenció al pueblo colombiano a un largo período de sudor y lágrimas y que con su reforma al régimen de transferencias condenó a muerte la salud y educación públicas, al ministro terrorista de defensa que azuzó a las tropas oficiales a encarnizarse con los humildes colombianos inconformes, cuyos cuerpos brotan ahora de las espeluznantes fosas y sórdidos cementerios a donde fueron arrojados.

No es éste precisamente uno de esos santos inocentes que se recuerdan los 28 de diciembre. El actual Presidente es un continuador consagrado de la estrategia planteada por Álvaro Uribe desde la Casa de Nariño. Lo único que los diferencia es el origen de su arribo al poder, pues mientras Uribe no logró hacer desaparecer los vestigios de su pasada vinculación mafiosa, ni el cordón umbilical que lo ligó al narcoparamilitarismo que al final traicionó, Santos proviene de la más rancia oligarquía colombiana vinculada al círculo de los negocios internacionales. Al final de la Administración Pastrana, esos dos sectores reconocieron la necesidad de un hombre  como Uribe para hacer frente a la comprometida situación del momento, urgencia que se consideró extinguida al cabo de ocho años, tras los cuales la mafia paisa comienza a ser arrojada al cuarto de san Alejo, para complacencia de la estirada aristocracia tradicional.

No son nobles razones las que mueven Santos a embarcarse en sus aventuradas propuestas legislativas. En realidad, su actitud obedece al afán de conseguir la aprobación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Los permanentes conflictos casados por Uribe se habían transformado en un obstáculo insalvable. Se requería con urgencia proyectar otra imagen, la de un gobierno amable, tolerante, respetuoso de los demás poderes, de la institucionalidad democrática y de los derechos humanos. A Juan Manuel Santos, como a su primo, el ex Vice Presidente Francisco, cada día más ridículo en su nuevo papel de director de noticias, le importa un comino la suerte de los campesinos sin tierra, de los desplazados y las víctimas. Pero hay que hacerle creer a la mayoría parlamentaria demócrata gringa que aquello constituye su mayor preocupación. París bien vale una misa, reconoció Enrique IV.

La política demagógica del actual gobierno salta a la vista con sólo examinar sus propósitos de enmienda en materia de tierras y de víctimas. La legislación programada en ese sentido pone de presente en primer término el rotundo fracaso de la tan promocionada ley de verdad, justicia y reparación. Si ésta hubiera funcionado, no se estaría hablando de devolución de tierras ni de reparaciones. Está claro que tratándose de las angustias populares, los gobiernos colombianos conceden plena vigencia al adagio de los conquistadores españoles, según el cual cuando las leyes no convienen se acatan pero no se cumplen. Volverán a aparecer personajes como Ana Teresa Bernal o Eduardo Pizarro, siempre tan dispuestos a servir de celestinas del régimen a cambio del usufructo de millonarios recursos oficiales o privados, aunque la pobre gente siga en las mismas. La reciente donación por George Soros de 100 millones de dólares a Human Right Watch debe inspirarlos profundamente, pese a que ella ponga de presente el significado real de la  independencia de criterio de esas oenegés.

Pero hay más todavía. Ahora se quiere hacer creer a todo el mundo, que el problema de la tierra en Colombia se reduce al de los desplazados por el paramilitarismo, cuando éste es apenas una manifestación de la histórica situación de inequidad y violencia vigentes en el campo. Y se procura hacer creer a los campesinos que los sectores de la producción agrícola con los que se aspira a duplicar las exportaciones del país en esa materia, son los cultivos de fríjol, maíz, plátano, yuca y cebollas, así como la producción de gallinas criollas, todo lo cual marcha en contravía del modelo neoliberal en boga para el campo, que apunta a fortalecer la producción agroindustrial en detrimento de la propiedad familiar campesina.

Serán las flores, la palma africana, la madera, los biocombustibles y demás los que contarán con toda la atención y protección del gobierno. Los pequeños propietarios, quebrados por las importaciones de alimentos y despojados de sus tierras por las leyes del mercado, están destinados, según el modelo, a suministrar la mano de obra barata y desechable que garantice la competitividad internacional a los grandes exportadores. No hay duda de que ese es el propósito del Presidente cuando se muestra tan preocupado por el retorno de los desplazados a sus tierras, justo al lado de los grandes proyectos agroindustriales. Ni la magia de María Jimena Duzán ni la gravedad de Petro, entre otros tantos, logrará transformarnos  al tartamudo Juan Manuel en un inocente santo. En el mejor de los casos, los colombianos terminarán por reconocer en él un santo sí, pero un santo cachón. Y bien cachón.

Por Gabriel Ángel

20 de septiembre de 2010.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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