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Jueves, 18 Julio 2013 00:00

Tras la noticia_Parte Cuatro

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Hay un calor canicular en la sala de espera del Aeropuerto Aguas Claras que le presta sus servicios a Ocaña, Norte de Santander. En la pista, vehículos militares que descargan. En los alrededores, grafitis improvisados con consignas campesinas. ¿Han visto Platoon, la película? Así mismito, un Vietnam en miniatura en el corazón del Catatumbo. La ropa se nos pega dolorosamente a la piel mientras esperamos que aterrice la avioneta que alquilamos entre tres medios nacionales para poder venir al Catatumbo a reportar esa movilización que tanta alboroto ha armado. Satena desmontó el único vuelo regular a Ocaña, y la perspectiva de venirnos por tierra por siete hora de carretera destapada desde Cúcuta era poco menos que terrorífica.

Si en algo tienen razón estos campesinos que bloquean las vías nortesantandereanas es en el aislamiento de la región. Esto queda jodidamente a trasmano de todo. Por mi parte, no pretendo volver aquí jamás en mi vida. Me siento como una melcocha andante. Al menos cumplimos el cometido con el que nos mandaron: unas buenas imágenes de enfrentamientos, heridos de lado y lado, testimonios de campesinos abiertos a la descontextualización, y la versión oficial de lo hechos en la voz del sopesado comandante de la policía. Un relato bastante fácil de armar para los editorialistas de la empresa: “campesinos miserables infectados por el terrorismo agreden a la ley y establecen el desgobierno instigados por la subversión”.

Para mí, esto está más infiltrado que nada. Ya en La Habana me tocó escucharle a los farianos el cuento de las zonas de reserva campesina hasta el cansancio. Y esta gente de acá no hace sino exigir eso, que les legalicen su dichosa zona. No entiendo para qué, acá lo que hay es miseria, ¿para qué hacer una “reserva” con todo esto? Dialogamos con Jérez, de quien nos dicen que es el activista de FARC en la región: un tipo muy político, muy serio. Yo estoy más que segura que es un infiltrado, al fin y al cabo, estudió en la Unión Soviética y habla de justicia social y de constituyentes. No creo que en Bogotá le saquen ni cinco minutos a lo que dijo el tipo, pero bueno, no sobra contar con unas buenas imágenes de apoyo, no sabe uno qué se pueda venir.

Se demora nuestra avioneta, al parecer hay bastante cola. Un avión militar deposita a un montón de agentes del ESMAD que llegan fresquitos a relevar a los que ya llevan más de 32 días enfrentando a esta gente. Me pregunto por los costos de desplazamiento de tanta tropa, por las consecuencias para los pobladores urbanos de Ocaña, en la desesperación que tendrán que tener tantos y tantos campesinos infiltrados para ponerse a pelear con palos bajo este sol infernal, teniendo todas las de perder.

¿Qué será lo que me pasa? Mientras sorbo mi penúltima Coca-Cola, me invade una especie de desazón. Me acuerdo del pasillo del Palacio de Convenciones de La Habana, del listado con los nombres de los campesinos asesinados en el Catatumbo. Me acuerdo también de Iván Márquez el 11 de julio diciendo que son las “pobrerías de Colombia” los que “sufren las consecuencias de la guerra y de las políticas económicas, que también matan”. Me salva de la tristeza una llamada de urgencia: desayuno de trabajo urgente mañana a primera hora. La rutina me rescata de estos ataques de culpa que me atacan de cuando en cuando.

 

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