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Martes, 13 Mayo 2014 00:00

Hombre que camina

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Por: Camilo Tristán - Ensayista y fotógrafo bolivariano

“No siendo otro el motivo de la presente mis agradecimientos por amor a la causa. Hasta el triunfo. Fuerte apretón de manos”.
Comandante Manuel Marulanda Vélez
Diciembre 24 de 2007

Ante el espanto no voy a hacer reseñas. Alguien abundantemente se encargará de ello. No voy a llenar unas tarjetas para subirme a un estrado a enumerar las virtudes que terminarán por diluirse en la tierra, son papeles yertos como los muertos que sí mueren. Datos, anécdotas históricas, superpoderes, tres reflexiones que no están a tu altura, asignarle adjetivos y toda la retórica que le confiere el perverso lugar donde colocamos a los santos, a los famosos, a los dioses de nuestro tiempo.

¡Qué tontería!

Manuel no nació en 1930 o en el 28, o en el 32 como afirmaba su padre. No es oriundo de Génova y sus hermanos no fueron Rosa Helena, Jesús Antonio, Obdulia o Rosa María, porque tampoco es el colombiano de moda que usa camisetas de “Colombia soy yo”, cuando a los hombres y mujeres oprimidas de poco les sirve un país imaginario que inventaron sus poseedores. Él nació muchos siglos antes cuando a la rebeldía parió a Tupac Amaru y desde ese momento se engendraron latinoamericanos, un pueblo que trasgrede la forma arbitraria en que ha sido dividido. Manuel es un latinoamericano, así le reconocen desde la Patagonia hasta el Río Grande, todos los caminantes del planeta.

Por eso le dejamos las fechas a los héroes y a las placas que les colocan debajo de sus bustos, para que la historia los siga emulando así, abandonados a la eternidad de un dios. No, a Manuel lo dejamos nacer como lo hacen los hombres y las mujeres, en las casas, sobre las camas o las esterillas, en los suelos de polvo, entre las ramas, en los hospitales atiborrados o en el borde de un camino, en cualquiera de las fechas que componen los más de quinientos años de opresión que ha padecido nuestra América. Ese es el lugar dialéctico de los sabedores del mañana y de los constructores del amor, los que conspiran desde la primera hora del día y se acuestan con la certeza de haber producido más revolución que la existente el día anterior.

Por esa fertilidad con que vemos surgir tantos como Manuel, es que nos damos el permiso de despojarle del mito, de la individualidad para hallarle en lo colectivo, en donde ni siquiera la vida cabe en la propiedad privada. Los solitarios y todopoderosos son los imbéciles acaparadores, fascistas contra el mundo y contra sí mismos quienes habiendo espantado a la humanidad de su lado y no teniendo más que a una miserable porción de
 sí mismos, pretenden convertirse en mitológicas divinidades. ¿No es éste el caso de Juan Manuel Santos, quien creyendo en la muerte de un hombre que camina, se atribuye la facultad de enviarlo al infierno, como si fuese el nuevo administrador de la vida eterna? Para su vergüenza, el infierno no existe, eso lo aprendimos en una de las tantas escuelas a las que Manuel nos convidaba, aquellas que contrastan con la educación religiosa asesina del indio, del esclavo y donde se amarra al sobreviviente al espanto del fuego y el sadismo.

Como los cuerpos si existen, no pudiendo demostrar el ingreso del Manuel al infierno de sus imaginaciones, entonces intentaron obtenerlo como trofeo, como la mano de Iván, como el cuerpo de Raúl, como habitúan a colgarse sus macabras medallas de asesinos. Nadie les recordará por sus políticas, por la claridad de su pensamiento, sino por las cabezas que penden de su cuello, entonces habrán preferido algunas hojas yertas y el discurso típico del funeral de cualquier otro desconocido
 a la ignominia. Aquel hombre que necesita colgarse al cuello la cabeza de su enemigo, le debe su precaria existencia a él.

El vaivén del caminante
Mayo 27 de 2008

manuel-marulanda“Los ricos festejan los aciertos de sus gobernantes en defensa del gran capital nacional y extranjero y trazan nueva estrategia política y militar para seguir gobernando y explotando inmisericordemente a los asalariados, apoyados en los instrumentos del Estado de terror y violencia, para impedir cambios progresistas y democráticos en la construcción de un Nuevo Gobierno, elegido legalmente por el pueblo, sin fraude electoral y sin paramilitarismo” 
Manuel

Los ricos festejan esta quietud impuesta, castigan ferozmente cualquier movimiento, toda señal de VIDA será eficazmente aplastada, sentencian a los pueblos a futuros proscritos como quien decide que merecen irse muriendo. Para ellos todo movimiento es amenaza, terrorismo: la latencia del corazón, los pasos que truenan en los caminos, las semillas que crecen con ímpetu en la tierra de lo imposible, el viento que desempolva verdades, la historia no contada. Se agarran de sus sillas temiendo que la resignación no alcance y los caminantes se abalancen hacia el camino hasta que los pasos perturben toda la tierra. Sin embargo aún ganan en su tarea de hacer a los televidentes a su imagen y semejanza.

Estáticos y eufóricos
Mayo 28 de 2008

Cuando supimos de la muerte de Manuel, nos rodeaban personas eufóricas que reían y aplaudían como si fuesen transmitidas en vivo y en directo. Todas posaban como las imágenes de la pantalla que pendía de una esquina de la cafetería, celebrando su inmenso mundo estático de piedra. Se abrazaban y creían que descendería del cielo todo aquello que por siglos les fue negado, como si Manuel se hubiese llevado consigo algún maleficio. Sacaron sus cartas astrales, echaron suertes sobre el futuro y abriendo los brazos al cielo para que lloviera su nación imaginaria, sus pulseritas tricolor, el empleo que no habían tenido, la salud y la educación que no conocieron, el reductor de peso que les permitía ser delgados y amados. Esperaron durante horas, esperaron días, esperaron tiempos y nada descendió, ningún milagro ocurrió. Cuando se apearon de nuevo sobre la tierra apenas si se percataron que algo había cambiado: nos habían robado otros tantos decenios de historia, un siglo de caminantes como Umaña o Fals Borda, nos habían robado de nuevo la verdad.

Los que nos reconocimos silenciosamente, tuvimos que resistir la punzada más obstinada, la de la desesperanza. Tuvimos que fingir que también reíamos como idiotas en el teatro en el que se ha convertido la cotidianidad. Manuel nos había enseñado a estar en medio de tales situaciones, porque pese a lo obsceno que parece todo esto, allí están nuestros hermanos y hermanas de clase por quienes se hace necesario luchar. Sabíamos fingir sonrisas, fingir alegrías desgraciadas, pero ese día no supimos fingir el corazón, porque algo que se le pasó a Manuel enseñarnos es que un revolucionario nunca sabrá como clandestinizar los latidos: señal de movimiento, al fin y al cabo se trata de un corazón vivo. Temiendo vernos delatados, tomamos modestamente nuestras cosas y nos retiramos de aquel lugar.

Avistando los pasos de un hombre que camina.
Mayo 30 de 2008

En nuestras escuelas nos enseñaron a temerle a Manuel, como se le teme al diablo, hereje, profanador con la mentira, así nos lo pintaron en la iglesia. La televisión le remató inculcando odio, “manuelizando” todo lo malo del mundo.

Intransigente, delirante, se convirtieron en sus apellidos. ¿Cómo puede ser intransigente un hombre que vive buscando diversos caminos para transformar la intransigencia? Intransigente es la quietud, apostarse tercamente a la orilla del camino. ¿Cómo puede ser intransigente un hombre que no guarda nada para sí? Intransigente es insistir en la existencia de lo privado, de lo mío. Su vida se convirtió en nuestra primera propiedad colectiva, materia prima de nuestro comunismo.

También afirmaron que sus manos eran las manos de la muerte ¿Cómo pueden afirmar tal cosa los que tienen que inventar la muerte de un hombre para legitimarse a sí mismos? Inventaron su muerte en el 64, en el 70, en el 95, y cada vez que inventaban su muerte se reinventaban así mismos como asesinos. En cambio las manos de Manuel fueron de panadero, de vendedor de dulces, de constructor, de tendero y comerciante, manos de guerrillero, conocieron los rigores de ganarse el pan en un país donde esto es proscrito como delito. No tenía que inventar la muerte porque le acusaban verdaderos oficios que ejercer. Por eso tampoco se desgastó en reivindicar su vida, su vida es un pueblo que camina y eso no se puede inventar con imaginaciones tan parásitas.

Acusarnos de caminar es acusarnos de intentar una patria sin cortes de corbata y asesinos que se embriagan con la sangre de sus víctimas, acusarnos de crear repúblicas independientes de la miseria, de refundar cuantos “Patos” y “Guayaberos” nos puedan las ganas, disponer las palabras a la paz a pesar de las muchas traiciones, de los bombardeos a Casa Verde, de los asesinatos a los miembros de la Unión Patriótica, de la destrucción de nuestra agricultura colectiva y nuestras escuelas logradas a pulso. Toda esa “culpa” que nos indilgan, es la herencia de un hombre que camina, culpables seremos de seguir andando, de seguir siendo subversivo movimiento. Que sigan acusando y enviándonos a sus infiernos, nadie podrá endilgarle a Manuel el haberse detenido, sentarse en la cómoda silla intelectual mientras se evita a toda costa equivocar la quietud adecuada de quienes encuentran demasiado peligroso casi todo, incluso vivir. Si Manuel vio un movimiento crecer y dispersarse por todas las rutas, pisando con alevosía, si tuvo la ventura de aprender de tantas personas fortalecidas que le discutieron, le enseñaron, le aprendieron y construyeron un Nuevo Gobierno, entonces de lo único que no pueden acusar a Manuel es de haber estado solo, eso explica lo poco que le angustiaba sus índices de popularidad.

Al lado de Manuel hay movimientos, personas que dejan de ser las mismas para irse transformando, materia de muchas organizaciones, pueblos y tantos revolucionarios como invisibles existen sobre la tierra.

Hoy veo caminar a Manuel no como quien intenta resucitarle a toda costa. Nadie embalsama su cuerpo. Es sencillamente un hombre que camina. A los hombres imaginarios que habitan naciones imaginarias, a los salvadores y a los mesías que pretenden reunir el mundo en su persona los tenemos en abundancia y de ellos ¡Tenemos tan poco! Por eso le veo caminar con la muerte sin temor a la fragilidad de la desaparición, con sus verdades a pulso, con su disciplina incomprendida, con el temple de un hombre a tierra, con la humanidad de todos aquellos con los que se encontró por el sendero, con el sueño de una Latinoamérica Bolivariana atravesando sus ojos de campesino sabio. Le veo aún mirando a las montañas, anhelando poner a toda prisa los pies sobre el suelo, para echarse a andar.

“No siendo otro el motivo de la presente mis agradecimientos por amor a la causa. Hasta el triunfo. Fuerte apretón de manos”.
Comandante Manuel Marulanda Vélez
Diciembre 24 de 2007
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