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Martes, 27 Agosto 2013 05:00

Ritmo Urbano (Vol. I)

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Por: Edgar Piedrahita

Son las 3:30 de la mañana del 21 de agosto. Casilda se levanta, amarra su cabello desperdigado y organiza en la cocineta un sartén gigante en el que va acomodando todas las frituras que dejó listas la noche anterior.

A las 5:00 Casilda ya está en la esquina, voceando sus fritos, los bollos, butifarra con limón, arepa'e huevo, y un tinto cerrero que despierta la conciencia de sus clientes. En el barrio de Rebolo la algarabía comienza desde temprano. Es el núcleo popular de Barranquilla, una ciudad de dos millones  de habitantes que palpita a pocos kilómetros del Mar Caribe.

Casilda, campesina desplazada y luego obrera despedida, se encarga de la alimentación de un trocito del Rebolo. En su esquina, que domina una de las vías principales del barrio, paran los taxistas que salen a laborar, los muchachos que van a la escuela, los obreros del Puerto, los pillos de barrio.

A las ocho y cuarto, Casilda sale de la mayor parte de su producto. Una buena mañana para las ventas, reflexiona mientras se limpia el sudor que le cae por montones: 38 grados centígrados, 90 por ciento de humedad. El barrio se agita en el rebusque diario, la destartalada vía se estremece con el sobrepeso de buses repletos de un pueblo que malvive gestionándose el diario. Casilda prende su radiecito Samsung:

“LA HABANA. La Delegación de Paz de las FARC hizo pública en el Palacio de Convenciones de una nueva serie de propuestas sobre problemática urbana. EL CAIRO. Continúan las masivas protestas...”

“Problemática urbana”, medita Casilda. Bueno sería que nombraran las benditas propuestas de la guerrilla. Ella sí que sabe del tema, ojalá le dieran un espacio para opinar. Ya van tres años resistiendo en el Rebolo, moviéndose en el rebusque, reventándose camellando, y sufriendo el desconocimiento. Esa ciudad le es ajena, la ataca, no la permite ser feliz. ¿Qué es lo que habrán dicho los muchachos sobre la ciudad?

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Son las 12:40, una neblina de olor sulfuroso se levanta en las azoteas de Puente Aranda. Dos niños juegan con un balón raído, reventándolo contra el muro de lo que fuera una fábrica. Fermín descansa en el antejardín del restaurante de doña Flor. La caminada desde su casa, a sólo tres cuadras, le descuadra lo poco que le queda de pulmones.

-Venga, Fermín, el almuerzo.

Don Fermín, viejo comunista, luchador sindical, antiguo héroe de la clase obrera de Puente Aranda, saborea los cubios con ají mientras repasa las imágenes de La Habana que repite el informativo de Telesur en el viejo televisor IBG de doña Rosa. Garantías para la participación política urbana, superación de la miseria y de la pobreza extrema, ordenamiento social y derecho a ser ciudad.

Fermín reflexiona, fuma despacio un Pielroja sin filtro. Recuerda los tropeles del Paro Cívico del 77 y los del entierro de Pardo Leal en el 87. Recuerda cuando él mismo fundaba sindicatos e invasiones, cuando la bandera roja ondeaba en Kennedy y La Perseverancia. Recuerda el dolor por la Masacre de Mondoñedo en 1994 y el inicio de la erosión del tejido social de Puente Aranda.

Variados recuerdos le aquejan a Fermín, que sale a caminar el almuerzo por las aceras de este viejo dormitorio de obreros industriales. El barrio y la lucha social son los dos amores de su vida. Pero Puente Aranda ya no es lo que era, la Apertura Económica acabó las fábricas de la localidad y le quitó la vida a este pedazo de Bogotá. En el mapa no es más que un rectángulo naranja-gris repleto de factorías que se resquebrajan y de vías llenas de cráteres en los que burbujean las herencias químicas de una industrialización malsana.

El balón rebota en un charco. El agua enlodada le cae en la bota del pantalón a un furibundo Fermín que, con la rabia a flor de piel, escupe la acera y maldice a un asustado niño que recupera el Golty y arranca a correr.

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El bajo tuntunea en el pequeño transistor de la buseta Iveco, desahuciada desde hace seis años pero que aún recorre la Autopista Ciudad de Cali a más de cien por hora. Lo que suena es “Camino al barrio”, viejo tema agualulero que le ambienta a Daniel el retorno a su casa después de quince horas de manejar una busetica similar a esta en que va montado.

Didier maneja cansadamente su colectivo. Aún le faltan 19 vueltas para salir, y le hace el favor a Daniel de aventarlo a casa. El calor aún no se disipa en esta temprana noche,  y la buseta va a reventar. Menos mal que Daniel aprovechó y agarró la silla posterior a la del conductor. Repasa aburridamente las hojas del periódico de hoy, sin encontrar ampliación alguna de las propuestas urbanas de las FARC.

¿Habló esa gente de la ciudad? Pero cómo, si han mantenido en el monte años y años. Lástima que no hayan ampliado la noticia porque ni El País ni El Caleño dicen nada. Daniel suspira y se queda mirando la escuelita de San Luisito, los parques sin árboles de Alfonso López, el lodazal de Sardi.

Una lluvia ligera inicia, coincidiendo curiosamente con “Lluvia con nieve” en el transistor de Didier. Los ladrillos de El Vallado aparecen mientras se inicia ese cadencioso sonsonete. Daniel anuncia su parada con un sonoro “Gracias, ¡viejo man!” que acompaña con un acrobático salto al andén. Los afanes cambian para Daniel mientras zapatea el asfalto del barrio. El problema ahora no son los guerrilleros de Cuba, sino la pila de facturas que espera en la sala de casa, y los gatos de la esquina, que ojalá no estén aletas y no la monten al pasar. Daniel anda pelado y de mal genio, pero con la cabeza revuelta de tanto pensar.

Se acaba el día y en las ciudades colombianas mucha gente va a la cama pensando en que es posible cambiar su entorno, en que otra ciudad es viable y necesaria. Mañana, la ciudad amanecerá temprana al trajín de todos los días. Pero ya algunos saben que no están solos en su pelea diaria.

 

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Lucas Carvajal

Integrante de la Delegación de Paz FARC-EP

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