Si algo me impresiona realmente de Cuba es el aire de tranquilidad que se respira. Aquí reina una paz envidiable. Como no sé si exista en otro lugar del mundo.

La Habana, 5 de julio de 2013.

 

En La Habana no hay nada que recuerde el perturbado ambiente de las ciudades colombianas. Aquí no se ve gente vestida de harapos, sucia y maloliente, como la que se te atraviesa en las calles bogotanas a pedirte una limosna con cara de pocos amigos. Ni temes sufrir en cualquier momento un atraco, un fleteo, un secuestro exprés, una dosis de burundanga y el consecuente robo o cualquier tipo de violencia o desgracia semejante.

 

Al contrario. La expresión del rostro del cubano es amable, sonriente, dispuesta a relacionarse contigo sin ninguna clase de prevenciones. De hecho parecen poseer una fascinación por hablar, por contarte de sus vidas, de la experiencia de su país, de sus sueños. Ninguno se va a alejar asustado de ti porque le dirijas la palabra. Si algún riesgo corres es más bien el de enfrascarte en una larga conversación, a la que luego te resulte difícil poner fin por el interés que adquiere.

 

Es cierto que a veces tienes la sensación de hallarte en un lugar detenido en el tiempo, como si estuvieras contemplando una fotografía a color de los años sesenta. También ves muchos modelos de automóviles antiguos, aunque por sus calles corren también vehículos lujosos y modernos. Pero qué importa eso, ni tú ni yo hemos subido jamás a un auto de esos precios y condiciones. Y no nos digamos mentiras, tampoco vivimos en mansiones de lujo del tipo americano.

 

La moda no parece preocupar en lo más mínimo a los cubanos, visten con sencillez, ausentes de toda ostentación. Mirándolos se descubre lo imbéciles que somos preocupándonos por las  imposiciones del mercado. En definitiva se comprende que es una cuestión de valores, pero no de los vinculados al lucro, sino los derivados de la ética, de la manera de concebir la vida y el mundo,  de poner por encima de todo a la persona humana.

 

Seguro que te reirás de mí, pensando que sufro del síndrome de Estocolmo o que me he tragado el discurso comunista. Pero sabes bien que no, simplemente intento ser lo más honesto posible. Cuando Alfredo Molano vino a Cuba con el propósito de entrevistar a los delegados de las FARC en la Mesa de Conversaciones, escribió también para la gran prensa algunas notas sobre la isla. Entonces sentí, y ahora aquí lo confirmo, que simplemente trataba de empatar, de quedar bien con los dueños de los grandes medios que pagan sus crónicas.

 

El precio de permitirse alguna amplitud con las ideas de los guerrilleros, era publicar una versión detestable sobre la vida en la isla. Creas una visión positiva sobre la insurgencia que esperas se desmovilice pronto, a los jefes les encanta jugar a este último resultado, pero al tiempo infamas el proyecto socialista que los mismos encarnan. Eso no me parece decente,  aunque permita entender por qué personajes que riñen con el régimen, son tan frecuentemente reconocidos por este. Pecar y rezar absuelve.

 

Un cubano me desarmó con su reclamo. ¿Por qué los gringos no nos dejan vivir en paz?, me dijo. ¿Por qué no nos dejan tener el país que queremos? Son la primera potencia del mundo, la más rica y la mejor armada. Nosotros una nación pequeña y pobre que persigue un sueño. Aquí varias generaciones de niños crecieron sin saber lo que era tomarse un vaso de leche, sólo porque los gringos se oponían con su bloqueo. Cuán adelante estaríamos si no nos hubieran hecho la vida imposible. ¡Que nos dejen en paz, carajo! No pude más que darle la razón. Y jurarme a mí mismo que jamás me permitiría una palabra negativa sobre esta maravillosa ilusión. ¿Comprendes?