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Martes, 30 Julio 2013 01:00

Retazos de cartas llegadas de La Habana (II)

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¡A qué no te imaginas lo que vi en La Habana! Como para un cuento de los hermanos Grimm. En uno de sus barrios residenciales (que en algún momento me trajo a la cabeza La Soledad o el Palermo de la Bogotá de los ochenta), al que tuve que visitar varias veces porque allí funcionaba el consultorio del especialista, observé que sus calles pavimentadas solían estar tapizadas de  flores que caían de los árboles sembrados en los andenes. Averigüé el nombre de los palos que echan esas flores tan abundantes, rojas y amarillas, y me respondieron framboyanes. No recuerdo haberlos visto en Colombia, ni siquiera había oído ese nombre. Pero el caso es que siempre que llegaba al sector, había una mujer delgada y de aspecto humilde, entrada en años pero muy sonriente, que con una escoba en la mano se dedicaba a barrer los pétalos que quedaban esparcidos por el asfalto. Su cabello era largo y liso. Tras varios días de observarla en la misma tarea, se me vino a la mente una reflexión imprevista. ¿Puedes creer un oficio tan increíble? Uno tras otro, todos los días de la semana, llegar temprano a barrer la calle dejándola limpia de cualquier resto de flor, para marcharse al mediodía y encontrarlala mañana siguiente completamente cubierta por una gruesa alfombra de pétalos rubios y escarlatas. Me pareció la versión caribeña y fantástica del mito griego de Sísifo, condenado eternamente a subir a empujones falda arriba, una enorme roca que una vez en la cima rodaba inexorablemente hasta el comienzo del ascenso. Camus comentaba en su ensayo sobre el tema, que le gustaba ese Sísifo que descendía lentamente tras su roca, sonriendo quizás con amargura, pero dispuesto a emprender con más alientos su interminable tarea. Así que yo quise hablar con esta mortal mujer cubana para enterarme de lo pasaba por su cabeza cada vez que se aprestaba a su labor. Se rió con auténticas ganas de mis palabras. Las cosas que se trae en la cabeza la gente que viene de fuera, compañero. No, mire. Las flores que caen por cientos de los palos ya están muertas, se convierten muy rápidamente en materia orgánica en descomposición. Si no las barriéramos se pudrirían y contaminarían el ambiente, podrían ocasionar enfermedades. En Cuba todos estamos obligados a cuidar de la salud general. Comprendí que se sentía orgullosa de desempeñar una labor social, y que estaba muy lejos de considerar absurdo su trabajo. Descubrí que pertenecía a un sindicato de trabajadores del aseo y que era además una de sus dirigentes nacionales. En agradecimiento a mi atención, me prometió que la próxima vez que nos viéramos me haría un presente. Y así fue, me había guardado varios libros sobre la revolución cubana, la vida del Che Guevara y Fidel. Quedé perplejo. Creía yo que por ser revolucionaria y mujer, su lenguaje, como allá, debía estar sobrecargado de alusiones a ellas y ellos, las niñas y los niños y así. Pero no. Cuando le comenté al respecto me dijo que quizás en ninguna parte del mundo la mujer era tan independiente y libre como en su país, pero que a ella no le parecía necesario llevar las cosas a esos extremos. Recordé de inmediato algo que había hablado con varios negros cubanos. Se sentían orgullosos de llamarse negros, de tener la piel negra y pertenecer a la raza negra. No les mortificaba por tanto la palabra en ningún modo. En cambio les parecía forzado el afro tan de moda por esos lares. Mira las cosas que hay que ver y oír.

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