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Lunes, 31 Agosto 2015 00:00

Algoritmos, ciencia y sociedad

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Por: Edgar Piedrahita, Integrante de la Delegación FARC-EP


El debate reciente en torno a la labor de Natalia Springer permite múltiples lecturas desde diferentes enfoques. Desde las FARC-EP se le ha contestado con argumentos precisos sobre su desempeño en contratos de la Fiscalía General de la Nación orientados al enjuiciamiento de rebeldes.

Uno de los argumentos más polémicos esbozados por la contratista Springer en su defensa durante el escándalo en mención, lo constituye la permanente referencia a la omnipotencia de los algoritmos matemáticos del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía. La señora Springer utiliza la referencia científica como argumento de autoridad en favor de sus argumentos.

Sin embargo, no es tal. Una respuesta rápida a Springer, producto del apasionamiento político, podría ser que simplemente es imposible basarse en algoritmos para esbozar la realidad. Pero este argumento se cae por su propio peso. La ciencia estadística lleva ya siglos de construcción que permiten, por ejemplo, presentar una cifra aproximada del desempleo de un país a partir de la proyección del mismo a partir de un tamaño muestral poblacional determinado.

Cosa muy distinta es la que realizan Springer y los técnicos de la Fiscalía: el análisis de testimonios de desertores -esto es, de personas que hacían parte de las FARC-EP y que por una razón u otra disintieron de su política y se vincularon a los aparatos judiciales y de la defensa- o de supuesta evidencia -como archivos de computadores y discos que no cuentan con validez probatoria- realizados por un ente acusador -es decir, formalmente, el enemigo jurídico de la insurgencia- proyectan, a través de algoritmos complejos, cifras que no resultan ser apoyos para la investigación judicial, sino “globos” para los medios de comunicación.

Lo descrito en el párrafo anterior da cuenta de un entramado completamente anticientífico. Primero, los objetivos del estudio -enjuiciar a una organización y ubicarla en una suerte de “banquillo de los acusados” mediático- falsean cualquier afán científico. Segundo, la veracidad de los testimonios-base está en cuestión. Y tercero, el tamaño muestral no es significativo. En conclusión, no pueden ser criterios de verdad proyecciones estadísticas que se fundamenten en información dudosa: la ampliación de un dato falso solamente puede conducir a conclusiones mentirosas.

Este escenario trae a colación el tema de la ciencia y su relación con las sociedades modernas. Desde su definitivo ascenso institucional en el siglo XIX, las ciencias han influido y determinado importantes debates de la opinión pública y el lenguaje científico ha permeado la vida cotidiana y el habla periodística, sin que todo esto haya implicado necesariamente una masiva divulgación del pensamiento científico.

Por ejemplo, son numerosos y tristes los desencuentros entre la investigación criminal y la ciencia biológica. En múltiples ocasiones prejuicios sociales y políticos han predeterminado la criminalística, revistiéndose de argumentos seudocientíficos que en nada se corresponden con la realidad -véase, por ejemplo, la obra de Francis Galton o de Cesare Lombroso-.

Respecto a estas cuestiones, podemos citar dos ejemplos respecto a las complejas relaciones entre ciencia y sociedad.

El primero es el debate que Alan Sokal y Jean Bricmont abrieron respecto al uso abusivo de terminología científica dentro de las ciencias sociales posmodernas. Su libro de 1997, Imposturas intelectuales, demuestra como en la institucionalidad académica se impuso la práctica recurrente de usar -sin mayor fundamento- conceptos derivados de la física cuántica y las matemáticas complejas. La simple referencia a la autoridad científica -aunque sean simples frases- bastaría como criterio de autoridad aunque lo que se diga no tenga basamento alguno. Sokal lo demostró en la vida real: envió un artículo sin sentido -pero cargado de referencias cuánticas- a la revista académica Social Text, resultando objeto de benevolentes críticas por parte de las autoridades académicas. Una conclusión pareciera ser que en el mundo de hoy la fraseología científica es suficiente argumento de fuerza para sustentar una idea.

Para el segundo ejemplo nos viene bien una breve reseña sobre la obra de John Nash. El recientemente fallecido científico estadounidense -sí, el de la película de 2001, Una mente brillante- fue uno de los padres de la teoría de juegos, campo de profundas consecuencias para la actualidad de diversas disciplinas -matemáticas, biología, economía, sociología, antropología-. Las consecuencias políticas y militares de la teoría de juegos en el mundo entero son palpables (véanse, por ejemplo, las aplicaciones militares del algoritmo-herramienta GAMBIT, o las aplicaciones al análisis de inteligencia.

Lo que nos lleva precisamente a un artículo de 2009 de los profesores de la Universidad del Valle Boris Salazar y María del Pilar Castillo, titulado Cuánto vale desertar. En él, valiéndose del utillaje conceptual heredado del profesor Nash, se evalúan las diversas y complejas maneras de lograr una desmovilización masiva de combatientes de las FARC-EP con miras a su derrota estratégica. El lenguaje neutro y aséptico no se corresponde con una narrativa perversa y de claros objetivos, que implica la vida de miles de personas.

Como vemos, los algoritmos de la Fiscalía nos abren un interesante campo de discusión en el que se entrelaza la ciencia con nuestras vidas cotidianas. Por lo menos algo tendremos que agradecerle a la señora Springer. Sin embargo agradeceríamos que sus devaneos con la ciencia ocurrieran en escenarios menos relevantes como la paz de Colombia, donde las consecuencias pueden implicar la vida, la honra o la libertad de miles de personas. Hacer del más alto objetivo de la sociedad colombiana un laboratorio para la seudociencia, no puede ser más que jugar con fuego.


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Lucas Carvajal

Integrante de la Delegación de Paz FARC-EP

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