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Lunes, 13 Noviembre 2000 16:48

La Democracia, la Izquierda, la Derecha

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  • «El gran capital  demuestra su capacidad para ganar a aquellos que poseen alguna brizna de sensibilidad social o espíritu crítico.»

Por Gabriel Ángel

Con los antecedentes expuestos en el artículo anterior,  es posible seguir adentrándonos en el oscuro y sorprendente laberinto de la confusión ideológica. Hablábamos del pensamiento único, de ese dogma según el cual globalización y neoliberalismo son una misma cosa, una especie de predestinación que augura la redención a los pueblos del mundo, a cambio de un período relativamente corto de sudor y lágrimas. Y habíamos dejado guindada la idea de la democracia capitalista, seguramente la forma más cínica de negar la democracia. Como en la antigua Grecia, los millones de esclavos que trabajan para los amos del capital, se niegan a creer en las bellezas de la democracia de la Nueva Atenas.

 

La propaganda oficial del imperialismo, convirtió la existencia de dos partidos políticos y la realización de elecciones periódicas en el paradigma de la democracia. Siempre que se trate de partidos democráticos, diría como si nada el documento Santafé. Es decir de partidos que defiendan y pugnen por el mantenimiento del capitalismo. Los demás son partidos antidemocráticos, que atacan a la democracia, y a los cuales hay que ir haciendo desaparecer. El ejemplo más cercano a nosotros fue el exterminio de la Unión Patriótica, que a los ojos de los apologistas de la democracia de marras en ningún modo significa la negación de la misma. A lo sumo un caso para citar en algún foro internacional sobre el trágico resultado de los militarismos de izquierda. Una lección para no olvidar.

Es que la democracia para ellos en ningún momento significa participación decisiva de los pueblos en la toma de las decisiones que atañen a su futuro. Eso de que las comunidades organizadas y reunidas elaboren un inventario de sus necesidades y se tracen un plan de gobierno que deban ejecutar quienes ellas mismas mandaten, bajo su permanente fiscalización, con rendición de informes periódicos y responsabilidad exigible de manera directa, les parece una invención de mentes enfermizas. Las comunidades sí pueden participar, pero en la ejecución de las determinaciones previas del todopoderoso imperio. Igual al pobre hombre que se jactaba de mandar en casa porque la última palabra siempre la decía él, sí mijita.

Es la democracia estilo Fondo Monetario Internacional, la más sublime de sus formas. Mientras se cumpla con las omnipotentes medidas de explotación y ruina impuestas, mientras existan bipartidismo y elecciones, la amplia sonrisa del Tío Sam se desplegará generosa para la dirección del país. Con menor amplitud, pero comprensiva también, un poco como de novia consentida que reclama a su pareja por viejos cariños olvidados, brillará aunque estos dos últimos aspectos estén interrumpidos, siempre que no se deje de obedecer fielmente el plan de ajuste. Para la América Latina no faltará nunca un Gaviria, premiado por sus eficaces servicios al gran capital, repartiendo bendiciones o componendas aquí y allá en defensa de esa idea.

Así que saquemos conclusiones claras. Para las corporaciones financieras transnacionales, democracia no es otra cosa que el reconocimiento y aplicación del neoliberalismo, es decir, de la fase contemporánea del viejo y renovado capitalismo. Con pluralidad de variantes  según la agudeza mental de los politólogos formados en las universidades de elite, que destilan con sapiente profusión sistemas institucionales modernos. O postmodernos. Por otra parte, todos aquellos que pretenden convertirse en personeros democráticos sin apuntar sus baterías contra el sistema capitalista, son farsantes que de una u otra manera sirven a los intereses de los avarientos acumuladores de ganancias. Son las raposas de la democracia.

Además, obviando las clasificaciones pedantes de los expertos en ciencia política, todos ellos, sin excepción, ocupan su sitial de honor dentro de lo que se denomina derecha. Así como todas las variantes del pensamiento que denuncian el carácter inhumano del sistema de apropiación individual de la riqueza producida por las colectividades nacionales o mundiales, que consideran salvaje la forma en que los arrogantes monopolios financieros explotan sin compasión al género humano, y en consecuencia luchan por su destrucción para levantar sobre sus ruinas el socialismo, sin excepción también, pertenecen a las filas de la izquierda. No hay nada más parecido a la democracia que el socialismo. Quizás en haber olvidado esa lógica reside la causa del derrumbe del llamado socialismo real en Europa. No puede existir socialismo sin democracia.

Desde luego que esta distinción cumple para los revolucionarios un propósito de deslinde ideológico, permite ubicar con precisión de qué lado se encuentran ubicados los discursos. Porque para los reaccionarios de todos los pelambres las cosas son muy distintas. Para ellos resultan ser de izquierda todos aquellos que se oponen a los métodos violentos practicados por el gran capital para hacer entrar en razón a la inconformidad. No importa si se trata de devotos del capitalismo, basta con que manifiesten su incongruencia con algunos de sus excesos. El complejo militar del pentágono, reproducido al interior de sus países súbditos mediante fuerzas armadas alimentadas en la doctrina de seguridad nacional, no se muestra dispuesto a tolerar la menor crítica ni a las políticas neoliberales ni a sus métodos, al dogma de los tiempos modernos. Es por eso que pese a la apariencia de las formas democráticas, el terrorismo de Estado también se ensaña contra los herejes. Por atreverse a poner en duda, así sea de buena fe, la única verdad permitida. Es la democracia fascista, la de los nazis vestidos de parlamento. Inocentes víctimas suyas quienes creen ingenuamente en ella.

Desde luego que la propaganda imperialista invierte las cosas y trastoca todos los valores. La academia cooptada y el terror disimulado, unidos a los más  poderosos medios de comunicación, se encargan de crear la más fantástica de las realidades virtuales. Es así como los sindicatos y organizaciones de los trabajadores resultan siendo responsables de la quiebra de las empresas e instituciones públicas, en particular aquellas de índole social que se pretende privatizar. El Estado capitalista que mata por desnutrición a millares de niños anualmente, que mantiene a la mitad de la población productiva dedicada al rebusque en la economía informal, que mediante el crimen oficial y paraoficial masacra, hostiga y desplaza sin piedad a la población, que arrebata los servicios de salud y educación a millones de seres en formación y que eleva la prostitución a la categoría de profesión digna, se proclama como el Cid campeador de los derechos humanos y apellida sus instituciones y programas de gobierno con el rótulo de social.

Y al tiempo que muestra su guadaña en la mano derecha, invita con la mano izquierda a todos los medrosos, a todos los apóstatas del socialismo, a todos los que confían ciegamente en los beneficios sociales de la caridad, para contribuir con su aporte entusiasta en los programas de bienestar con los que procura enmendar en proporción mínima los efectos de su filosofía y su práctica obsesivas de lucro privado. El ingenio y la iniciativa propios del interés particular demuestran su capacidad para atraer hacia las filas del neoliberalismo a la parte de la humanidad que posee alguna brizna de sensibilidad social o espíritu crítico. Los va a hacer sentir importantes. E imprescindibles. Siempre que le marchen al capitalismo, que den pruebas fehacientes de sus antipatías hacia el socialismo. Siempre que expresen sin temores y difundan con amplitud sus críticas acerbas a los revolucionarios. Los capitalistas suministrarán los fondos y en gran medida los argumentos a usar. Siempre aparecerá la muerte para corregir las desviaciones de quienes se tomen demasiado en serio su papel de redentores. Las organizaciones sociales, ambientalistas, de derechos humanos y semejantes, con toda la respetabilidad que despiertan sus actividades, estarán sirviendo al gran capital siempre que no apunten sus denuncias y acciones contra él. Porque le resultan funcionales. Hay que decirlo. Así duela.¨

En una última parte examinaremos cómo se es conducido a condenar con vanidad las luchas revolucionarias de los pueblos del mundo, cómo se culmina repleto de jactancia considerándose neutral en la confrontación entre el gran capital financiero y los marginados.

Gabriel Ángel

13 de noviembre de 2000.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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