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Domingo, 10 Agosto 2014 00:00

Un rápido repaso por la memoria de Aldinever Morantes

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«Esto es lo que el Estado colombiano, sus gobiernos y sus fuerzas armadas han hecho sistemáticamente durante más de medio siglo»

Por Gabriel Ángel

Conocí a Aldinever Morantes en la zona de despeje del Caguán, cuando todavía conservaba aire de muchacho, antes de salir al mando de un buen número de unidades para el oriente de Cundinamarca. Allá se vería obligado por la vida a librar una epopeya no imaginada. El gobierno de Álvaro Uribe daría comienzo a su guerra contra las FARC, precisamente en el área de operaciones que le correspondía dirigir al joven comandante guerrillero.

Por ahí tengo escritas las historias de los sobrevivientes, que dan cuenta de la brutalidad del Ejército Nacional de Colombia durante la que denominó Operación Libertad, que terminó por obligar a las FARC a un repliegue estratégico. Cualquier día se darán a conocer. Por ahora recojo las palabras de Aldinever, tomadas a la carrera, sólo para elaborar la reseña de algunas de las persecuciones oficiales contra su familia, sus allegados, conocidos y amigos.

Que se persiga a alguien que empuñó las armas contra el Estado, vaya y pase, por encima de todas las razones que puede tener el rebelde. Aceptemos eso en gracia de discusión. Pero que se haga contra la población civil cercana al alzado por vínculos de sangre o afecto, carece de justificación alguna. Sin embargo eso es lo que el Estado colombiano, sus gobiernos y sus fuerzas armadas han hecho sistemáticamente durante más de medio siglo.

Ubiquémonos en los años 2003 y 2004 en el municipio de San Juanito, departamento del Meta. Un capitán de apellido Sierra, del batallón Colombia asentado allí, se encarga del empadronamiento de toda la población. Cada habitante tiene asignado un número por el que es identificado en el computador del capitán. Allí figuran abuelos, padres, tíos, primos, hijos, trabajadores, que deben presentarse cada ocho días. Los militares han impuesto una planilla a cada familia, la cual contempla la cantidad de provisiones  que puede comprar cada uno. El control es riguroso. A quien le comprueben que lleva algo más, se lo decomisan e incendian ante sus ojos.

Elisa era por entonces la compañera de Aldinever en filas, y le había dado una hija. Tenía una hermana, Alejandra, guerrillera del Frente 53 como ella. Sus padres y un hermano fueron acusados arbitrariamente de pertenecer al movimiento guerrillero y encarcelados injustamente durante dos años. El coronel que comanda el batallón Colombia, que había fijado allí su puesto de mando, se encargó de emprender una campaña de presiones contra la familia, amenazándola y chantajeándola para obtener información sobre las dos guerrilleras y Aldinever. La vida se les volvió un infierno, hasta que se las detuvo por el imperdonable delito de que un padre, una madre y un hermano se hubieran entrevistado una vez con sus hijas y hermanas.

En los mismos años, municipio de Medina, Cundinamarca. Es de público conocimiento que la señora alcaldesa mantiene vínculos estrechos con los paramilitares del llamado Bloque Centauros. Estos han instalado sus bases en las inspecciones de Gasaduje y San Pedro de La Jagua. El batallón Timanco, la Brigada Móvil número 2 y los paramilitares mencionados, obrando conjuntamente, obligan a desplazarse a todos los habitantes de las veredas El Vainillo y Los Medios, incendian sus propiedades, se apoderan de sus ganados y animales. Cada que la guerrilla los enfrenta, se presenta la aviación a cargo de la Cuarta División, comandada por el General Freddy Padilla de León, a bombardear y ametrallar las posiciones de la insurgencia.

En la Ye de Guajarai, de donde se desprende la variante de la carretera central que conduce a Medina, permanece una patrulla del Batallón Servíez de la 7ª Brigada. Allí controlan con absoluta arbitrariedad la entrada del mínimo artículo a la zona. La remesa de los campesinos es decomisada. Pero por allí mismo pasan los camiones llenos de provisión para los paramilitares del Bloque Centauros. Un sargento piadoso se las arregla para cobra la módica suma de cinco millones de pesos, por permitir la entrada de una mínima provisión para las familias campesinas cada cierto número de días.

En esos días nefastos fueron asesinados y desplazados muchos pobladores. Algunos de ellos para recordar:

Ignacio Galindo, asesinado y su familia obligada a desplazarse. Una hermana suya permaneció en el área, y uno de sus hijos, Tito, fue obligado a huir a la medianoche en compañía de su mujer y sus dos hijos pequeños, permaneciendo varios días en el monte hasta lograr el auxilio de la guerrilla que los apoyó para ubicarse a salvo en otro lugar.

Manuel Bolívar, yerno de Ignacio, asesinado. Su finca y todos sus bienes fueron incinerados, su familia obligada al desplazamiento, varios hijos huérfanos.

Luis Villamor, asesinado. Su casa fue saqueada y su familia quedó huérfana y en la miseria.

Alfonso Amaya, propietario de la única tienda de la inspección de los Alpes, asesinado con el pretexto de que surtía a la guerrilla.

Faizuri García, jovencita obligada a descender de un vehículo público cuando transitaba entre Villavicencio y Cumaral. Transportaba el surtido para la pequeña tienda que tenía en la inspección de los Alpes, y se la asesinó bajo la sindicación de ser miliciana. Dejó una niña huérfana y toda su familia fue obligada a desplazarse. Una de sus hermanas y su padre, Rafael García, acechados por los paramilitares, se vieron obligados a huir, en compañía del marido de la muchacha y sus hijos recién nacidos, siendo auxiliados por las FARC cuando se hallaban desamparados en medio de los farallones de Medina.

Filemón Peña y toda su familia fueron desplazados tras el asesinato de 3 de sus hijos, dos hombres y una mujer, a quienes se  sindicó de ser milicianos, dejando sus hijos huérfanos. Entre los muertos había uno que le había servido al Estado en las brigadas móviles que actuaron contra Casa Verde en los 90. Todo porque dos de sus hijos luchaban en el Frente 53.

En la inspección de Los Alpes en Medina, Cundinamarca, habitaba un señor conocido con el nombre de Marcolino, quien trabaja aún para la inteligencia del Ejército. Vive protegido por la Policía en el municipio de Cumaral, Meta. Es uno de los responsables de  las falsas informaciones y sindicaciones contra los asesinados. Participó en varios operativos con la fuerza pública y los paramilitares, vistiendo uniforme  y con armamento en la mano.

En la inspección de Arenales, Medina, Cundinamarca, misma época, asesinaron al joven Jorge Morales Rubio, primo hermano de Aldinever, por supuesta colaboración con la guerrilla.

La brigada Móvil 2 asesinó a Luis Romero, campesino neto y primo de Aldinever, porque fue encontrado cerca a donde se creía había una unidad guerrillera. Tras matarlo, lo vistieron con uniforme, le pusieron un fusil y lo hicieron pasar por guerrillero, dejando una familia huérfana con tres hijos. Su familia ha sido perseguida e investigada permanentemente. Una hermana suya, Rosalba, con su hija y su marido, quienes fueron desplazados de Medina, hallaron refugio en el municipio de Fómeque, Cundinamarca. Actualmente los tienen privados de su libertad, injustamente, sindicándolos de pertenecer al movimiento FARC.

Asesinaron al señor Alirio Bermúdez por ser el esposo de una prima de Aldinever, sindicándolo de pertenecer a las FARC, quedando una familia huérfana con 2 hijos.

Municipios de Restrepo y Cumaral, Meta, años 2003, 2004.

Asesinaron al joven Jaime Torres, propietario y conductor de la camioneta que compraba la leche en toda la región, sindicándolo de colaborar y abastecer de víveres a la guerrilla.

Asesinaron al joven campesino Diositeo Gordillo, dejando sus hijos huérfanos, y a Jorge Turriago, sindicándolos de ser milicianos de las FARC. También a Joselín Gamboa, primo de Aldinever, en Restrepo, Meta, bajo la misma acusación y dejando a sus hijos huérfanos.

En el municipio de Paratebueno, Cundinamarca, años 2003, 2004.

Los paramilitares instalaron su base en la vereda La Sierra. En esta vereda vivía toda la familia de Aldinever Morantes. Les decomisaron sus vehículos, los pusieron a su servicio y se los acabaron. Sacrificaron y consumieron parte de sus ganados. Llegaron con lista en mano a cada casa y les impusieron contribución monetaria como colaboración, porque según ellos todo lo que tenían era de Aldinever o de las FARC.

Desplazaron al señor Tiberio Sierra, padre de Aldinever, quien tuvo que salir aprisa, huyéndole a la muerte. Su casa de habitación estuvo custodiada permanentemente por la Policía y los paramilitares, durante el año que estos últimos mantuvieron en la vereda. Toda la familia fue citada a la sede de mando que los paramilitares mantenían en el municipio de Barranca de Upía, Meta, y ahí tuvieron que soportar infames y largos interrogatorios, insistiéndoles siempre en que debían entregar información que diera con la ubicación de Aldinever. Los, para la época, comandantes de Policía de Paratebueno y la inspección de Maya del mismo municipio, eran conocedores y auspiciadores, junto con alcaldes e inspectores, de los hechos mencionados.

Por su parte, Harley, uno de los guerrilleros que permanece con Aldinever, se refiere a lo sucedido con sus familiares y allegados en la vereda Santa Rita, municipio de Gachalá, región del Guavio, en Cundinamarca, durante la misma operación Libertad de 2003 2004:

Los batallones Timanco y Baraya de la 13ª Brigada del Ejército desaparecieron o asesinaron a los civiles Emilio Bejarano, Giovanni Mansera, Gloria Carranza y Wilson Mansera Carranza.

El fugaz recorrido por la memoria de uno solo de los protagonistas y sobrevivientes de aquellos días, logra suministrarnos una pequeña idea acerca de la dimensión de la barbarie con que las fuerzas armadas colombianas han librado la guerra contrainsurgente. Nadie en el Establecimiento quiere que se hable de estos asuntos en la Colombia de hoy. Eso no va a ser posible. Hay una nación entera exigiendo a gritos hablar, para que definitivamente se le ponga fin a semejante locura.

Montañas de Colombia, 9 de agosto de 2014.


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Gabriel Ángel

Guerrillero Fariano, escritor revolucionario.

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