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Miércoles, 20 Agosto 2014 00:00

Los tres golpes

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«Sólo ahora me doy cuenta de la precisión azarosa del mecanismo»

Pascual Gaviria
 
Por: Pascual Gaviria @rabodeajip

Un golpe rotundo cada cinco años, un cimbronazo que dejaba confusión y misterio a pesar de que la sombra de los asesinos era reconocida por todos. También desde la distancia de los aniversarios es posible notar cómo se confunden los bandos que, con los titulares del día siguiente, parecían claros. Los héroes están a punto de ser condenados, los inocentes acusados han muerto luego del agravio, los militares de inteligencia viven escondidos tras un poncho en el Casanare, los sicarios profesionales escriben los libros, los mafiosos alardosos de pistola al cinto son íntimos de una familia presidencial. Golpes contra la esperanza, la inocencia y la risa.

El asesinato de Luis Carlos Galán, el 18 de agosto de 1989, sirvió para reconocer que los narcos eran capaces de retar al Estado, que no temían dar la pelea de frente, con todos los mecanismos del terror y sin más argucias que la infiltración. Desde el comienzo de la adolescencia había reconocido a la mafia en las excentricidades del parqueadero del colegio, en el señalamiento, por envidia y recelo, que se hacía sobre algunos alumnos en los salones. Los carros lucían en sus vidrios calcomanías que decían no a la extradición y la fábula de los narcos era tema en los corrillos de grandes y chicos. El Olaya Herrera ya no era la tumba de Gardel sino un centro internacional de negocios: comenzaron tirando la coca por encima de las rejas de la pista y terminaron tirando la casa por la ventana. Luego se multiplicaron los bandos, se mezclaron los narcos “buenos” con militares y policías, vimos las vendettas con cartulinas ensangrentadas al lado de los cuerpos. El Bloque de Búsqueda, con el ala doblada en su sombrero, era un emblema y casi todas las semanas nos encontrábamos con uno de los camiones del comando cuando íbamos rumbo al colegio. Mientras tanto el presidente heredero era un prisionero en su palacio.

Cuando el chofer de dos “reconocidos empresarios” de la ciudad mató a Andrés Escobar el 2 de julio de 1994, los narcos habían ido legalizando su estatus y escondiendo su poder detrás de un ejército más uniformado y regular. Los mafiosos de la discoteca insultaron a un hombre ajeno al mundo turbio del fútbol y la droga. En una carretera de Alemania una mujer aterrada de ver a ocho colombianos nos dijo que habían matado al defensa del autogol contra Estados Unidos. Supimos que los países pueden sufrir la trama lenta e inadvertida de las tragedias. Ahora resulta que esos tipos han sido siempre íntimos del poder, que eran hombres de a caballo, narcos más o menos silenciosos a pesar de lo macabros.

Cuando los sicarios de La Terraza mataron a Jaime Garzón el 13 de agosto de 1999, los narcos ya eran ‘paras’ y jugaban a las investigaciones antes de dictar sentencia. El sicariato era para ellos un método burdo, lo suyo era ajusticiar. Desde el Ejército y el DAS recibían pruebas y se sentían un brazo más del Estado, un brazo expedito y temerario. Tal vez fue el día de las más grandes maldiciones. Nos enteramos de que la “mano negra” no era una idea de paranoicos. No sólo los camuflados, también los hombres de discurso y corbata hacían parte de ese tinglado de poder que había diversificado en negocios y socios. En la mañana me llamó mi jefe de ocasión a decirme que habían matado a Garzón y a dictarme la hora para una grabación inminente. No lo mandé a la mierda porque además de jefe era mi amigo. Se nos fueron seis meses en teorías y fantasías sobre el crimen.


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